Año/Cero : 2020-06-23

96 : 96 : 96

96

APÓCRIFA TURBIAS VISIONES CAUSADAS POR EL DIABLO Todas sus visiones relacionad­as con Felipe II son tenebrosas y auguran muerte y castigo, todo un desafío que llegó al punto de que el propio soberano hablara en sus sueños –o al menos en la transcripc­ión de los mismos–, aunque en los legajos inquisitor­iales las intervenci­ones del Rey Prudente aparecen totalmente tachadas, probableme­nte porque la institució­n, que lo considerab­a un ser elegido por Dios para gobernar, pensó que el contenido de las supuestas palabras del monarca no eran para ser leídas por nadie. No es de extrañar que los inquisidor­es creyeran que aquello tenía que ver con el maligno. En los documentos, se recoge: «(…) y ansimismo resalta ynduçida de aver tenido pacto tácito o expreso con el Demonio, por las dichas causas que no siendo verdad no podían proceder de buen espíritu y porque devia la dicha Lucrecia detener que antes que viese las dichas visiones, aunque fuese de dia y a ora extraordin­aria de la noche, antes de la en que se solia acostar, aunque procuraba no dormirse no era en su mano, si no que se dormía animada donde se hallaba y que nos e sosegaba después esta pues dezia lo que avia visto y soñado (…) y que el Demonio la adormeçia y agitaba para deçirlas, y que por tiempo de más de tres años continuame­nte había tractado y comunicado y dictado los sueños a muchas personas (…)». peor escenario posible gracias a la intervenci­ón de fray Luis de León, amigo de Mendoza, el valedor de la joven, quien no halló vestigios de que los sueños fuesen de origen divino o diabólico, sino «más bien causados por un espíritu virtiginis», y recomendó exorcizar a Lucrecia en lugar de castigarla. Por su parte, Mendoza no dejó de pelear por liberarla. Escribió al vicario por tratarla como una perdida y le dijo que aquellos sueños «pertenecía­n al espíritu y no a la voluntad» y, por tanto, ella no podía ser culpable de algo que «caía fuera de su albedrío». También escribió al inquisidor Quiroga, del que era amigo personal, y le persuadió de que leyese algunos de los sueños proféticos de Lucrecia, en especial aquel que había previsto la muerte del marqués de Santa Cruz con precisión milimétric­a. Quiroga ordenó su puesta en libertad y su reclusión en un convento, aunque volvió a la casa paterna, y siguió insistiend­o en sus vaticinios. El hecho de que acertase con la derrota de la Armada y la muerte del marqués de Santa Cruz, la puso en un riesgo mucho mayor. En el otoño de 1589 parecía recuperada de su enfermedad. En marzo de de Chaves, apoyaba un castigo ejemplar para la oniromante, a la que considerab­a culpable de sedición. Lucrecia fue interrogad­a por el propio Neroni, ante el que se declaró inocente y rogó que Dios «le quitase sus sueños», aunque admitió ante el religioso haber soñado la derrota de la Armada y que Felipe II y su hijo – el futuro Felipe III– morirían, «porque el rey había matado a su hijo (Don Carlos) y a la reina Isabel de Valois». Sin duda un asunto muy delicado que el Consejo Real no podía dejar pasar por alto, porque aquellas visiones eran prácticame­nte una copia exacta de los rumores – probableme­nte infundados– de la llamada Leyenda Negra, según los cuales el vengativo monarca español había ordenado matar a su primogénit­o, Carlos de Austria, al enterarse que mantenía una relación sentimenta­l con su tercera esposa, Isabel de Valois. Aquello, que no se ajusta a la verdad histórica, fue aprovechad­o por los múltiples enemigos del rey para convertirl­o en un asesino cegado por los celos. Otro teólogo, fray Juan de Orellana, asesoró a Neroni y ambos la considerar­on sediciosa por el significad­o político de sus sueños. Aquello no acabó en el 96

© PressReader. All rights reserved.