Amor de pa­dres

Ha­bla­mos de hi­jos con el em­pre­sa­rio Ki­ke Sa­ra­so­la y Car­los Marrero.

AR - - SUMARIO - Por PA­BLO ARA­GÓN. Fo­tos PA­BLO SA­RA­BIA

La dis­tan­cia en­tre el ki­ló­me­tro 0 de Es­pa­ña y el ho­tel Os­car, el bu­que in­sig­nia de la ca­de­na de ho­te­les Room­ma­te pro­pie­dad de Ki­ke Sa­ra­so­la, es de ape­nas mil me­tros. Un abrir y ce­rrar de ojos en el que re­co­rro las ca­lles más tran­si­ta­das de la ca­pi­tal mien­tras di­va­go dan­do un pa­seo sobre los hi­tos de los per­so­na­jes que es­toy a pun­to de en­tre­vis­tar. An­te mí, una de las pa­re­jas que han lo­gra­do des­te­rrar to­do los ta­búes que les ve­nían pre­de­ter­mi­na­dos. Con fuer­za, co­ra­je y va­lor han le­van­ta­do un im­pe­rio ho­te­le­ro que ha tras­pa­sa­do nues­tras fron­te­ras. Pe­ro uno de sus ma­yo­res éxi­tos son sus dos re­to­ños, de los cua­les es­tán pro­fun­da­men­te or­gu­llo­sos.

Los ob­ser­vo aten­ta­men­te: su for­ma de mi­rar­se pa­ra el se­gun­de­ro y sin dar­me cuen­ta me tras­la­do a una pe­lí­cu­la ro­mán­ti­ca de las de an­ta­ño, en las que la pa­sión y el amor sha­kes­pe­riano no tie­nen lí­mi­tes. Ca­si un cuar­to de si­glo de fe­li­ci­dad, de ilu­sio­nes y emo­cio­nes com­par­ti­das que con­for­man la pa­re­ja LGTBI más fa­mo­sa del pa­no­ra­ma na­cio­nal. Des­de las vis­tas im­po­nen­tes del áti­co del ho­tel Os­car, le gri­tan al cie­lo y al que quie­ra es­cu­char un ‘te quie­ro’ sin con­di­cio­nes ni res­tric­cio­nes. Un amor de al­tu­ra.

¿Có­mo co­men­zó vues­tra his­to­ria?¿Quién se­du­jo a quién? ¿Fue un fle­cha­zo a pri­me­ra vis­ta?

Ki­ke Sa­ra­so­la: Nues­tra his­to­ria de amor co­men­zó ha­ce 24 años. Nos co­no­ci­mos en un bar que se lla­ma­ba Ha­noi, aquí en Ma­drid. Yo lle­ga­ba y él sa­lía, y nues­tras mi­ra­das se cru­za­ron. Nos pre­sen­tó un ami­go en co­mún, y has­ta aho­ra. En cuan­to al te­ma de se­du­cir, tu­ve que ser yo [ri­sas aho­ga­das]. Des­de el pri­mer mo­men­to que le vi, te­nía cla­ro que era el hom­bre de mi vi­da.

Car­los Marrero: Fue tan des­ca­ra­do que me im­pre­sio­nó esa sin­ce­ri­dad y esa trans­pa­ren­cia. Me di­jo: “Me gus­tas”, y por un arre­ba­to de­ci­dí que­dar la se­ma­na si­guien­te. ¿Cuál es vues­tra de­fi­ni­ción de amor? C. Res­pe­to, com­pli­ci­dad y grandes do­sis de li­ber­tad.

K. La mía tam­bién. Res­pe­to, com­pli­ci­dad, amis­tad y di­ver­sión. Nos lo pa­sa­mos muy bien jun­tos. ¿Ha­bíais te­ni­do al­gu­na ma­la ex­pe­rien­cia pre­via? C. Yo tu­ve dos re­la­cio­nes que qui­zás mar­ca­ron có­mo soy a día de hoy. Es­ta­ba cla­ro que no era lo que yo que­ría. Es­pe­ré y de re­pen­te apa­re­ció es­te hom­bre en mi vi­da.

K. Yo no tu­ve ma­las experiencias. Tu­ve dos re­la­cio­nes an­te­rio­res y se­gui­mos sien­do muy bue­nos ami­gos.

¿Cuál es el re­cuer­do más bo­ni­to que te­néis al­ma­ce­na­do en vues­tra me­mo­ria? K. El na­ci­mien­to de nues­tros hi­jos. No se pue­de igua­lar. C. Buah… fue el mo­men­to más in­creí­ble de mi vi­da. ¿Có­mo fue el pri­mer pa­so pa­ra te­ner hi­jos?

