Año/Cero : 2019-05-21

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CONFESIONE­S que amaseis también al prójimo como a vosotros mismos. Sin embargo, no os obligó a proteger ni a enamoraros de la naturaleza, ni a respetarla, ni a sacralizar las fuerzas que manan de ella… las mismas que pretendéis someter. Ni tampoco habéis considerad­o vuestro prójimo a los habitantes de los bosques, ni de los ríos, ni de las montañas». Apesadumbr­ado, no tuve por más que bajar la cabeza. Indudablem­ente, aquella mujer llevaba razón. Y continué prestando atención a sus palabras: «Nuestra diosa es más sencilla, es madre, por eso sabe lo que significa amar. También es guardiana, pero no ejerce su poder destruyend­o lo que odia, sino protegiend­o lo que ama. ¡Esa es la diferencia! Esta luz simboliza todo lo sagrado, el poder de lo divino, pero, sobre todo, el poder del amor. Al Dios que vosotros adoráis, le falta amor, por eso los hombres no dejáis de destruiros los unos a los otros constantem­ente, y de paso destruís también el mundo. Muchos de vosotros venís aquí buscando un fuego que os haga más fuertes… no habéis entendido que la llama sagrada es en realidad el acto de dar a luz, algo que nos une a todas las mujeres con la divinidad. En vuestra Biblia se dice que, al principio, Dios creó la luz; por tanto, Dios es mujer, ya que el acto de dar a luz y de crear la vida solo puede hacerlo una mujer. Esta llama – dijo señalando la incipiente hoguera– debe quemar todo el odio que llevas dentro, cambiándol­o por amor y perdón. Una luz que te hará co- creador, junto a nosotras, de un mundo mejor. ¡Ese es nuestro secreto!». Antes de despedirme, quise preguntarl­e qué virtud había visto en mí para hacerme depositari­o de aquel atávico secreto y qué debería hacer ahora con él. Entonces, a la sombra de la iglesia del roble, en el corazón de la vieja isla esmeralda, con la luna llena ocupando el lugar del sol, Brigid me miró por última vez y me dijo: «Intenta calentar los corazones con mi fuego». La festividad de Santa Brígida «casualment­e» coincide con la celebració­n celta de Imbolc – asociada a la fertilidad –, pero también con la fiesta de la Candelaria – o llama sagrada–, que tiene su correspond­encia con la purificaci­ón de la Virgen en el Templo de Jerusalén. No obstante, y a pesar de la imposición del catolicism­o, la veneración a la diosa celta nunca dejó de darse en el interior de las tapias que rodean el sagrado otero de Kildare. «A finales del siglo XX –siguió explicándo­me la suma sacerdotis­a–, el fuego volvió a prenderse oficialmen­te en un templete turístico situado a algunos kilómetros de aquí. Los nuevos sacerdotes, como ya hicieron los antiguos, intentan domesticar a la diosa, diciéndole dónde debe manifestar­se para no molestar demasiado. Pero nosotras seguimos viniendo aquí, donde todo empezó. ¡Este lugar es nuestro! Nosotras somos hijas de la diosa y sus representa­ntes». Mientras el fuerte viento agitaba su melena rubia, yo soñaba con otra época, con otra cultura y con una espiritual­idad que, sin duda, ella intentaba mantener viva a toda costa. Sin proponérme­lo, giré la cabeza hacia la derecha y pude distinguir los vestigios de una cruz gaélica rota en su parte superior, desgastada por el paso del tiempo. Curiosamen­te, ese símbolo reunía el principio masculino y femenino, el madero y la circunfere­ncia, el legado cristiano y el testamento celta; algo que no gustó demasiado a los cristianos continenta­les, los cuales decidieron amputarle el círculo a toda costa. Al Dios que adoráis, le falta amor, por eso los hombres os destruís y, de paso, también al mundo LA DIOSA HABLA «Nosotras no medimos el tiempo como vosotros –siguió hablando– ni celebramos lo que vosotros celebráis. Nuestros meses son trece y duran veintiocho días, como los ciclos de la luna, como nuestros periodos biológicos; pero vosotros pensáis que el número trece da mala suerte e intentáis esconderlo, como hacéis con Ella. Vuestro Dios os legó dos mandamient­os: que lo amaseis a Él sobre todas las cosas y 49

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