Año/Cero : 2019-05-21

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OCULTURA Javier Sierra manos de un coleccioni­sta americano que, en un gesto de cierta justicia histórica, decidió depositarl­o el 2 de mayo, en Vinci, en la Toscana, en uno de los museos que honran la memoria del maestro. La peripecia de estos cabellos me recordó de inmediato otra que llevo siguiendo desde hace algún tiempo. En la sede de la Sociedad Histórica de Chicago se conserva también una reliquia capilar notable. Se trata de una guedeja extirpada a Abraham Lincoln, en la morgue, el 15 de abril de 1865, después de recibir una bala en el Teatro Ford de Washington DC. La cajita que la contiene viene acompañada por dos nombres de mujer, Margaret Laurie e Isabelle Youngs. Hoy sabemos que ambas fueron dos conocidas espiritist­as con casa en Georgetown, frecuentad­as por la pareja presidenci­al. Al parecer, cuando Lincoln murió, su esposa Mary Todd, siguiendo las indicacion­es de las médiums, solicitó esa reliquia de su marido con objeto de favorecer la comunicaci­ón con su espíritu. Por desgracia, la Historia no sabe si ese «puente capilar» cumplió o no su función. Sin embargo, sí que ha trascendid­o que aquellas dos canalizado­ras fueron las que introdujer­on al presidente Lincoln a una médium mucho más joven llamada Nettie Colburn, que fue quien lo persuadió –por indicación del mundo de los espíritus– para que aboliera la esclavitud. Su decisión sería –qué paradoja– la que terminaría costándole la vida. La digresión viene a cuento porque demuestra que detrás de cada uno de estos restos capilares se esconde un relato que aguarda a ser desgranado. Son una auténtica «cápsula de tiempo» que nos habla sobre nuestra identidad colectiva. Quizá eso explique el comercio que se ha desarrolla­do en tiempos recientes alrededor de esta clase de vestigios. Hasta 2004, por ejemplo, se podían adquirir en una web hoy desapareci­da ( cabellos de personajes célebres. Uno parecido al de la Sociedad Histórica de Chicago, «manchado con la sangre del presidente», estuvo a la venta por 1.500 dólares. Un mechón de John F. Kennedy alcanzó los 1.300. Mientras que los pelos de Ronald Reagan no llegaron nunca a los 600. Y eso por no hablar de esos «pelos sagrados» que se veneran en todo el mundo, que van desde las reliquias sacadas de las barbas de Mahoma a los 800.000 cabellos del cuerpo de Buda y los 900.000 de su cabeza que los dioses distribuye­ron por el Universo tras el paranirvan­a del príncipe, según una tradición del Sudeste Asiático. Lo cierto es que, sea quien sea su propietari­o, la posesión de esos vestigios esconde siempre el mismo afán: violentar el paso del tiempo y acercarnos al pasado. Al alma pitagórica del mundo. Los sapiens somos así de raros. www.javiersier­ra.com A la MEMORIA POR LOS PELOS C uando a Pitágoras le preguntaba­n qué era el tiempo, solía responder con una frase bien contundent­e: «Es el alma del mundo». El caso es que, si lo pensamos, el más hermético y esotérico de los sabios de la antigüedad tenía razón. Medimos quiénes somos y de dónde venimos por nuestros recuerdos, que no son sino los residuos que ha dejado en nosotros la experienci­a vital. Eso explica, por ejemplo, que vivamos tan pendientes de las efemérides, como si el recordar algo o a alguien impidiera que la enseñanza de ese momento se diluyera en la nada. Tan tempranas reflexione­s vienen a cuento por una fecha que acaba de marcar el calendario cultural de Europa. El 2 de mayo de 1519 falleció en su casa de Clos-Lucé, junto al castillo real de Amboise, Leonardo da Vinci. Tenía 67 años cuando redactó su testamento y se preparó para «adentrarse en el ancho mar», que era como los florentino­s de entonces se referían a la muerte. Pocos saben, sin embargo, que su cadáver tardó algo más de tres meses en recibir sepultura definitiva. Y aún menos que fue profanado durante los años de la Revolución Francesa, volviendo a ser inhumado –con muchas dudas– en una pequeña capilla gótica dedicada a Saint-Hubert. Gracias a esos avatares no me sorprendió lo que pasó el pasado 2 de mayo, cuando se cumplieron los 500 años exactos del tránsito del genio. Los periódicos se llenaron de titulares que aludían al «rescate» de una reliquia biológica suya que podría arrojarnos una luz inédita sobre él. Se trataba de un mechón de cabello que, por lo que se deducía de las informacio­nes, le fue arrancado al poco de morir; segurament­e en ese lapsus de doce semanas que dejaron pasar hasta su sepelio. El mechón fue dando tumbos por la Historia hasta acabar en La posesión de esos vestigios esconde siempre el mismo afán: violentar el paso del tiempo y acercarnos al pasado, al alma pitagórica del mundo historical­hair.com)

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