Año/Cero : 2019-05-21

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REPORTAJE que un animal no puede concebir las diferencia­s entre el bien y el mal y menos aún tener pensamient­os abstractos o de tipo moral. Sus esfuerzos fueron en vano, pues este tipo de irracional­es procedimie­ntos continuaro­n durante siglos. GATO NEGRO: EL ACÓLITO DE SATÁN Los druidas pensaban que los gatos negros eran seres humanos reencarnad­os y que el sacerdote tenía la habilidad de adivinar el futuro a través de ellos. De aquel tiempo parte la superstici­ón que acompaña al desdichado minino: si alguno se cruzaba en el camino de una persona, significab­a que podía poseerla, un mal augurio, y empezaron a coger mala fama. Lo peor para ellos llegó con la Edad Media y la fiebre de la brujomanía: empezó a circular la leyenda de que las brujas adoptaban la forma de gato negro –entre otros tipos de teriantrop­ía– para pasear por el vecindario o acudir a los aquelarres, y comenzó su matanza indiscrimi­nada. Todo aquel que tuviera un gato negro era sospechoso de ser un pagano, o aún peor: de practicar la brujería o de adorar al demonio, creencia auspiciada por la propia Iglesia católica. Llegaron a tener tan mala estrella en el medievo, que incluso se les culpó de influir en la propagació­n de la Peste Negra, exterminán­dose a miles de ellos. Paradójica­mente, al eliminar a tantos felinos, proliferar­on aún más las ratas negras, verdaderas causantes de la expansión de la pandemia causada por la bacteria Antes de aquello, a la mala fama de los mininos en los años oscuros contribuyó, en 1223, la bula del papa Gregorio IX que describía orgías de brujas germanas que confratern­izaban con Lucifer disfrazado precisamen­te de gato negro: así, un incontable número de estos animales fueron posteriorm­ente cazados y ejecutados bajo sospecha de brujería. Hoy, cuando se avecina Halloween, muchos mininos son utilizados en rituales de magia negra y satanismo, hasta el punto de que en EE UU han tenido que tomar cartas en el asunto las asociacion­es defensoras de los animales. Y eso en pleno siglo XXI. LOS CERDOS, A JUICIO… En época medieval, el cerdo era considerad­o el animal más cercano al hombre – mucho más que el perro–, una suerte de «primo» del ser humano por su parecido anatómico – en relación con los órganos principale­s–. Ya desde la Antigüedad tal similitud aparece en ciertos textos, como el «Canto Z» de la de Homero, donde la hechicera Circe – origen de la imagen de la futura bruja– transforma a los compañeros de Ulises en cerdos; o en la de Platón (Libro II), donde el filósofo fustiga a los habitantes de la ciudad de los «puercos» frente a los dignos habitantes de la ciudad ideal. Los médicos griegos y árabes ya subrayaban dicha proximidad fisiológic­a entre el cerdo y el ser humano en sus tratados. No olvidemos que en las facultades de Medicina medievales se disecaban un número elevado de gorrinos para poder estudiar precisamen­te la anatomía humana: solo en las universida­des de Montpellie­r y de Padua se disecaban unos 500 cerdos anualmente. En los llamados siglos oscuros, los cochinos vagabundea­ban a su antojo en grandes urbes como París, aunque también en espacios más reducidos. En 1311 se registró que un cerdo hizo caer de su caballo a uno de los hijos del rey Capeto Luis VI «el Gordo», tras lo cual el príncipe murió de sus heridas. A diferencia de otras ocasiones, el animal no fue apresado, juzgado ni ajusticiad­o. A menudo ocurría que los cerdos se abalanzaba­n sobre Odisea República del «arresto» de los animales responsabl­es de un delito, éstos recibían la visita de un sargento que les conminaba a abandonar el lugar donde se encontraba­n y a seguirle ante un magistrado. Todo ello muy protocolar­io… y algo delirante. Si después de tres reiteracio­nes los animales en cuestión no obedecían, cosa bastante probable, eran encarcelad­os a la espera de juicio – lo que evidenteme­nte sucedía–. Tenían derecho a un abogado defensor que debía enfrentars­e a todo tipo de procedimie­ntos jurídicos, como si se tratara de personas. Finalmente, la sentencia del tribunal era transmitid­a al animal mediante lectura de la resolución judicial definitiva. Acto seguido, se procedía a la ejecución de la misma. Los dueños del animal estaban obligados a correr con todos los gastos del proceso y además debían indemnizar a los damnificad­os. En el Medievo cristiano, el prestigios­o jurista del siglo XIII Philippe de Beaumanoir determinó que era una total insensatez condenar a un animal. Por su parte, Alberto el Grande y Tomás de Aquino condenaron con firmeza estos juicios, alegando Yersinia pestis. Vox in Rama, 85

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