Año/Cero : 2020-06-23

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ANOMALÍA en una estrecha celda. En esas condicione­s pasó cinco de los catorce años que en total estuvo en ambas prisiones. Al igual que a otros muchos presos problemáti­cos, a nuestro protagonis­ta – conocido con los sobrenombr­es de «el hombre 25», por su pertenenci­a a la banda de atracadore­s, o «el incorregib­le»– se le aplicaban duras torturas que se añadían a las paupérrima­s condicione­s de su confinamie­nto. HORRIBLES TORTURAS Morrell se convirtió en el primer preso del lugar en probar la camisa de fuerza sangrienta, también conocida como la chaqueta, una prenda de ruda lona que a veces era duramente ajustada con la fuerza de dos hombres y la ayuda de los pies presionand­o sobre la espalda del reo. Tras envolverle en una manta para evitar que se le notaran mucho las marcas, su cruel supervisor carcelario, al que se refiere en sus memorias como «el pirata», le llegó a colocar dos de estas piezas superpuest­as. A veces, los funcionari­os de prisiones le colocaban una mordaza en la boca para ahogar sus gritos y le arrojaban agua que, al secarse, hacía que el tejido encogiera y de esta forma comprimier­a aún más su cuerpo. «Mis agonizante­s gemidos y las manchas de mi sangre fueron mi bautizo en San Quintín», escribiría en su autobiogra­fía refiriéndo­se a la chaqueta. No era extraño que los reclusos embutidos en esas camisas de fuerza y encerrados en pequeñas celdas aisladas, terminaran infectados con sus propias excrecione­s, perdiendo la cabeza o incluso la vida. La agonía que provocaban fue bautizada por Jack London en su creación literaria como «la pequeña muerte», aunque Morrell, con la perspectiv­a del tiempo, prefería llamarla «mi nueva vida en sintonía con un poder divino». Nuestro protagonis­ta escribió sobre tales torturas: «En esa etapa llegué a un punto de inflexión en la que me hundía para siempre en las abismales profundida­des de la desesperac­ión, o renacía como un nuevo ser con la conciencia de que CÓMO PROYECTARS­E A OTRAS REALIDADES En la literatura que aborda el fenómeno de las experienci­as extracorpo­rales existen algunos casos en los que la mecánica para facilitarl­as pasa por generar la máxima incomodida­d al cuerpo físico. El controvert­ido autor Lobsang Rampa, en su obra comentaba lo siguiente sobre el particular: «Algunas personas solo pueden realizar un viaje astral consciente cuando se sienten incómodas, cuando tienen frío o hambre. Por extraño que resulte, hay personas que comen deliberada­mente algo que les sienta mal a fin de provocarse una indigestió­n, y de esta forma pueden emprender un viaje astral sin ninguna dificultad especial. Suponemos que la razón de estos hechos es que el cuerpo astral se siente incómodo en el cuerpo físico y le resulta más fácil separarse de él». Algo similar ya había sido apuntado décadas atrás por otro gran viajero del astral, Sylvan Muldoon. En su libro escrito en cooperació­n con el investigad­or Hereward Carrington, Muldoon explica varias técnicas para lograr el desdoblami­ento, algunas de ellas relacionad­as con la privación de agua y alimento. En concreto y concernien­te a la sed, Muldoon recomienda reducir el consumo de agua durante el día, estimuland­o la sensación de sed. De forma simultánea, durante esa jornada, el sujeto debe pensar y visualizar­se en busca de agua durante el sueño, imaginando con el mayor detalle posible cómo se levanta de la cama y va a por un vaso de agua dejado en la cocina o en cualquier otro lugar de la casa. «Al caer dormido –escribe Muldoon–, el sujeto debe seguir pensando en el vaso de agua; debe pensar también en la salida del cuerpo astral y en su trayectori­a hacia el vaso. Si el cuerpo físico ha sido adecuadame­nte ‘incapacita­do’, el cuerpo astral saldrá del físico durante el sueño para tratar de aplacar el deseo. La trayectori­a pensada de antemano se impondrá por sí sola y el astral no tendrá más remedio que seguirla». Tú, para siempre, CHRIS EVANS La proyección astral, era un peligroso bandido que puso en jaque al Ferrocarri­l del Pacífico Sur con sus constantes atracos al mando de una banda de delincuent­es. Evans se fugó de la cárcel gracias a la ayuda de Edward Morell. 55

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