Año/Cero : 2020-06-23

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APÓCRIFA recoge Vicenta Márquez de la Plata, como «empezó Lucrecia a tener un archivo de sus sueños y premonicio­nes ayudada por el mismísimo D. Alonso de Mendoza», comenzando su celebridad y también su perdición. TOLEDO EL SANTO OFICIO SOÑANDO EL DESASTRE IMPERIAL ACABÓ CONDENANDO A LUCRECIA A Muchos de los sueños visionario­s que decía experiment­ar estaban de alguna manera relacionad­os con el momento político y más concretame­nte se encuadraba­n en un sentido contrario al Gobierno de Felipe II, el hombre más poderoso de su tiempo. Para entender el desencanto de cierta facción cortesana y gran parte de la población para con el monarca, debemos detenernos, en el periodo que vivía España: en el Siglo de Oro había varios peligros que se cernían sobre la Península y el Viejo Continente en su conjunto. El primer gran peligro era el avance del Turco. La otra gran amenaza para la estabilida­d y los intereses hispánicos era la Reforma protestant­e, que provocaría que España se mostrase siempre vigilante ante cualquier conato de disidencia: la Inquisició­n comenzó a publicar con mayor frecuencia y muchos más títulos de sus y a prohibir viajar al extranjero a los universita­rios; y, en medio de todo ese histerismo luterano, cualquiera podía ser sospechoso de herejía. El caso es que la lucha contra el avance del protestant­ismo, que provocaba que la Península ibérica tuviera varios frente abiertos en MARCHAR EN UN AUTO DE FE EN TOLEDO, DONDE LUCIÓ EL SAMBENITO, UNA CUERDA EN EL CUELLO Y UN CIRIO. grosso modo, Don Alonso de Mendoza, clérigo con influencia en la corte, consiguió que le acabaran presentand­o a la joven profeta Índices de Libros Prohibidos, REPROCHES PATERNO-FILIALES Es curioso cómo de algunas de las transcripc­iones se desprende que Lucrecia de León veía a Felipe II en sueños como un trasunto de su padre, y lo que no le reclamaba al suyo, como no haberla casado a los veinte, lo hacía a la figura del soberano soñado, como el hecho de reprocharl­e, en varias ocasiones, no haber casado a su hija Isabel Clara Eugenia. Por aquel entonces la infanta tenía unos veinte años, una edad más que considerab­le para haber contraído matrimonio. Lucrecia, y no es casualidad, tenía aproximada­mente la misma edad, y sus confesione­s denotan resentimie­nto por no tener marido ni posición, por lo que culpaba a su progenitor –en el campo onírico, al Felipe II-padre–. Digamos que en la trama político-visionaria había también elementos de su propia privacidad y frustracio­nes. 93

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