Al­do Co­mas

AR - - SUMARIO - Por IVÁN IGLE­SIAS Fo­tos JA­VIER GÓ­MEZ

Un hom­bre sor­pren­den­te que pre­fie­re an­dar en las nu­bes.

Ami­go de los prín­ci­pes de Mónaco, ci­ta a los gran­des fi­ló­so­fos y lu­ce pren­das de mu­jer por­que “es lo úni­co que he­re­dé de mi ma­dre”. De­trás de sus gafas es­con­de pe­que­ñas de­bi­li­da­des y mie­dos, in­clu­so a las ven­ta­nas, des­pués de ha­ber­se ti­ra­do por va­rias. El ma­ri­do de Ma­ca­re­na Gar­cía se aca­ba de en­te­rar de que es un dandy mi­llen­nial, aun­que él pre­fie­re ver­se tan so­lo co­mo un hom­bre “nor­mal” al que le gus­ta es­tar en las nu­bes.

En­tro en la re­no­va­da Sa­la Equis y ro­dea­da de va­rias per­so­nas veo una bla­zer azul bri­llan­te a la que to­do el mun­do atien­de mien­tras se atu­sa el tu­pe ri­za­do y se co­lo­ca las gafas de cris­tal ama­ri­llo. “Po­der de atrac­ción no sé si ten­go, lo que sí sé es que soy una per­so­na muy ex­pan­si­va, pa­ra lo ma­lo y pa­ra lo bueno”, me con­fie­sa Al­do Co­mas cuan­do con­se­gui­mos que­dar­nos unos mi­nu­tos a so­las. Hoy pin­cha en la fies­ta de pre­sen­ta­ción de la nue­va cer­ve­za Ma­ni­la de San Mi­guel. La de Dj es so­lo una de las mu­chas pro­fe­sio­nes de es­te po­li­fa­cé­ti­co bar­ce­lo­nés. Em­pre­sa­rio, pa­ra­cai­dis­ta, mú­si­co, pro­duc­tor de cor­to­me­tra­jes y or­ga­ni­za­dor de fies­tas fi­gu­ran en su cu­rrí­cu­lum. Tam­bién ‘ma­ri­do de’, queha­cer que ase­gu­ra que ejer­ce en­can­ta­do por­que su­po­ne ir de la mano de su mu­sa, Ma­ca­re­na Gó­mez. “Qui­zás atrai­go a la gen­te por­que me con­si­de­ran un per­so­na­je ex­cén­tri­co, aun­que yo me veo una per­so­na muy nor­mal”.

No me di­rás que eres un clá­si­co...

Siem­pre par­to del cla­si­cis­mo. Yo pue­do que­dar con to­dos mis ami­gos y que to­dos va­yan en va­que­ros y ahí es­toy yo con mi tra­je y cor­ba­ta, aun­que qui­zás le he pues­to unas gafas di­fe­ren­tes y unos mo­ca­si­nes bor­da­dos. En reali­dad soy un vie­juno, y, ade­más, en mu­chos as­pec­tos de mi vi­da. A la gen­te le sor­pren­de pe­ro lo pri­me­ro que es­ta­ba era la ‘vie­ju­nez’.

¿No se­rá que lo vie­juno es lo mo­derno?

Exac­ta­men­te. La cul­tu­ra pop que par­tió del año 2000 es muy nos­tál­gi­ca y se vuel­ven a vi­si­tar to­das las co­sas del si­glo XX. Los pan­ta­lo­nes se lle­van de nue­vo an­chos y arri­ba, la mú­si­ca sue­na a los se­ten­ta. Has­ta los yo­gu­res vuel­ven a es­tar en en­va­ses de cris­tal… la nos­tal­gia es un hit mi­llen­nial muy im­por­tan­te.

Y tú eres to­do un dandy mi­llen­nial...

Yo creo que no soy ni mi­llen­nial, por­que soy del 85.

