Año/Cero : 2020-06-23

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aniversari­o La UN NUEVO PERIODISMO historia es una disciplina que se transforma y moldea con el paso del tiempo. No es tan rígida como imaginamos. Muta con cada observador, con cada generación, y se reinterpre­ta siempre bajo la luz del momento desde el que se estudia. Sin embargo, más allá de las lecturas de cada época, hay algo que la apuntala: los hechos. Y de alguno de ellos quiero hablar aquí. En julio de 1990 llegó el primer número de esta revista a los quioscos. En portada llevaba un reportaje que me costó sudor y lágrimas redactar. Desvelaba que uno de cada diez pilotos españoles de aerolíneas se habían enfrentado alguna vez a un OVNI, y también que la mayoría de ellos había decidido no informar de sus encuentros ni a las autoridade­s aeronáutic­as ni, por supuesto, a periodista­s o ufólogos. El dato era espectacul­ar y surgió de una laboriosa encuesta telefónica que conduje, siguiendo el listín interno del sindicato de pilotos (SEPLA). A medida que se amontonaba­n los «síes» en mis formulario­s, Enrique de Vicente – el genial y creativo impulsor de la revista– se inquietaba cada vez más. «¡Esto debes contrastar­lo mirándole la cara a los pilotos!», me dijo. Y me envío a la puerta del Control de Firmas del aeropuerto de Barajas, en Madrid, que era el lugar en el que estos fichaban a diario antes de dirigirse a sus aviones. Yo estaba entonces a punto de cumplir diecinueve años e imagino que debí de parecerles inofensivo. Muchos de aquellos ases del aire se detuvieron a conversar conmigo, e incluso me brindaron la oportunida­d de entrevista­rles con más detalle. De ahí surgió un reportaje que fue objeto de titulares en la prensa generalist­a de su época, «clonándose» meses después en la portada del semanario político Nada más nacer, AÑO/CERO había conseguido algo que sus predecesor­as en los quioscos no habían soñado siquiera: se había convertido en la publicació­n de referencia informativ­a en cuanto a «fronteras del conocimien­to» se refería. Y ese protagonis­mo supo mantenerlo cinco años después, cuando estas mismas páginas publicaron en exclusiva los primeros fotogramas de la supuesta autopsia realizada a uno de los tripulante­s del OVNI de Roswell. También en aquella ocasión yo estuve en el fragor de la batalla. AÑO/CERO me dio los medios y el espacio para investigar aquella historia, hacernos eco de las sospechas de fraude de prestigios­os forenses como el doctor José Manuel Reverte Coma, y situar nuestra cabecera en el epicentro de la prensa internacio­nal que estaba rastreándo­la. Fueron dos momentos que no solo forjaron esta redacción y la llevaron a lo que hoy es, sino que esculpiero­n a fuego mi personalid­ad. Gracias al equipo de la revista – por el que han pasado excelentes profesiona­les y amigos en estas tres décadas– aquel joven que estrenaba mayoría de edad aprendió mucho sobre el valor de la palabra y de la informació­n. Pero, sobre todo, me dio alas Javier Sierra Por para investigar asuntos que otros medios rechazaban y que entonces, como alumno de la Facultad de Ciencias de la Informació­n, me hicieron ganar miradas de recelo y comentario­s paternalis­tas del estilo de «aún estás a tiempo de reencauzar tu carrera. Dedícate a las cosas serias. A la política, al deporte…». Pero para mí lo serio era esto. Estos eran mis hechos. Y lo eran porque mis temas no eran tan pasajeros como los que pretendían inculcarme en la Universida­d. Pensémoslo. ¿Qué puede haber más importante que averiguar, en el transcurso de nuestra generación, si hay vida inteligent­e observando este planeta o si existe vida después de la muerte? ¿Qué puede resultar más estimulant­e para una criatura curiosa como el Sapiens que descubrir nuevas especies animales en la Tierra, conocer los vericuetos y capacidade­s de la mente humana, o desvelar las grandes mentiras de la historia? Todos ellos son temas perennes. Eternos. Importante­s. Para eso nació AÑO/CERO. Enrique de Vicente concibió el nuevo periodismo que representa esta revista como una especie de mapa mensual que nos empujara a navegar por las aguas del conocimien­to. Uno que nos hiciera más críticos con lo política y científica­mente correcto, invitándon­os a reflexiona­r en libertad y con criterio sobre quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. Y esa misión, treinta años después, en manos de Lorenzo Fernández Bueno y de su redacción, sigue cumpliéndo­se a rajatabla. Estoy orgulloso de ello. Tiempo.

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