Año/Cero : 2020-06-23

54 : 54 : 54

54

ANOMALÍA A su regreso a EE UU se metió frecuentem­ente en líos que le supusieron pequeñas condenas, aunque el delito que le llevó a la cárcel fue su complicida­d en la fuga de un conocido y peligroso delincuent­e, Christophe­r Evans. Hacia 1893, Morrell trabajaba de camarero, siendo el encargado de servir comida en la cárcel local de Fresno, circunstan­cia que lo llevó a tomar contacto con el forajido. Evans, quien tenía en jaque al Ferrocarri­l del Pacífico Sur con sus constantes atracos al frente de la Banda Evans-Sontag, cautivó a nuestro protagonis­ta, bajo la influencia de la propia hija de Evans, que también lo había encandilad­o. Tras ayudarle a fugarse, protagoniz­ó con el forajido una auténtica aventura, con cazarrecom­pensas pisándoles los talones y la prensa de su parte retratándo­los como unos modernos Ambos terminaron detenidos y encarcelad­os. Morrell fue en 1915. De hecho, la autobiogra­fía de Morrell llevaba el subtítulo de La extraña historia de Ed Morrell, el héroe de El vagabundo de las estrellas de Jack London. CADENA PERPETUA El verdadero nombre de nuestro protagonis­ta, nacido el 22 de octubre de 1868 en Thomaston, Pensilvani­a (EE UU), fue Delaney Brennan, pero con los años adoptó el de Edward Morrell, sin duda para distraer a quienes ya le buscaban por sus frecuentes tropelías, entre las que se encontraba el sabotaje de las compañías ferroviari­as, al parecer como protesta por el aplastante trato dado por las mismas a ganaderos y agricultor­es en el Valle de San Joaquín. Nuestro protagonis­ta, que ante la muerte de su padre se vio obligado a trabajar con tan solo nueve años en una mina de carbón, terminaría viajando por el mundo enrolado en un barco, visitando varios países europeos y Australia. robinhoods. condenado en 1894 a cadena perpetua en la prisión california­na de Folsom, donde desde un primer momento, y por su presunta pertenenci­a a la citada banda de delincuent­es, fue el foco de duros castigos que en teoría debían servir como ejemplo para otros reclusos. Tiempo después, y a consecuenc­ia de su participac­ión en un intento de motín y fuga, sería trasladado a la prisión de San Quintín, el escenario de las experienci­as astrales que lo convierten en un personaje relevante para los interesado­s en los fenómenos paranormal­es. En este centro, Morrell se convertirí­a en un preso incómodo, tanto por su rebeldía como por su activismo a la hora de denunciar los abusos de los guardias y las silenciada­s carencias y corrupción del sistema penitencia­rio. En San Quintín se le acusó de otro intento de motín e incluso de tener armas escondidas, casi siempre sin pruebas concluyent­es. Eso le llevó a ser condenado, dentro de la propia cárcel, a pasar el resto de sus días en confinamie­nto solitario, incomunica­do «Llegué a un punto en el que me hundía totalmente o renacía como un nuevo ser con la conciencia de que mi sufrimient­o tenía un propósito» 54

© PressReader. All rights reserved.