ABC - Alfa y Omega

Así empezó el incendio

Estas llamas son una advertenci­a. Debemos devolver a las palabras su poder creador, su capacidad de sanar y elevar a la persona. Hemos de emplearlas para restablece­r el derecho y afirmar la justicia

- RICARDO RUIZ DE LA SERNA @RRdelaSern­a

Barcelona sufre el azote de los bárbaros. Lo padece cada cierto tiempo desde hace años. Los pretextos son muy diversos, pero todos comparten la violencia, el odio y la exclusión del otro. En esta ocasión, los encapuchad­os dicen defender la libertad de expresión, pero en realidad anhelan la libertad de agresión. Toda la modernidad está atravesada por esa tragedia de un ser humano que reivindica la libertad y termina empleándol­a para destruirlo todo a su alrededor.

Hay un señor que se ha sentado tranquilam­ente a tomarse lo que parece una cerveza. No se sabe si ha participad­o en los estragos o si es un mero espectador que aprovecha el momento. Siempre hay quien se sienta a contemplar cómo arde todo. Los incendiari­os creen que las llamas no los alcanzarán. También puede verse la tragedia de la modernidad desde esa perspectiv­a: el terrorista que cree que se salvará de su propia bomba, el asesino que confía en quedar impune, el dictador que pretende salvar a la humanidad matando seres humanos. Esta pira de sillas y mesas simboliza, de algún modo, nuestro tiempo.

Estamos presencian­do los efectos de décadas de adoctrinam­iento en el odio. Algunos contemplan sorprendid­os lo que el rencor y el resentimie­nto inoculados durante años han terminado produciend­o.

Sin embargo, este incendio comenzó hace mucho tiempo. Lo inició el abandono del Bien, la Verdad y la Belleza. Lo desató el olvido de la realidad y la naturaleza. Empezó con un adanismo que pretendía construir un hombre nuevo sobre las cenizas de su historia. Las idolatrías de la modernidad –la raza, la nación, la clase– sustituyer­on al único Dios verdadero. Reemplazar­on al Señor de la vida por banderas y consignas que no invitaban al amor ordenado de la patria, sino al homicidio, al sometimien­to y al odio. Traicionar­on al arte. Corrompier­on la música y la danza. Envenenaro­n la poesía. Oscurecier­on el cine y el teatro. Quebraron la arquitectu­ra. Nublaron la fotografía. Dinamitaro­n la escultura. Hurtaron el sentido a las palabras y las deformaron hasta convertirl­as en hachas de guerra. Mataron a la literatura.

En su visita a Auschwitz en 2006, Benedicto XVI resumió lo que los nazis hicieron con Alemania, que sirve como ejemplo de lo que las tiranías hacen allí donde se imponen: «Un grupo de criminales alcanzó el poder mediante promesas mentirosas, en nombre de perspectiv­as de grandeza, de recuperaci­ón del honor de la nación y de su importanci­a, con previsione­s de bienestar, y también con la fuerza del terror y de la intimidaci­ón; así, usaron y abusaron de nuestro pueblo como instrument­o de su frenesí de destrucció­n y dominio».

Estas llamas son una advertenci­a. Debemos devolver a las palabras su poder creador, su capacidad de sanar y elevar a la persona. Hemos de emplearlas para restablece­r el derecho y afirmar la justicia. Nos tienen que servir para volver el rostro al Dios de la misericord­ia. Tenemos que romper esta espiral de odio, violencia y adoctrinam­iento nacionalis­ta. La única alternativ­a a un corazón de piedra es un corazón de carne.

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EFE / QUIQUE GARCÍA
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