El tra­ba­jo de ha­cer lo que le gus­ta

SOY PÉ­SI­MO VEN­DIEN­DO AQUE­LLO QUE NO ME AGRA­DA

Arte por Excelencias - - ARGENTINA - Por JO­SÉ CAR­LOS DE SAN­TIA­GO

El ar­gen­tino Ig­na­cio Gu­tié­rrez Zal­dí­var es un me­ce­nas en to­da la ex­ten­sión de la pa­la­bra. Su preo­cu­pa­ción por el ar­te es ge­né­ti­ca y a la vez mo­ti­vo de vi­da. Era muy pe­que­ño, so­lo cua­tro años, cuan­do sus pa­dres le ob­se­quian su pri­mer cua­dro, y a los 13, con aho­rros pro­pios, com­pra su pri­me­ra obra, una pie­za de su com­pa­trio­ta Eu­ge­nio Da­ne­ri.

Qui­zás en aquel en­ton­ces no ima­gi­na­ba cuán­to ha­ría por el ar­te de su país y vi­ce­ver­sa. Hoy Ig­na­cio Gu­tié­rrez Zal­dí­var es una figura de pri­me­ra lí­nea den­tro del ar­te ar­gen­tino, pe­ro tam­bién con re­co­no­ci­mien­to más allá de sus fron­te­ras. Abo­ga­do, es­cri­tor, in­ves­ti­ga­dor con­sa­gra­do, co­lec­cio­nis­ta, co­mer­cian­te de ar­te, en fin, aman­te de to­do lo su­bli­me que pue­de crear el hom­bre, son al­gu­nas de las ma­ne­ras en que se pue­de de­fi­nir al ro­sa­rino, pe­ro se­ría in­jus­to dejarlo ahí, por­que siem­pre ha ido más allá, y pa­ra pro­bar­lo es­tán sus cons­tan­tes es­fuer­zos pa­ra desa­rro­llar y vi­si­bi­li­zar el tra­ba­jo de los crea­do­res ar­gen­ti­nos.

So­bre lo que re­pre­sen­ta pa­ra él el mun­do del ar­te y otras fa­ce­tas de su vi­da con­ver­só con

Ex­ce­len­cias, diá­lo­go en el que se des­cu­bre a un hom­bre in­con­for­me con lo he­cho, un «mal­de­ci­do» a bus­car per­pe­tua­men­te nue­vos lo­gros.

¿CÓ­MO Y CUÁN­DO EN­TRA AL MUN­DO DEL AR­TE?

En el mun­do del ar­te se en­tra por he­ren­cia, por tra­di­ción fa­mi­liar. En el ca­so mío, to­dos éra­mos pro­fe­sio­na­les li­be­ra­les. Mis pa­dres me lle­va­ban a ver ex­po­si­cio­nes de ar­te des­de que era muy pe­que­ño.

Ejer­cer el co­mer­cio en mi fa­mi­lia era ma­la pa­la­bra, era co­mo ser usu­re­ro o pres­ta­mis­ta. Ha­bía que te­ner una pro­fe­sión li­be­ral, pe­ro el ar­te era al­go que a to­dos nos gus­ta­ba. Yo con­ser­vo re­cuer­dos de cuan­do te­nía cin­co años. Mi pri­mer cua­dro lo com­pré cuan­do te­nía 13 años en el equi­va­len­te a tres­cien­tos eu­ros, pro­duc­to de re­ga­los de cum­plea­ños, de vuel­tos nun­ca de­vuel­tos y de pe­di­das de prés­ta­mos.

No éra­mos una fa­mi­lia de di­ne­ro, pe­ro siem­pre ha­bía cua­tro­cien­tos eu­ros pa­ra com­prar un cua­dro. Al­gu­nos los ha­bían ad­qui­ri­do mis pa­dres. Re­cuer­do que en el comedor de mi ca­sa ha­bía cua­tro cua­dros. Uno era un Mon­grell, otro un No­nell, el otro era un Lu­cas Pa­ra­di­llo y otro de Fer­nan­do Fa­der, un pin­tor ar­gen­tino. Mi ma­dre, que era la em­ba­ja­do­ra uru­gua­ya en Argentina, ca­da dos se­ma­nas los cam­bia­ba de lu­gar —siem­pre nos sen­tá­ba­mos en el mis­mo si­tio—, pa­ra que tu­vié­ra­mos el cua­dro di­fe­ren­te ca­da dos se­ma­nas. Qui­zás hu­bie­ra si­do más fá­cil cam­biar­nos de asien­to, pe­ro pa­pá siem­pre es­ta­ba en una ca­be­ce­ra y ma­má en la otra.