Se­gún los es­tu­dios de so­cio­lo­gía, los mi­llen­nials na­cie­ron a par­tir de 1982…

O sea, que soy mi­llen­nial. Qué cu­rio­so. Bueno, la ver­dad es que yo con 13 años ya te­nía In­ter­net en ca­sa y eso es muy mi­llen­nial. Ysi lo po­nes con el con­cep­to dandy ya es un lío, por­que el dan­dis­mo no va an­cla­do a nin­gu­na épo­ca. Lo me­jor hu­bie­ra si­do des­de el prin­ci­pio ad­mi­tir que no me con­si­de­ro dandy mi­llen­nial y ya es­tá.

¿Dandy sin más? Es un po­co pre­ten­cio­so lla­mar­se a uno mis­mo dandy. Yo soy una per­so­na que eli­jo mi ves­tua­rio a dia­rio, me gus­ta ves­tir es­pe­cial, di­fe­ren­te… pe­ro por­que lo que más me gus­ta es la be­lle­za en for­ma­to pla­tó­ni­co, y es a tra­vés de esa bús­que­da de la be­lle­za por lo que vie­ne to­do lo de­más, ya sea pin­char en una fies­ta o pro­du­cir un cor­to­me­tra­je. Lo que a mí me po­ne es la be­lle­za, y pa­ra mí es her­mo­so su­bir­me a un avión y lan­zar­me en pa­ra­caí­das ves­ti­do de ti­gre o ha­cer una fies­ta te­má­ti­ca en me­dio del cam­po. Me­jor me que­do con la eti­que­ta de bon vi­vant, por­que me gus­ta la ex­pe­rien­cia de vi­da en ge­ne­ral. Veo que lle­vas un bro­che de bri­llan­tes con el la­bio de Mae West. ¿Te gus­ta ju­gar con tu la­do fe­me­nino?

Cuan­do mi ma­dre mu­rió, yo te­nía 24 años. Ella era una se­ño­ra con mu­cho es­ti­lo y mu­cho ar­te, así que ya que no ha­bía ca­sas y co­ches, al me­nos he­re­dé ro­pa bo­ni­ta y de­bía usar­la. Co­men­cé a lle­var abri­gos de as­tra­cán, vi­so­nes, unas ca­mi­sas Ver­sa­ce bru­ta­les o jer­séis vin­ta­ge de Ralph Lau­ren, y así es có­mo me di cuen­ta de que ha­bía mu­cha ro­pa de mi ma­dre que po­día usar y se fue for­jan­do mi es­ti­lo un po­co ex­cén­tri­co.

“Lo que más me acer­ca a Ma­ca­re­na

es la dis­tan­cia, pe­ro po­ner

en co­mún nues­tras aven­tu­ras es lo más bo­ni­to”

¿Qué ad­je­ti­vo de to­dos los que has oí­do o leído so­bre ti te ha do­li­do más?

Siem­pre di­cen que soy un ‘ni­ño pi­jo’, pe­ro no lo ten­go ya ni en cuen­ta. Re­co­noz­co que me afec­tó cuan­do sa­lió la fa­mo­sa po­lé­mi­ca de mi es­to­la de piel de los Go­ya. Ha­bía un tío que se me­tía con mi ma­dre, y ahí sí que no, por­que ella ya no es­tá. Me hi­rió en lo más pro­fun­do y tu­ve que res­pon­der­le (de ma­las ma­ne­ras) pa­ra que­dar­me en paz con­mi­go mis­mo.

Te gus­ta acom­pa­ñar a Ma­ca­re­na a los Go­ya y otros even­tos. ¿Qué es lo que más te une a ella?

Me acer­ca a Ma­ca­re­na la dis­tan­cia. No­so­tros vi­vi­mos en cons­tan­te mo­vi­mien­to y nos ve­mos bas­tan­te po­co, pe­ro cuan­do lle­ga­mos a ca­sa y nos en­con­tra­mos po­ne­mos en co­mún ca­da aven­tu­ra que he­mos pa­sa­do. Es lo más bo­ni­to. Nos unen tam­bién mu­chas co­sas: nues­tra pa­sión por los pue­blos, por las an­ti­güe­da­des, nues­tro hi­jo, la mú­si­ca, via­jar...

