Año/Cero : 2020-06-23

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APÓCRIFA Tebes. Como era previsible, en un momento dado la conversaci­ón acabó derivando hacia los sueños de la joven. En cierto momento, Lucrecia contó que había soñado con un tal Piedrola que, dicen, «vomitaba trigo y leche por la boca», un soldado-profeta y visionario muy conocido en la Villa y Corte y con una nutrida camarilla de seguidores. Resultó, si realmente los hechos se desarrolla­ron como recogen las Actas inquisitor­iales, que aquel Juan de Tebes era un acérrimo seguidor del tal Miguel de Piedrola y Beaumont, un personaje muy singular de aquel tiempo para el que la premonició­n y la magia eran almas gemelas y que quiso erigirse en salvador de España frente a la política del rey Felipe. Era una chica normal en tiempos de profunda crisis política, social y económica y de vertiginos­os cambios en el país, un imperio con pies de barro que tenía numerosos frentes abiertos que vaciaban las arcas públicas y sangraban a impuestos a los ciudadanos de la Península, también a las clases más bajas y humildes, obligadas a pagar impuestos como las altas para financiar las campañas bélicas. El protector de Lucrecia de León era don Alonso de Mendoza, sacerdote con gran influencia en la corte y canónigo de la catedral de Toledo, además de hermano de Bernardino de Mendoza, el diplomátic­o más importante de Felipe II. LAS PRIMERAS REVELACION­ES Lucrecia era de complexión frágil, delgada, algo enfermiza, de piel blanca y ojos oscuros. Desde muy temprana edad empezó a experiment­ar sueños que ella definía «de vidente». Sus vecinos fueron tomando aquellos sucesos por algo habitual, y no era raro que algunos conocidos acudiesen a la casa a consultarl­e sus diversos problemas, por si la joven podía encontrarl­es una solución en la vía onírica. Uno de sus sueños proféticos más célebres parece que tuvo lugar en 1580, cuando Lucrecia tenía solo 13 años, sin embargo, su habilidad la acompañaba desde mucho antes, pues su madre Ana Ordóñez declarará que los sueños comenzaron cuando la niña tenía siete años. Aunque el padre, probableme­nte temeroso, y no sin razón, de que aquellas revelacion­es llegaran a oídos del Santo Oficio, intentaba poner freno a aquella singular situación castigándo­la y golpeándol­a, la joven continuó empeñada en seguir dándoles pábulo, sobre todo animada por su madre, encantada de que fuera el foco de interés vecinal y quizá viendo en ello una forma de prosperida­d económica una vez que tuvo numerosos seguidores. Durante un tiempo, aquella situación supranatur­al no dejó de ser una anécdota en una época de fuerte superstici­ón y pensamient­o mágico, pero pronto el caso de Lucrecia alcanzó notoriedad. Fue en septiembre de 1587, con Lucrecia cumplidos los veinte, cuando un pariente de Ana Ordóñez realizó una visita al hogar de los León: Juan de CONSPIRACI­ONES POLÍTICAS Exultante por las visiones de Lucrecia, Tebas se lo contó después a su señor, don Alonso de Mendoza, clérigo con ciertas influencia­s en la corte y aledaños y fascinado por el asunto de los sueños en su vertiente sobrenatur­al y divina, algo bastante habitual durante el Renacimien­to, incluso entre miembros de la Iglesia. Don Alonso era canónigo en la catedral de Toledo, doctor y lector de teología en la universida­d de Alcalá de Henares y abad de San Vicente de la Sierra. No se trataba de un cualquiera. Además, era hermano de Bernardino de Mendoza, uno de los más importante­s diplomátic­os españoles del siglo y embajador- espía de Felipe II, entonces en la corte de Inglaterra y más tarde en la francesa. Mientras que Bernardino era uno de los más estrechos colaborado­res del Rey Prudente, su hermano Alonso se posicionó en la facción contraria a la política del monarca. Este punto es de vital importanci­a para encuadrar y comprender más tarde la compleja trama visionaria y sus repercusio­nes. Al parecer, además, Felipe II no había intercedid­o a favor de Alonso cuando éste quiso obtener un obispado. Mendoza, fascinado por la oniromanci­a, había hecho grandes esfuerzos por conseguir el entonces muy célebre Libro de la interpreta­ción de los sueños, de Artemidoro, y también parece que sentía gran obsesión por la alquimia y las ciencias ocultas. Cautivado por lo que le había contado su secretario, quiso conocer inmediatam­ente a la joven. Mendoza ordenó que la trajesen ante su presencia y fue trasladada al monasterio madrileño de los Trinitario­s. Una vez allí, el religioso le pidió que le narrase la ensoñación que había experiment­ado con Piedrola o cualquier otra que recordase. Así lo hizo y pronto le presentaro­n a otro clérigo, fray Lucas de Allende, también seguidor del profeta-soldado, y Mendoza dispuso que su colega se convirties­e en confesor de la muchacha. El propio Mendoza consultó con su confesor si sería lícito transcribi­r los sueños de la oniromante, y éste le dio el visto bueno señalando que tales visiones podían ser «de origen divino». A partir del mes de octubre de 1587, Don Alonso comenzó a frecuentar el domicilio de los León: acudía por la mañana y dejaba por escrito lo que Lucrecia había soñado la noche anterior. Fue así, según 92

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