C. Pri­me­ro, cuan­do al­go es un NO, un im­po­si­ble, lo an­sías con más ga­nas. Un día Ki­ke y yo, en 2002, an­tes de la ley de igual­dad, ha­bla­mos sobre el te­ma y me di­jo: “Va­mos a te­ner ni­ños”. Le mi­ré ex­tra­ña­do y le pre­gun­té: “¿Es­tás se­gu­ro?”. Que­ría ver has­ta dón­de lle­ga­ba... y así has­ta el día de hoy. Una fa­mi­lia al com­ple­to.

K. Yo siem­pre he te­ni­do cla­ro que que­ría es­tar con al­guien en pa­re­ja. En un mo­men­to da­do me di cuen­ta de que me ape­te­cía te­ner una fa­mi­lia, que que­ría de­vol­ver­le a la vi­da to­do aque­llo que me ha­bía da­do. En un prin­ci­pio qui­si­mos adop­tar, por­que no te­nía­mos la ob­se­sión de que fue­ran san­gre de nues­tra san­gre, eso es cier­to, sobre to­do cuan­do hay tan­tos ni­ños que ne­ce­si­tan una adop­ción. Lo in­ten­ta­mos, pe­ro en la Co­mu­ni­dad de Ma­drid nos mal­tra­ta­ron, fue un ho­rror.

En 24 años he­mos te­ni­do nues­tras dos o tres cri­sis fuer­tes y las he­mos su­pe­ra­do con mu­cha pa­cien­cia” Ki­ke Sa­ra­so­la

Tu­vi­mos una ex­pe­rien­cia ne­fas­ta: al ser gays to­do era más com­pli­ca­do, y por eso de­ci­di­mos ir­nos a EEUU a te­ner­lo por gestación subrogada. He es­ta­do diez años pa­ra con­ven­cer­le y aho­ra es el me­jor pa­dre del mun­do. ¿Os gus­ta­ría que si­guie­sen vues­tra estela y con­ti­nua­sen con el le­ga­do familiar?

K. A mí me en­can­ta­ría. Pe­ro, en de­fi­ni­ti­va, de­seo que sean fe­li­ces. Co­mo pa­dre lo úni­co que quie­res es que ha­gan lo que le ha­gan se sien­tan rea­li­za­dos. A mi hi­ja, por ejem­plo, le en­can­tan los ho­te­les y los ca­ba­llos, eso sí. Yo se lo di­go a to­do el mun­do, es­té ca­sa­do o no, gay o he­te­ro… Si tie­nes amor que dar, lo más bo­ni­to es te­ner un hi­jo. Me arre­pien­to de ha­ber­los te­ni­do tan tar­de. ¿Có­mo son Ai­ta­na y En­ri­que? C. Son ma­ra­vi­llo­sos. Es la sen­sa­ción y sa­tis­fac­ción de ha­ber ce­rra­do el círcu­lo na­tu­ral de nues­tra vi­da. Ai­ta­na es re­fle­xi­va, con una mi­ra­da tier­na y muy amo­ro­sa, muy dul­ce. En­ri­que es más im­pul­si­vo pe­ro a la vez muy leal. Le ves ve­nir. Es un tras­to.

K. Ki­ke es un dis­fru­tón, se pa­re­ce mu­cho a mi pa­dre. Yo soy más es­tric­to y Car­los es más per­mi­si­vo. ¿Te­néis al­gún sue­ño que no sea una reali­dad? K. Me hu­bie­se gus­ta­do ser fa­mi­lia nu­me­ro­sa. La se­gun­da vez es­tá­ba­mos em­ba­ra­za­dos de dos y uno se des­pren­dió. Yo es­ta­ba muy ilu­sio­na­do.

C. Yo es que una vez pues­to, te­nien­do dos ni­ños y vien­do la reali­dad de lo que sig­ni­fi­ca... Si tu­vie­se un ter­ce­ro no pa­sa­ría na­da, pe­ro me veo más ca­paz so­lo con dos. ¿Cuál es vues­tro ma­yor mie­do? K. Cuan­do eres pa­dre, tu ma­yor mie­do es que tus hi­jos es­tén bien. Es lo úni­co que me preo­cu­pa de ver­dad. C. To­tal­men­te de acuer­do. Son el cen­tro de mi uni­ver­so.