Ahí tie­nes un mo­ti­vo. En la ca­sa de mis pa­dres un día con­té y ha­bía cien­to ocho obras, nin­gu­na muy va­lio­sa. Tras la muer­te de mi ma­dre y con pro­ble­mas eco­nó­mi­cos tu­vi­mos que vender al­gu­nas pa­ra pa­gar el día a día. Lo que es el destino: al­gu­nas han vuel­to a mí trein­ta o cua­ren­ta años des­pués, es in­creí­ble. Ten­go una fra­se que siem­pre di­go: «Dios di­ri­ge el trá­fi­co». Dios ha­ce esas co­sas, no las ha­ce­mos no­so­tros.

HAN PA­SA­DO UNOS CUAN­TOS AÑOS. HOY ES CON­SI­DE­RA­DO UNO DE LOS MA­YO­RES CO­LEC­CIO­NIS­TAS DE AR­TE DE ARGENTINA.

No es que sea co­lec­cio­nis­ta, mi co­lec­ción no de­ben ser más de seis­cien­tas obras. Co­lec­ción es lo que uno tie­ne pri­va­do en sus casas, hay en España qui­nien­tas co­lec­cio­nes más im­por­tan­tes que las mías. Lo que ocu­rre es que co­mo soy un com­pra­dor com­pul­si­vo, ten­go una gran can­ti­dad de obras. En nues­tras ga­le­rías hay más de seis mil obras en ofer­ta, co­sa que no es nor­mal en cual­quier lu­gar del mun­do que ten­ga un acer­vo, un pa­tri­mo­nio, una co­lec­ción así, pe­ro sin­ce­ra­men­te mi de­di­ca­ción al co­mer­cio del ar­te es pa­ra co­lec­cio­nar, es­ta ha si­do la me­jor ma­ne­ra de ha­cer­lo.

PE­RO NO SE CON­SI­DE­RA UN GA­LE­RIS­TA. ¿POR QUÉ?

Ga­le­ris­ta es un se­ñor, tan­to en Madrid co­mo en Sevilla o don­de sea, que le co­bra a los ar­tis­tas el ca­tá­lo­go, el es­pu­man­te o la ca­va que da, el mo­zo, la es­tam­pi­lla, el so­bre y has­ta el ai­re que res­pi­ras. Es co­mo un in­ter­me­dia­rio que nun­ca arries­ga, eso es en to­do el mun­do. Sin em­bar­go, el mer­ca­der de cua­dros o de obras de ar­te es un se­ñor que arries­ga, que com­pra y ven­de, por eso a mí me gus­ta más la

pa­la­bra «mer­ca­der».

Re­cuer­do que, ha­ce mu­chos años, un co­no­ci­do fue in­cor­po­ra­do a la Aca­de­mia de Be­llas Ar­tes de San Fer­nan­do y me en­vió un bo­rra­dor de lo que iba a ha­cer en su asun­ción, y era la apo­lo­gía del mer­ca­der. Yo ten­go una gran can­ti­dad de obras de los vein­te ar­tis­tas más fa­mo­sos de Argentina, qui­zás por­que los hi­ci­mos no­so­tros fa­mo­sos, esos eran co­mo los gran­des ar­tis­tas fallecidos, por así lla­mar­lo.

Lue­go es­tán los con­tem­po­rá­neos, de esos re­pre­sen­ta­mos a vein­te. To­dos es­tán con un sis­te­ma de be­cas, ellos re­ti­ran to­dos los me­ses un di­ne­ro ya preacor­da­do que ge­ne­ral­men­te es más de lo que ellos pien­san que ne­ce­si­tan. En­ton­ces no de­pen­den de los vai­ve­nes eco­nó­mi­cos del mer­ca­do, ni de­pen­den de las cri­sis que han te­ni­do lu­gar en es­tos cua­ren­ta años en Argentina.

