La me­jor Seat es­tá por ve­nir

En­tro en “la Seat”, co­mo di­ce él, en 1970... y has­ta hoy. Po­cos pue­den pre­su­mir de ha­ber vi­vi­do con la in­ten­si­dad con la que lo ha he­cho Ra­món Pa­re­des el ayer, el hoy y el ma­ña­na de una mar­ca au­to­mo­vi­lís­ti­ca pa­tri­mo­nio de to­dos.

Autopista - - HABLAMOSCON - JUAN CAR­LOS PA­YO | jc­pa­yo@mpib.es FO­TOS: M. HEL­SING Y SEAT

P Y to­do empezó a par­tir de un hu­mil­de apren­diz…

R Un día le di­jo una ve­ci­na a mi ma­dre “oye Ju­lia, mi ma­ri­do tra­ba­ja en la Seat y aho­ra ad­mi­ten so­li­ci­tu­des de los hi­jos de los tra­ba­ja­do­res pa­ra en­trar en la es­cue­la, y mi hi­jo la va a echar”. Mi ma­dre pre­gun­tó si yo po­dría ha­cer lo mis­mo, le di­je­ron que era so­lo pa­ra hi­jos de los tra­ba­ja­do­res, pe­ro ella decidió, pe­se a to­do, pre­sen­tar los pa­pe­les. Mi ma­dre echó la so­li­ci­tud y me co­gie­ron aun­que ha­bía que ha­cer unas prue­bas de ha­bi­li­dad. Yo ha­cía fi­gu­ras de ma­de­ra o ye­so y en las prue­bas de ha­bi­li­dad sa­lí de los me­jo­res. Mi ma­dre me ex­pli­có que podía ser tor­ne­ro, fre­sa­dor, me­cá­ni­co… y que te­nía que ele­gir pe­ro que pi­die­se de­li­nean­te, que ésos iban con la ba­ta blan­ca y tra­ba­jan me­nos. Pe­ro yo era há­bil con la lla­ve in­gle­sa y me se­lec­cio­na­ron pa­ra ajus­ta­dor.

P ¿Có­mo fue­ron los co­mien­zos?

R En la es­cue­la de apren­di­ces ya ha­cía­mos for­ma­ción dual con tres días de taller y dos de teo­ría. Y cuan­do ha­blan los ale­ma­nes de for­ma­ción dual yo des­ta­co que “la Seat” lo vie­ne ha­cien­do des­de el año 57. El pri­mer día que lle­gué me die­ron el mono azul con una lí­nea que sig­ni­fi­ca­ba pri­mer cur­so, co­mo unos ga­lo­nes, y las he­rra­mien­tas y me to­có li­mar una pie­za a mano du­ran­te tres se­ma­nas, ocho ho­ras al día, has­ta de­jar­la en cin­co mi­lí­me­tros. Lle­gué a ca­sa con unas am- po­llas enor­mes y le di­je a mi ma­dre que aque­llo no era pa­ra mí, que yo que­ría ha­cer ba­chi­lle­ra­to… Mi ma­dre me pi­dió pa­cien­cia por­que el ba­chi­lle­ra­to no em­pe­za­ba has­ta fi­na­les de sep­tiem­bre. Y se­guí… Lue­go me rom­pí el bra­zo y el día que me to­ca­ba taller, co­mo ha­bía dos gru­pos –taller y teo­ría- pues yo re­pe­tía teo­ría con lo que al ca­bo de un mes ya no era so­lo li­mar, era ta­la­drar, tra­zar, con lo cual iba más re­tra­sa­do que los otros pe­ro ya vi que tam­bién se tra­ba­ja­ba en ajus­tar pie­zas, que era más bo­ni­to. Tam­bién en­ton­ces, una pro­fe­so­ra le re­co­men­dó a mi ma­dre que, vis­tas mis ac­ti­tu­des, o es­tu­dia­se una ca­rre­ra o hi­cie­se idio­mas, pre­fe­ri­ble­men­te el in­glés que era me­jor pa­ra el fu­tu­ro. Así, yo es­tu­dia­ba por la ma­ña­na en la es­cue­la y por la tar­de en la es­cue­la de idio­mas cuan­do na­die lo ha­cía… Cuan­do lle­gué a la fá­bri­ca, a man­te­ni­mien­to, cuan­do com­pra­ban una má­qui­na a Sui­za o Es­ta­dos Uni­dos bus­ca­ban un ope­ra­rio que su­pie­se in­glés y ése era siem­pre Pa­re­des. Y así yo es­ta­ba siem­pre jun­to a las má­qui­nas más mo­der­nas.