Si al­guno de vues­tros hi­jos os di­je­se que es ho­mo­se­xual, ¿có­mo reac­cio­na­ríais?

C. Lo mis­mo que me di­jo mi pa­dre: “Si has ele­gi­do es­ta for­ma de vi­da, llé­va­la con dig­ni­dad y sé fe­liz”. Lo úni­co... que yo no ele­gí ser gay: yo na­cí gay.

K. 100 % de acuer­do. Se­rán co­mo quie­ran ser.

Se pue­de ver que en vues­tras re­des so­cia­les no so­léis pu­bli­car nin­gu­na fo­to de vues­tra fa­mi­lia. ¿Por qué?

C. So­mos una pa­re­ja co­no­ci­da y, quie­ras o no, el te­ner esa par­ce­la de in­ti­mi­dad y nues­tra vi­da pri­va­da al mar­gen no da ac­ce­so a que pue­dan opi­nar. Pre­ser­vo mi in­ti­mi­dad y por eso mis­mo no ten­go re­des so­cia­les.

K. Es una de­ci­sión que Car­los to­mó y que res­pe­to. Yo soy más ac­ti­vo en re­des so­cia­les. Me di­vier­te y me gus­ta. Pon­go po­cas co­si­tas nues­tras por­que él se ca­brea, pe­ro a ve­ces sí subo al­go una fo­to jun­tos… Lo jus­to.

¿El éxi­to y te­ner hi­jos ha afec­ta­do a vues­tra re­la­ción? C. No ha cam­bia­do en na­da. Nos ha­ce más fuer­tes. K. Hay dos pa­la­bras que yo odio en la vi­da que son: éxi­to y fra­ca­so. Dos pa­la­bras efí­me­ras. Mi gran ídolo, Rafa Na­dal, hoy ga­na Ro­land Ga­rros y al día si­guien­te em­pie­za de cero en Wim­ble­don. El éxi­to o el fra­ca­so no exis­ten, es­ta­mos aquí en el jue­go de la vi­da di­vir­tién­do­nos y no nos plan­tea­mos si te­ne­mos mu­cho o no. Es­ta­mos con­ten­tos, no nos po­de­mos que­jar. La pa­la­bra ‘éxi­to’ no es un tér­mino que ten­ga­mos en el vo­ca­bu­la­rio. ¿Có­mo vi­vís vues­tra re­la­ción?

C. Con mu­cha com­pli­ci­dad, mu­cho amor y res­pe­to.

K. Da­te cuen­ta de que tra­ba­ja­mos y vi­vi­mos jun­tos.

¿Eso no ge­ne­ra más ten­sio­nes al fi­nal de la jor­na­da? K. Sin lu­gar a du­das. He­mos te­ni­do que ha­blar y en­ten­der­nos el uno al otro. Cuan­do em­pe­za­mos el ne­go­cio ha­ce 12 años fue más in­ten­so. Po­co a po­co tu­vi­mos que ir aco­plán­do­nos, pe­ro es que nos lo pa­sa­mos muy bien jun­tos.

C. Par­te de nues­tro éxi­to es por­que nin­guno de los dos he­mos que­ri­do anu­lar la per­so­na­li­dad del otro. He­mos sa­bi­do en­ca­jar­las. So­mos un tán­dem que su­ma­mos. ¿Cuá­les son vues­tras afi­cio­nes? K. A mí me en­can­ta via­jar, me en­can­ta co­no­cer dis­tin­tas ciu­da­des. Nos gus­ta tam­bién mu­cho ha­cer de­por­te. Nos gus­ta es­quiar y ha­cer ki­te­surf jun­tos.

C. Yo he des­cu­bier­to que uno de mis hobbies y una de mis grandes pa­sio­nes son los ni­ños. Sois una de las pa­re­jas más fa­mo­sas del pa­no­ra­ma na­cio­nal y un re­fe­ren­te en el co­lec­ti­vo LGTBI. ¿Có­mo os sen­tís an­te tal re­co­no­ci­mien­to?

K. No­so­tros he­mos si­do siem­pre muy reivin­di­ca­ti­vos por los de­re­chos LGTBI con el fin de nor­ma­li­zar la si­tua­ción. He­mos ex­pre­sa­do có­mo so­mos li­bre­men­te y he­mos es­ta­do siem­pre or­gu­llo­sos. He­mos ido con la ver­dad por de­lan­te, exi­gien­do que nos res­pe­ten co­mo no­so­tros res­pe­ta­mos a los de­más. El día que no te ten­gan que pre­gun­tar si eres gay se­rá cuan­do de ver­dad ha­bre­mos con­se­gui­do nues­tros ob­je­ti­vos. ¿Có­mo re­cor­dáis el día de vues­tra bo­da?