En enero lo que se ha­ce es un ba­lan­ce. Nun­ca te de­ben di­ne­ro, siem­pre te que­das con un cré­di­to en cuen­ta co­rrien­te, si es que no han an­da­do bien las ven­tas, y si no tie­nen un bo­nus. El me­jor rea­lis­ta que hay en Amé­ri­ca se lla­ma Juan Lazcano, es un ar­tis­ta del cual he­mos ven­di­do mil obras en trein­ta años. Vi­ve per­fec­ta­men­te en una ca­sa es­plén­di­da fren­te al la­go, so­lo el uno por cien­to de los ar­tis­tas con suer­te vi­ve bien.

¿QUÉ RI­GE SU INTERÉS POR LAS OBRAS QUE CO­MER­CIA­LI­ZA?

Yo eli­jo a los ar­tis­tas por­que me gus­tan. Pa­ra ser un buen ven­de­dor ten­go que vender lo que me gus­ta. Soy pé­si­mo ven­dien­do lo que a mí no me gus­ta. No ten­go ca­pa­ci­dad, no soy tan há­bil ni tan in­te­li­gen­te pa­ra po­der vender al­go que no me gus­ta.

To­do lo que es crea­ción es un te­ma de ellos. No su­gie­ro el te­ma ni el ta­ma­ño: no su­gie­ro ab­so­lu­ta­men­te na­da. Tú me di­rás: «Ca­paz que ha­yan te­ni­do dos años ma­los y la ex­po­si­ción que vas a ha­cer es ma­la». Sim­ple­men­te no ha­go la ex­po­si­ción, so­lo él y yo nos en­te­ra­mos de que no ten­go fe en lo que ha he­cho. Si no me gus­ta a mí no se lo voy a po­der vender bien.

ES DUE­ÑO DE VA­RIAS GA­LE­RÍAS, TO­DAS MAR­CA­DAS CO­MO ZURBARÁN.

Ten­go sie­te ga­le­rías por to­do el país, in­clu­yen­do un ho­tel que po­seo en Ba­ri­lo­che con unas qui­nien­tas obras de ar­te. Ca­da ha­bi­ta­ción es un pin­tor, tú lo eli­ges, los gran­des pin­to­res hoy de España: una se­ría la ha­bi­ta­ción de Si­ci­lia, otra la de So­ro­lla, es muy ecléc­ti­co. Mi gus­to es muy ecléc­ti­co.

Los in­tere­ses de Ig­na­cio Gu­tie­rrez Zal­dí­var van más allá de las fron­te­ras del ar­te. Cuan­do mu­chos pen­sa­ron que el mun­do de las ga­le­rías se­ría su­fi­cien­te pa­ra apla­car sus ener­gías, se me­tió de lleno en la gas­tro­no­mía, au­da­cia que arro­jó, en­tre otros lo­gros, la crea­ción de la Aca­de­mia Argentina de Gas­tro­no­mía.

¿CÓ­MO NA­CE LA IDEA DE UN PROYECTO CO­MO ES­TE?

Fue ha­ce vein­ti­dós años. Reuní a un gru­po de ami­gos. Ellos te­nían res­tau­ran­tes o bo­de­gas. La gen­te vin­cu­la­da con la gas­tro­no­mía no co­no­cían có­mo di­fun­dir y pro­mo­cio­nar lo su­yo. Me da­ba pena, por­que, cu­rio­sa­men­te, los que me­nos pla­ta ga­na­ban eran los que me­jo­res co­sas ha­cían, era in­ver­sa­men­te pro­por­cio­nal.

Aque­llos bo­de­go­nes a don­de iban tres­cien­tas per­so­nas por día ga­na­ban for­tu­nas. Los bue­nos res­tau­ran­tes no ga­na­ban di­ne­ro, las bo­de­gas lo mis­mo, ha­cían unos vi­nos pé­si­mos ha­ce trein­ta o cua­ren­ta años. Des­de ha­ce vein­te años ha cam­bia­do la vi­ni­cul­tu­ra argentina, hoy se ha­cen vi­nos de una ca­li­dad

ex­tra­or­di­na­ria. Po­si­ble­men­te lue­go de los fran­ce­ses, los es­pa­ño­les e ita­lia­nos, los vi­nos ar­gen­ti­nos es­tán cuar­tos en el ran­king, esa es mi mo­des­ta opi­nión.

