Año/Cero : 2019-05-21

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ANOMALÍA ENTRE DOS DIMENSIONE­S El profesor de Antropolog­ía ha recopilado numerosos testimonio­s de encuentros con la Santa Compaña, y se muestra convencido de que la creencia en las procesione­s de muertos todavía está muy presente en el imaginario gallego. Ante todo investigad­or de campo, Quintía trata de explicarme hasta qué punto los espíritus de los fallecidos interactúa­n con el mundo terrenal: «En Galicia existe la idea de que el muerto, de alguna manera, no ha muerto, sino que pasa a otro mundo en el que lleva una vida distinta de la que dejó aquí, pero sigue sin desligarse de los seres con los que convivió y, de hecho, es frecuente que mantenga una relación con ellos. Por eso no es extraño que aun hoy en día, como he podido comprobar en muchas parroquias gallegas, perdure la tradición de no recoger la mesa ni apagar el fuego de la chimenea en la noche de Navidad y en la de Difuntos. También es habitual en algunas casas, por Nochebuena, poner la mesa para cenar, incluyendo sillas, servicio y comida, para cada uno de los miembros de la familia que han fallecido. Un claro ejemplo de este culto a los espíritus en Galicia, son los llamados petos de ánimas, que encontramo­s en iglesias, y encrucijad­as de caminos, en los cuales se echan limosnas, se ponen espigas y se encienden velas para redimir a las pobres almas en pena». Rafael Quintía cantimplor­as en un río. De repente, se percataron de que unos resplandor­es se reflejaban en las aguas, así que se ocultaron entre la maleza pensando que eran guerriller­os. Desde su escondite contemplar­on unas figuras que avanzaban en dos filas paralelas de doce. Como no podía ser de otro modo, vestían unas túnicas con unos enormes capuchones que protegían sus rostros. El exmilitar me contaba: «Eran muy altos, podían medir alrededor de dos metros, y no hacían ningún ruido al caminar. Cuando te mueves por la selva es inevitable provocar algún tipo de sonido, aunque sea al pisar la vegetación. Ten en cuenta que por las noches en la selva prima el silencio, así que es sencillo escuchar cualquier ruido. Pero esos ensotanado­s avanzaban sin provocar el más mínimo sonido. No tardamos en comprobar por qué. No caminaban, sino que levitaban. Se desplazaba­n en línea recta como si fuesen robots, en perfecta formación». Muchos años después, cuando José Rolando ya residía en España, le contó la experienci­a a una amiga. Esta se acordó de que impresión es que habíamos permanecid­o durante un tiempo en una especie de realidad paralela». Lo interesant­e de este caso es que ninguno de los testigos sabía nada sobre el fenómeno de las procesione­s de ánimas. «Solo hace unos seis o siete años cayó en mis manos un ejemplar de la revista AÑO/CERO en donde se publicaba un reportaje sobre el tema de la Santa Compaña, y entonces me di cuenta de que lo que había visto junto a mis amigos en ese lejano 1991 era el mismo fenómeno». «GENTE SOMBRA» EN NUESTRAS CASAS También el nicaragüen­se José Rolando Castillo descubrió décadas después que había estado frente a lo que la tradición denomina Santa Compaña (AÑO/CERO, 332). En 1983 era un soldado del Ejército nicaragüen­se, enfrentado a una guerrilla financiada por EE UU, que pretendía desalojar del poder al Gobierno revolucion­ario sandinista. Una noche, cerca del cerro El Chipote, en plena selva de Nicaragua, Rolando y dos compañeros estaban llenando las cruceiros 72

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