K. Fue un día fan­tás­ti­co y muy emo­cio­nan­te. No­so­tros in­vi­ta­mos a to­do el mun­do, pe­ro pen­sa­mos que al ser bo­da gay no ven­dría na­die. Y ocu­rrió to­do lo con­tra­rio. Hu­bo gen­te que no in­vi­ta­mos por­que pen­sa­mos que les iba a pa­re­cer mal un ma­tri­mo­nio gay y se en­fa­da­ron. El te­ma del ma­tri­mo­nio, con lo com­pli­ca­do que fue en nues­tra épo­ca, aho­ra se ha nor­ma­li­za­do tan­to que ya no hay ese pre­jui­cio. Una bo­da con dos chi­cos o dos chi­cas es lo mis­mo. En ese mo­men­to fue un gran even­to, pe­ro la so­cie­dad ha evo­lu­cio­na­do mu­cho.

Ha­brá que ha­cer al­go pa­ra re­me­mo­rar ese día.

Par­te de nues­tro éxi­to es por­que nin­guno de los dos

he­mos que­ri­do anu­lar la per­so­na­li­dad del otro” Car­los Marrero

¿Qué es lo que os mo­les­ta más al uno del otro? Tie­ne que ha­ber al­go... no po­déis ser tan per­fec­tos.

C. Cla­ro que no lo so­mos. Lo nues­tro es una su­pera­ción de los mo­men­tos ma­los de cri­sis. Am­bos he­mos pues­to mu­cha vo­lun­tad en re­com­po­ner­nos.

K. En 24 años he­mos te­ni­do nues­tras dos o tres cri­sis fuer­tes y las he­mos su­pe­ra­do con mu­cha pa­cien­cia. Yo creo que hay mu­chas co­sas mías que a él le mo­les­tan y al re­vés, pe­ro no hay na­da gra­ve. Es que Car­los es un bue­na­zo. Hay si­tua­cio­nes de la re­la­ción que te mo­les­tan, pe­ro son co­sas del día a día. Yo soy muy de­ta­llis­ta, él me­nos. ¿Có­mo son vues­tras dis­cu­sio­nes? C. Son in­ten­sas, pue­de lle­gar a un pun­to de aca­lo­ra­mien­to pe­ro ja­más nos he­mos fal­ta­do el res­pe­to y siem­pre aca­ba­mos me­tien­do el humor pa­ra que po­co a po­co uno de los dos va­ya ce­dien­do. ¿Có­mo es un día nor­mal en vues­tra vi­da? K. Nos le­van­ta­mos, desa­yu­na­mos con los ni­ños, los lle­va­mos al co­le y es­ta­mos en la ofi­ci­na a las 9:30.

C. Ahí em­pie­za el día a día: reunio­nes, lla­mar a los ho­te­les, es­tar en­ci­ma… Po­ner­te al ser­vi­cio de los ho­te­les.

K. Por la tar­de va­mos al gim­na­sio, a es­tar con los ni­ños, ce­nar y me­ter­los en la ca­ma. Al­go muy nor­mal. Siem­pre co­men­táis que vues­tra em­pre­sa, Room­ma­te, es vues­tra otra fa­mi­lia... ¿Te­néis una filosofía de em­pre­sa que en­ca­je con la de vi­da?

K. Nues­tra filosofía de vi­da es tra­ba­jar y dis­fru­tar mu­cho. De es­te mo­do es más fá­cil al­can­zar nues­tros ob­je­ti­vos. No­so­tros en Room­ma­te so­mos una gran fa­mi­lia. Nos ha­ce­mos lla­mar los Roo­mies. Un bar­co que re­ma al uní­sono y con mu­cha fuer­za.

C. Ser lla­nos sien­do cons­cien­tes de quie­nes so­mos.

Cuan­do no tra­ba­jáis, so­léis ha­cer ce­nas en ca­sa. ¿Quié­nes son vues­tros ami­gos ín­ti­mos?

K. Si, ha­ce­mos mu­chas. Te­ne­mos un gru­po muy gran­de: Lo­ren­zo Cas­ti­llo, Tomás Alía, Ma­ca­re­na Rey... Un gru­po que es­tá muy cer­ca nues­tro, ami­gos de ver­dad.

C. So­mos unos au­tén­ti­cos pri­vi­le­gia­dos.

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