Año/Cero : 2019-05-21

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ENIGMAS Y ANOMALÍAS estuvo aquí. Todos los que estábamos en la sala de espera la vimos. En un principio pensé que era la muerte, que venía a por ti. El caso es que desapareci­ó de repente». que esa luz me guiaba por la oscuridad hacia algún sitio –sigue relatando–. Llegué a pensar que la luminosida­d era yo mismo, es decir, mi espíritu que se estaba desprendie­ndo del cuerpo, al que veía ahí abajo, tumbado en la camilla. Las dos primeras veces me recuperaro­n con la máquina de y cuando eso sucedía, la escena de la luz desaparecí­a y regresaba al cuerpo. Entonces podía escuchar todo lo que hablaban los médicos a mi alrededor. La última vez que volví del ‘otro lado’ fue la más espectacul­ar de todas. Yo viajaba en la luz o, como he dicho antes, tal vez fuera la luz. Me sentía enormement­e feliz allí. En ese momento vi a una señora vestida de negro que tenia la voz de mi madre, que había fallecido unos años atrás. Me llamó la atención de que fuera vestida de negro y con un velo, porque mi madre nunca se había puesto nada negro en su vida. No le pude ver la cara, pero con su voz inconfundi­ble me dijo: ‘José María, no es tu momento. Échame cuenta y hazme caso. Te tienes que dar la vuelta’. Cuando me dijo que tenía que volver, me llevé un disgusto, porque me encontraba muy bien en ese sitio, rodeado de luz. Al fondo distinguí una serie de siluetas de aspecto humano que, no sé por qué, me transmitía­n mucha paz y satisfacci­ón. Seguí las indicacion­es de mi madre y regresé al cuerpo». Finalmente, los médicos lograron devolverlo a la vida. En cuanto volvió en sí, vio allí a su mujer. Enseguida le soltó: «Carmen, he visto a mi madre». Y ella le respondió: «¿A que iba vestida de negro y con velo?». Sorprendid­o, José María preguntó a la mujer cómo podía saber eso. «Porque anoche «PENSÉ QUE ERA LA MUERTE EN PERSONA» El hombre nos sigue explicando: «Los cirujanos, a los que agradezco todo lo que han luchado por mí, me comentaron que no había explicació­n a mi superviven­cia. Quizás fueran mis tremendas ganas de vivir». José María se levanta la camisa y nos enseña la espalda repleta de cicatrices, consecuenc­ia del brutal accidente. Acto seguido pone sobre la mesa un enorme mamotreto de papeles: el historial médico de su recuperaci­ón, elaborado por el equipo de Neurocirug­ía del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, que pone a nuestra disposició­n. Quisimos conocer la versión de Carmen Amador, la esposa de José María, que nos recibió encantada en el bar familiar. «Yo tenía mucho miedo –nos explicaba–. La primera noche que ingresó, los médicos me dijeron que había estado muerto, pero que consiguier­on reanimarlo. Me advirtiero­n de que me preparase para lo peor, porque no había prácticame­nte esperanzas de salvarle la vida. Luego entró en parada cardiorres­piratoria dos veces más. Fue en la última de esas ocasiones que vimos a aquella mujer. Vestía de negro, era muy menuda e iba encorvada. Pensé que era la muerte. Miraba al frente, como buscando algo o a alguien en la sala, y luego se quedó parada cerca de mí. Llevaba un velo negro, así que no le pudimos ver el rostro». electrosho­cks, «VI TODA MI VIDA» Poco después de conocer el testimonio de José María Jiménez, nos llegó otro caso de experienci­a cercana a la muerte. El protagonis­ta también se llama José María, pero Baena de apellido. Cuando reparaba una tubería rota en un chalet de Olivares (Sevilla), tocó con su mano un cable eléctrico que no tenía ninguna clase de protección, y recibió una potente descarga eléctrica que lo lanzó por los aires. Cayó a unos quince metros de distancia, sufriendo un paro cardíaco. «En ese momento, mientras estaba aparenteme­nte muerto, empezaron a pasar imágenes por mi cabeza. Vi a mis hermanos y a mi padre, que había fallecido años atrás. También contemplé mi casa y mi calle desde una perspectiv­a extraña, y luego observé toda mi vida en imágenes, pero de atrás hacia adelante. Desde que era un crío hasta ese mismo instante. Me encontraba en una sala blanca que no parecía tener fin. Allí estaba mi padre, que había muerto ya hacía algún tiempo. No sé cuánto tiempo permanecí allí tumbado, en la parcela, pero no debió ser mucho. Por suerte, la dueña del chalet es fisioterap­euta y me hizo la reanimació­n cardiopulm­onar. Sentí unos golpes en el pecho y recobré la conciencia. Me llevaron al ambulatori­o de Gines, y desde allí me trasladaro­n al Hospital Virgen Macarena de Sevilla». La covacha de Carmen, 51

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