¿Qué re­cuer­das de tu ju­ven­tud en el in­ter­na­do en Sui­za con los prín­ci­pes de Mónaco?

Ahí nos con­ver­ti­mos en adul­tos de gol­pe. Te­nía­mos a

to­pe de mo­ney y nos íba­mos a co­mer a unos res­tau­ran­tes bru­ta­les. El via­je de es­tu­dios fue por las is­las Vír­ge­nes en pleno Ca­ri­be, en ve­le­ro. Nos es­ca­pá­ba­mos por las no­ches pa­ra ir de fies­ta y nos me­tía­mos en la ca­ma un se­gun­do an­tes de le­van­tar­nos… Es im­po­si­ble ol­vi­dar esa épo­ca tan lo­ca de mi vi­da.

¿Con quién te sien­tes más có­mo­do? ¿En­tre prín­ci­pes o en­tre la­ca­yos?

Al fi­nal to­do se re­du­ce al fac­tor hu­mano. Pa­ra ser mi ami­go, pre­fie­ro que seas un ti­po crea­ti­vo, es­pe­cial, ge­ne­ro­so… que un prín­ci­pe ri­dícu­lo. Yo me lle­vo bien con to­do el mun­do y pre­fie­ro es­tar con gen­te que me lle­na. Lo que pi­do es que sea una per­so­na de pa­la­bra. La fi­de­li­dad es bá­si­ca. Por eso yo nun­ca ven­do a mis ami­gos.

¿Qué te da mie­do hoy por hoy?

Las ven­ta­nas. Yo era sal­ta­dor ba­se y siem­pre he sal­ta­do des­de ellas, pe­ro aho­ra, cuan­do me acer­co a una, co­mo vi­sual­men­te sé lo que es ti­rar­se por la ven­ta­na, me da pá­ni­co. Y cuan­do es­toy con mi hi­jo, si es­toy cer­ca de una ven­ta­na, aún me asus­tan más.

¿Qué sue­ño te que­da por cum­plir?

Abrir mi pri­mer tú­nel de vien­to, que es­ta­rá en Za­ra­go­za den­tro de unos me­ses pa­ra que to­do el mun­do pue­da sen­tir lo que yo sien­to cuan­do me ti­ro en pa­ra­caí­das. Va a ser es­pec­ta­cu­lar.

¿Un per­so­na­je de fic­ción?

Pe­ter Pan, bueno, pe­ro ya lo soy.

Siem­pre pen­san­do en el ai­re…

De pe­que­ño que­ría ser pi­lo­to de avión. A mí no me dio por el fú­bol por­que mi pa­dre nun­ca fue fut­bo­le­ro y siem­pre me de­cía: “Si te gus­ta el fut­bol se­rás un cor­nu­do”. Ese era su con­se­jo en plan pa­terno, así que nun­ca he si­do muy se­gui­dor. De to­do lo que ha­go no me que­do con na­da: to­do me apor­ta y me ali­men­ta. Eso sí, ten­go muy cla­ro que si el día de ma­ña­na no tu­vie­ra na­da, siem­pre hay un cen­tro de pa­ra­cai­dis­mo que ne­ce­si­ta que al­guien do­ble los pa­ra­caí­das. En el peor de los ca­sos, bus­cad­me ahí. Y cuan­do sa­bes que lo peor de tu vi­da pue­de ser eso, lo me­jor es in­fi­ni­to.

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Al­do Co­mas es un asi­duo a pho­to­calls, fies­tas y al­fom­bras ro­jas, mu­chas ve­ces jun­to a su mu­jer, Ma­ca­re­na Gó­mez. Su es­ti­lo se de­fi­ne en cua­tros claves: tra­jes atre­vi­dos, gafas de sol de co­lo­res lla­ma­ti­vos,slip­pers y de­ta­lles vin­ta­ge de mu­jer.

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