P ¿Y des­pués...?

R Con mi in­glés fui su­bien­do to­das las ca­te­go­rías has­ta ofi­cial de pri­me­ra. Pe­ro en "la Seat" in­ten­ta­ron ha­cer una nue­va ge­ne­ra­ción de man­dos in­ter­me­dios que vi­nie­sen bien for­ma­dos y co­gie­ron gente de la es­cue­la. Yo de­ja­ba de ser profesional de ofi­cio pa­ra pa­sar a ser man­do intermedio y fui de los pri­me­ros man­dos in­ter­me­dios en la na­ve de es­tam­pa­ción y pren­sas que tu­vi­mos un programa de for­ma­ción con mé­to­dos y tiem­pos, re­cur­sos hu­ma­nos, lo­gís­ti­ca, y yo me que­dé en­car­ga­do de pren­sas pe­que­ñas. Allí ha­bía dos ta­lle­res, el taller de pren­sas gran­des y el de pren­sas pe­que­ñas. A los de pren­sa pe­que­ña nos lla­ma­ban los pa­les­ti­nos por­que los ma­tri­ce­ros de lu­jo eran los que ha­cían los la­te­ra­les, las puer­tas, y no­so­tros ha­cía­mos los re­fuer­zos. Y mi­ra por dón­de lle­gó a je­fe de los ma­tri­ce­ros un pa­les­tino.

P Y lle­ga­mos a la épo­ca VW…

R Tu­ve un je­fe que tra­je­ron de Ford Al­mus­sa­fes, Car­los Rud. Yo es­ta­ba em­pe­zan­do a es­tu­diar in­ge­nie­ría y Vi­cen­te Agui­le­ra que­ría ha­cer los pro­to­ti­pos den­tro de Seat. En­ton­ces bus­ca­ron pro­fe­sio­na­les y pen­sa­ron en ese tío ma­tri­ce­ro, que sa­bía de re­si­na, de mol­des, ofre­cién­do­me ir al Cen­tro Téc­ni­co. Y lle­gó Car­los Rud di­cién­do­me que qué era eso de ir al cen­tro téc­ni­co, que yo era sub­cam­peón de Ca­ta­lu­ña de ma­tri­ce­ros, y que te­nía que es­tar en pro­duc­ción. A mí me ha­cía ilu­sión el Cen­tro Téc­ni­co a lo que Rud me di­jo que fué­se­mos a ver a Agui­le­ra, quien le ex­pli­có que yo era un cha­val bueno que des­pun­ta­ba, a lo que Car­los Rud le di­jo que “el di­se­ño es al­go se­cun­da­rio; es­te tío, a pro­du­cir pie­zas”. Me dio un día de pla­zo pa­ra to­mar la de­ci-

En "la Seat" pue­de dar­se el sueño ame­ri­cano de en­trar por aba­jo y sa­lir por arriba

sión y ce­rró aque­lla con­ver­sa­ción con un “si vie­nes con­mi­go te voy a ha­cer un hombre”. Al día si­guien­te ba­jé a de­cir­le que me que­ría ir al Cen­tro Téc­ni­co, y lle­go el tío lis­to y no me de­jó ni ha­blar. Yo le que­ría de­cir que me iba al otro si­tio y él co­mo si na­da, que ha­bía to­ma­do la de­ci­sión co­rrec­ta... Y sin dar­me tiem­po ni a abrir la bo­ca dio or­den a su se­cre­ta­ria: “Lo­li, pre­pa­ra unos pa­pe­les que lo va­mos a man­dar a Ale­ma­nia”.