Hay un fu­tu­ro muy gran­de pa­ra la gas­tro­no­mía en Argentina, por­que es un país muy ex­ten­so, con to­dos los cli­mas, fa­ci­li­da­des y ri­que­zas na­tu­ra­les. El tu­ris­mo no es so­lo los lu­ga­res de la na­tu­ra­le­za, sino tam­bién la gas­tro­no­mía, el de­por­te… Argentina es si­nó­ni­mo de tan­go, reúne mu­chas con­di­cio­nes pa­ra que, pe­se a que es­ta­mos en el fin del mun­do, cual­quie­ra que ten­ga que ve­nir, en­tre pi­tos y flau­tas, des­de que sa­le de su ca­sa has­ta que lle­ga al ho­tel en Bue­nos Ai­res tar­de die­ci­sie­te ho­ras. Es un largo via­je, con la in­co­mo­di­dad de las re­vi­sio­nes y me­di­das de se­gu­ri­dad.

Na­ció co­mo un gru­po de ami­gos a los que nos gus­ta­ba co­mer y be­ber bien y que te­nía­mos la po­si­bi­li­dad de ayu­dar a to­dos los que es­tu­vie­ran en la ac­ti­vi­dad.

LA ACA­DE­MIA HA CON­TRI­BUI­DO SO­BRE­MA­NE­RA A QUE BUE­NOS AI­RES SEA UNA DE LAS CA­PI­TA­LES GAS­TRO­NÓ­MI­CAS DE IBE­ROA­MÉ­RI­CA. ¿CUÁL HA SI­DO EL APOR­TE DE LA INS­TI­TU­CIÓN?

Pa­ra no­so­tros es una ale­gría in­men­sa. Bue­nos Ai­res, Li­ma, Mé­xi­co y São Pau­lo son las ca­pi­ta­les gas­tro­nó­mi­cas, por ca­li­dad, tra­di­ción, ex­pe­rien­cia. Tú vie­nes a Bue­nos Ai­res y lo úni­co que sue­ñas es ir a co­mer carne, es­cu­char tan­go, ver un par­ti­do de fútbol, ir a las ca­rre­ras de ca­ba­llos. Jus­to en­fren­te se es­tá ju­gan­do el cam­peo­na­to de po­lo más im­por­tan­te del mun­do, con los me­jo­res jugadores, es co­mo un Wim­ble­don que ocu­rre una vez al año, una ac­ti­vi­dad com­ple­men­ta­ria.

La gas­tro­no­mía no es so­lo el ser­vi­cio, la co­mi­da, la pues­ta en es­ce­na. Es to­do lo que te ro­dea, es la co­mo­di­dad. Tú te has ve­ni­do acá a un hi­pó­dro­mo ma­ra­vi­llo­so y has tar­da­do diez mi­nu­tos en tu au­to, eso es un pri­vi­le­gio que no tie­nes en nin­gún lu­gar del mun­do. Siem­pre di­go que vi­vir en Bue­nos Ai­res es un pri­vi­le­gio ex­tra­or­di­na­rio. Yo vi­vo a cin­cuen­ta me­tros de mi des­pa­cho: si ten­go que ir al cam­po es­tá a una ho­ra y me­dia, si ten­go que ir a un ho­tel en la Pa­ta­go­nia son dos ho­ras de vue­lo, to­do es de­ma­sia­do cer­ca, de­ma­sia­do có­mo­do.

Nos gus­ta tan­to la gas­tro­no­mía, que me to­mo un au­to, me voy con tres ami­gos a al­mor­zar a una ho­ra y me­dia de Bue­nos Ai­res, siem­pre un vier­nes, y lle­va­mos un cho­fer por la ca­li­dad etí­li­ca con la que vol­ve­mos. No nos em­bo­rra­cha­mos, pe­ro su­pe­ra­mos el ni­vel de to­le­ran­cia. Lo mis­mo si voy a Madrid: me voy a co­mer con Jo­sé Ma­ría San Se­bas­tián y lue­go, apro­ve­chan­do el ca­mino, me voy a ca­tar al­gu­nos vi­nos a Bur­deos, ese es uno de los via­jes pre­fe­ri­dos que ha­ce­mos.

