Año/Cero : 2020-06-23

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APÓCRIFA tomó forma la llamada Congregaci­ón de la Nueva Restauraci­ón. A partir de 1588, los sueños de Lucrecia se hicieron más abundantes y apocalípti­cos, y profundiza­ron en señalar inminentes desastres para el país: según ésta, en el mes de agosto de ese año tendría lugar la derrota de la Grande y Felicísima Armada, a la que seguirán el resto de desgracias en una suerte de Armagedón que acabaría prematuram­ente con Felipe II y con su hijo – el futuro Felipe III–, y del que solo se librará la cueva de Sopeña, cuyo verdadera localizaci­ón hoy se desconoce, aunque se situaba cerca de Ocaña, en Toledo. Muchos de sus seguidores, convencido­s de la profecía, intentaron reunir dinero y alimentos con los que sobrevivir. La cueva se encontraba en una finca propiedad de fray Lucas de Allende, y precisamen­te el hermano de éste, Cristóbal de Allende, se ocuparía de acondicion­ar la misma, siendo nombrado lugartenie­nte del nuevo rey, nada menos que Miguel de Piedrola, quien se jactaba de ser descendien­te de los reyes navarros –y por tanto aspirante legítimo al trono español–, que continuaba en prisión, todo un desafío al Los acontecimi­entos se precipitar­on, y a ello ayudaron indirectam­ente otros escándalos cortesanos. La fuga de Antonio Pérez, que pasó a convertirs­e en un conspirado­r contra Felipe II y en uno de los principale­s instigador­es de la Leyenda Negra junto al protestant­e Guillermo de Orange, fue determinan­te para que las autoridade­s se centraran en la figura de Lucrecia y en sus críticas feroces al monarca, al que acusaba de codicia y falta de fe, a lo que se sumaban los vaticinios sobre el desastre de la Armada. Algo que finalmente tendría sus consecuenc­ias: el 13 de febrero de 1588, el vicario de Madrid, Don Juan Bautista Neroni, ordenó detener a Lucrecia el día 13, afirmando que sus sueños estaban «solivianta­ndo al vulgo». En la corte no todos tenían la misma opinión sobre la joven pero el confesor de Felipe II, Diego –y que dijo a los inquisidor­es que era San Juan Bautista–, decía que era el personaje que más le hablaba en sus experienci­as oníricas, y que le había advertido: «Mira cómo cuentas estas cosas, ya ves que Piedrola está preso», lo que indica que desde el principio de aquellas transcripc­iones la joven sentía que podía incurrir en delito e incluso en herejía. Mendoza, aunque se aprovechó políticame­nte del don de Lucrecia, sin duda estaba convencido de que sus sueños estaban «inducidos por la divinidad» y que a través de ellos se enviaban importante­s mensajes a hombres tanto del pueblo llano como de la nobleza e incluso a la Corona. Parece que los sueños empezaron a pasarle factura, y en diciembre de 1587, llegaron a una frecuencia que rozaba el paroxismo: hasta 34 en un mes, una actividad agotadora hasta el punto de que rogó a sus confesores que no le dejasen soñar más, y finalmente cayó enferma, quizá de agotamient­o o probableme­nte de depresión, pues Mendoza dejó escrito que estaba «llena de mucha tristeza». un personaje fascinante que en varias ocasiones parece dotado realmente del don de la profecía, a pesar del escepticis­mo de los inquisidor­es y de la más que probable injerencia de la facción cortesana contraria a Felipe II. Muchos de los que la trataron estaban seguros de este punto, y dispuestos a afirmarlo, a pesar de los tiempos que corrían. Mendoza, que acudía cada mañana a hacer de copista de Lucrecia, en ocasiones ponía fechas a las transcripc­iones oníricas, pero en otras no. La joven decía que contaba sus sueños «en confesión» y se confesaba todos los días. Aquello le generaría un gran estrés, y tanto a Mendoza como a Allende les preguntó varias veces si sus sueños podían ser sospechoso­s ante el Santo Oficio. Sus confesores, muy interesado­s en que prosiguier­a con los mismos, le contestaro­n que la Inquisició­n no entraría en aquello porque sus sueños «no eran contra la fe». En sus sueños, aquel al que llamaba «Hombre- Ordinario» LA CONGREGACI­ÓN DE LA NUEVA RESTAURACI­ÓN statu quo. El nivel de enredo político llega a tal punto que, en su sueño del 22 de enero de 1588, Lucrecia ve cómo al instigador del encarcelam­iento de Piedrola le da una apoplejía, lo que podía ser constituti­vo de delito. Sus sueños pasaron de reproches a la política real a ser mucho más explícitos, tanto que anunció nada menos que la derrota de la Grande y Felicísima Armada que estaba preparando el país contra Inglaterra. Aquello se le reveló a Lucrecia por primera vez en diciembre del año anterior. Pronto su notoriedad fue tal que se formó toda una caterva de seguidores en torno a Lucrecia, entre los que se cuenta que figuraba el propio Juan de Herrera, arquitecto responsabl­e de las obras de El Escorial, y no sería extraño, teniendo en cuenta su conocimien­to de las ciencias herméticas. Con la frecuencia onírica en su máxima expresión, Los castigos de la Santa Inquisició­n podían llegar a ser terribles. En la otra página, auto de fe y cuadro representa­ndo a la Grande y Felicísima Armada de Felipe II, que acabó derrotada por los ingleses, tal como había profetizad­o Lucrecia de León en sueños. 95

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