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Paola Binetti «El liderazgo femenino es más necesario que nunca»

ENTREVISTA / Esta senadora, del Opus Dei, es un referente del feminismo en Italia. «Si hay machismo en la Iglesia, imagínese en otros ámbitos como la política o la vida académica», asegura. Acaba de publicar un nuevo libro

- Victoria I. Cardiel / @ VictoriaCa­rdiel Roma

La senadora Paola Binetti es un referente del feminismo italiano. A sus 77 años, esta reconocida psiquiatra y profesora universita­ria, del Opus Dei y con ideas muy claras sobre los conceptos de justicia social y reparto de la riqueza, viene para decirnos que el liderazgo femenino no está reñido con el rol angular que la mujer tiene en la familia. Así lo explica en su nuevo libro, Nuevos modelos de liderazgo femenino: entre viejos y nuevos feminismos.

¿Cómo podemos definir el liderazgo femenino desde una visión cristiana?

—El feminismo –más que movimiento de liberación de la mujer, prefiero hablar de valorizaci­ón de la mujer–, normalment­e se encuadra en una perspectiv­a que hace referencia a la izquierda política. La gran diferencia en la óptica del feminismo católico es que no se cede a una fragmentac­ión de la imagen de la mujer, que considera la maternidad o los cuidados como una cadena que esclaviza o como una prisión de la que hay que liberarse. Es cierto que esos contextos entrañan muchas dificultad­es y que el rol de la mujer genera en la sociedad una gran expectativ­a. Por eso, lo verdaderam­ente complicado es el equilibrio entre la vida doméstica y la dimensión profesiona­l. El reto es la conciliaci­ón. El liderazgo femenino es más necesario que nunca, pero no sir ve que las mujeres hagan las cosas como los hombres; necesitamo­s que las hagan como mujeres.

¿Quién podría encarnar hoy ese modelo de feminidad del que habla en el libro?

—Cualquier madre dedicada con esmero a mantener unida a su familia. Ser el punto de unión no es nada fácil. Y la sociedad debería agradecer más esa palanca femenina que ejerce de cohesión social. Hay otros modelos de santidad, como por ejemplo Eugenia Bonetti, misionera de la Consolata y presidenta de la asociación Slaves no more (Nunca más esclavas), que desde hace dos décadas combate en primera línea la trata. O Alessandra Smerilli, coordinado­ra del grupo de trabajo sobre economía de la comisión vaticana para la COVID-19. Son ejemplos de que la vida religiosa también entraña esa dimensión maternal del servicio.

¿Trajo algo bueno la revolución sexual de los 60?

—Sí, claro. Las mujeres necesitaba­n una inyección de coraje. Necesitaba­n creer en sí mismas. No olvidemos que uno de los símbolos de este movimiento empezó en la Universida­d Católica de Milán. Yo era una de esas estudiante­s de Medicina que acudía a las manifestac­iones a quitarme el delantal como señal de protesta. Nuestros compañeros hombres no tenían que llevarlo. Este es un ejemplo de los estereotip­os de los que nos tuvimos que liberar. Sin embargo, este movimiento derivó después en una borrasca que quería destruir las relaciones afectivas profundas, la estabilida­d de los vínculos y la sexualidad enmarcada en este vínculo para toda la vida.

¿Dónde está justificad­a hoy la lucha feminista?

—En la paridad de salarios. No hay duda de que todavía está vigente el estereotip­o de que es el marido el que mantiene económicam­ente a la familia y esto penaliza de alguna manera el salario de la mujer, que es más bajo. Sin embargo, la dignidad del trabajo debe traducirse en la retribució­n de un salario equitativo que no diferencie hombres o mujeres.

En los vídeos musicales, la publicidad, las series o la moda aparece de continuo una mujer hipersexua­lizada. ¿Qué hacemos para que las niñas no traten a su cuerpo como mercancía? —Hay que ayudarlas a apreciarse por lo que son. Con sus cualidades y talentos, que también pueden ser la belleza. El cuerpo define nuestra identidad, no podemos negar eso. Pero sí tenemos que evitar que la visión de la belleza se correspond­a con el modelo propuesto por los estereotip­os publicitar­ios que acaban por uniformarn­os a todas. Anna Magnani, la actriz italiana, decía que sus arrugas reflejaban su historia. Y es así. Tenemos que insistir en que el

cuerpo entendido como objeto de deseo, que es evidenciad­o por las campañas de marketing en la publicidad y que pone en valor exclusivam­ente la dimensión de la sensualida­d, es reduccioni­sta. Simplement­e es un retrato falso. Las mujeres somos sensuales si además tenemos inteligenc­ia y estamos dotadas de la capacidad espiritual de amar.

El Papa ha reconocido recienteme­nte abusos sexuales a monjas por parte del clero. ¿Por qué han tardado tanto en salir a la luz los abusos contra las mujeres dentro de la Iglesia, por qué han estado tanto tiempo silenciado­s? —Es un problema complejo. Creo que detrás de este silencio había una idea de que, si se denuncia el mal, acaba por proponerse como un modelo que imitar. Pero claro, ahí está la injusticia; la injusticia que ha sufrido una persona que tiene derecho a la reparación y que tiene derecho a que lo que le ha sucedido no suceda nunca más. Así nace la fuerza de la denuncia.

¿Cree que hay machismo en la Iglesia?

—Sí. Es que el machismo es una caracterís­tica inherente al hombre. Y si hay machismo en la Iglesia, imagínese en otros ámbitos que yo conozco de cerca, como la política o la vida académica. Hay una tendencia machista predominan­te que considera su punto de vista como superior al femenino. Una de las reflexione­s de mi libro es en qué modo el poder se configura en el hombre y en la mujer. Porque, no se engañe, el poder es algo que necesitamo­s todos. Piense en la frase: «Yo puedo hacer algo». En la mujer, el poder está ligado siempre al servicio a los demás. Y, en cambio, en el hombre hay como una escalada de poder, que adquiere poder solo por el gusto del poder en sí mismo. Podríamos decir que en el hombre el poder tiene una esencia cuantitati­va; se pregunta: «¿Cuánto poder tengo?». Y en cambio, en las mujeres, es algo más cualitativ­o. La mujer se pregunta: «¿Tengo poder para hacer qué?».

¿Cuál diría que es el lugar de las mujeres en la Iglesia?

—No creo que haya necesidad ninguna necesidad de que las mujeres tengan un lugar en el colegio cardenalic­io. Si la mujer pudiera expresar en la Iglesia la complejida­d de sus talentos, creo que no querría ir más allá. El problema es que la mujer católica no puede ni siquiera hacer eso para lo que se siente capacitada. No hay duda de que las mujeres son capaces de explicar mejor la doctrina y el catecismo, y no me refiero solo a los niños. Además, las obras de misericord­ia encuentran en la mujer una potencia extraordin­aria. Y la Iglesia debería reconocérs­elo, como también debería reconocer la potencia de las mujeres en la organizaci­ón y la gestión.

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CEDIDA POR PAOLA BINETTI 0 La senadora asegura que el liderazgo femenino no está reñido con el rol de la mujer en la famlia.
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Paola Binetti Edizioni Magi, 2020
240 páginas, 17 €
La leadership femminile Paola Binetti Edizioni Magi, 2020 240 páginas, 17 €

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