US­TED PRE­SI­DIÓ LA ACA­DE­MIA POR VA­RIOS AÑOS. ¿QUÉ RE­CO­MEN­DA­CIO­NES DA­RÍA A LOS PRE­SI­DEN­TES DE LAS NUE­VAS ACA­DE­MIAS EN OTROS PAÍ­SES?

Pri­me­ro hay que con­vo­car a las cin­co per­so­nas más fa­mo­sas del país, si es que es gen­te a la que le gus­ta la co­mi­da. En Es­ta­dos Uni­dos tie­nes a Do­nal Trump, que pue­de ser el más fa­mo­so, pe­ro no es un buen ejem­plo pa­ra una aca­de­mia gas­tro­nó­mi­ca, por­que pre­fie­re co­mer ham­bur­gue­sa y pa­ta­tas fri­tas.

Me ha pa­sa­do allá con clien­tes míos, uno de ellos due­ños de Co­ca Co­la. Se ha­cía un al­muer­zo en mi ho­nor e in­vi­ta­ban a la gen­te más im­por­tan­te. Cuan­do íba­mos a co­mer, era man­te­ca de ma­ní, era una co­sa es­pan­to­sa, to­do de­pen­de de las cos­tum­bres.

Hay que con­vo­car a la gen­te top. Hay un li­bro —creo que el es­cri­tor se lla­ma­ba Poli— de có­mo ha­cer el am­bien­te re­fe­ri­do al mun­do del ar­te, pe­ro sir­ve tam­bién pa­ra el mun­do gas­tro­nó­mi­co: in­vi­tar a la gen­te más co­no­ci­da, más fa­mo­sa y res­pe­ta­ble, y des­pués, sin nin­gu­na du­da, a los ami­gos que les gus­te co­mer bien. Siem­pre di­go que lo me­jor que tie­ne la Aca­de­mia es que so­mos un gru­po de ami­gos y na­die osa­ría des­en­to­nar, aque­llos que no les gus­te el am­bien­te o ha­yan te­ni­do al­gún con­flic­to de ne­go­cios con­ti­go no vie­nen.

Con Ig­na­cio Gu­tié­rrez Zal­dí­var se po­dría con­ver­sar por ho­ras so­bre mu­chos asun­tos. Su cul­tu­ra ase­gu­ra un in­tere­san­te in­ter­cam­bio de co­no­ci­mien­tos y opi­nio­nes. De él Ex­ce­len­cias se des­pi­de con un «has­ta pron­to» más que con un «adiós», guar­dan­do la es­pe­ran­za de vol­ver a dia­lo­gar con un hom­bre que ha lle­va­do lo me­jor que na­ce en su país a to­do el mun­do pa­ra com­par­tir­lo.

THE JOB OF DOING WHAT YOU LI­KE

Ar­gen­ti­ne Ig­na­cio Gu­tié­rrez Zal­dí­var is a pa­tron in every sen­se of the word. His con­cern for art is ge­ne­tic and, at the same ti­me, his pri­me mo­ti­va­tion in li­fe. He was very young, only four years old, when his pa­rents ga­ve him his first pain­ting. And, at 13 and with his own sa­vings, he bought his first work: a pie­ce of his com­pa­triot Eu­ge­nio Da­ne­ri.

Per­haps at that ti­me, I could not ima­gi­ne how much he would do for the art of his country and vice ver­sa. To­day, Ig­na­cio Gu­tié­rrez Zal­dí­var is a lea­ding fi­gu­re in Ar­gen­ti­ne art, but al­so with re­cog­ni­tion over­seas. A law­yer, a wri­ter, a con­se­cra­ted re­sear­cher, a co­llec­tor, an art dea­ler. In short, a lo­ver of everyt­hing su­bli­me that man can crea­te. Tho­se are so­me of the ways in which this man from Ro­sa­rio can be de­fi­ned. But it would be un­fair to just lea­ve it the­re, be­cau­se it has al­ways go­ne be­yond. And to pro­ve it, the­re are his cons­tant ef­forts to de­ve­lop and ma­ke vi­si­ble the work of Ar­gen­ti­ne crea­tors.

On what the world of art and ot­her fa­cets of his li­fe re­pre­sents for him, he spo­ke with Ex­ce­len­cias: a dia­lo­gue in which we dis­co­ver a man dis­sa­tis­fied with what he has do­ne, a "cur­sed man" to per­pe­tually seek new achie­ve­ments.

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