P ¿Qué tal la ex­pe­rien­cia ale­ma­na?

R Pri­me­ro es­tu­ve un mes ha­cien­do un in­ten­si­vo de ale­mán ocho ho­ras al día; lue­go me man­da­ron a la plan­ta de Nü­rem­berg, que VW ha­bía com­pra­do en el 86. Allí me hi­cie­ron un plan y es­tu­ve tam­bién en Wolfs­burg, en Kas­sel, en Han­no­ver y en In­gols­tad. En el pri­mer Pas­sat fa­mi­liar el te­cho se hi­zo en Amé­ri­ca con unas ma­tri­ces y una téc­ni­ca di­fe­ren­tes, y no eran ca­pa­ces de ha­cer co­ches por­que les sa­lía un bollo. Y yo les de­cía “es­to es­tá mal he­cho, te­néis que ti­rar es­ta ma­triz, te­néis que ha­cer una nue­va”. Y hu­bo un je­fe de ca­li­dad que se dio cuenta de que aquel cha­val te­nía ra­zón.

P Y des­pués vuel­ta a Seat…

R Vol­ví cuan­do se to­mó la de­ci­sión de ha­cer la fá­bri­ca de Mar­to­rell y me me­tie­ron en un equi­po pa­ra de­ci­dir có­mo se­ría la plan­ta. Su­pues­ta­men­te yo te­nía que ser una de las per­so­nas que pa­sa­ría a la fá­bri­ca nue­va por­que ha­bía es­ta­do en la pla­ni­fi­ca­ción de las pren­sas. Pe­ro se abrió la fá­bri­ca, vino la cri­sis, lle­gó Juan Llorens y ha­bía que echar a 8.000 em­plea­dos. Pu­sie­ron al frente de la fá­bri­ca a un tal Grif­fiths, pa­ra pi­lo­tar una fá­bri­ca ja­po­ne­sa con per­so­nal es­pa­ñol y tec­no­lo­gía ale­ma­na. Aque­llo era una to­rre de Ba­bel. Y cla­ro, se ol­vi­da­ron de una co­sa: contar con los sin­di­ca­tos. Fue en­ton­ces cuan­do an Llorens me lla­mo y me di­jo “oye Ra­món, no te pue­des ir a la fá­bri­ca nue­va”. “¿Por qué?”, pre­gun­té. “Por­que ¿qué ha­ce­mos con la vie­ja”, me res­pon­dió.

Allí que­da­ban 1.000 per­so­nas que no eran que­ri­das, los dis­mi­nui­dos, al­gu­nos sin­di­ca­lis­tas que ha­bían es­ta­do en la cárcel, tíos con­flic­ti­vos... In­ten­té con­ven­cer­le de que yo ha­bía si­do fiel a la mar­ca… Me dio la ra­zón pe­ro me di­jo que si de­ja­ban al man­do de Zo­na Fran­ca a un ve­te­rano, es­ta­ban con­de­na­dos a la muer­te. Se me ca­yó el mun­do al sue­lo.

P Al fi­nal no te fue tan mal…

R Llorens me di­jo “te­néis que ha­cer una uni­dad de ne­go­cio, os te­néis que bus­car la vi­da, to­do el di­ne­ro se ha in­ver­ti­do en Mar­to­rell y no te­néis que dar pro­ble­mas, ha­ced la má­xi­ma pro­duc­ción po­si­ble, y apa­ñaos co­mo sea”. De re­pen­te, me con­ver­tí, a mis 31 años en je­fe de to­do ade­más de di­rec­tor co­mer­cial. Y allí em­pe­cé a bus­car pie­zas que ha­cer; ade­más, con los re­cor­tes de las ven­ta­nas ha­cía­mos ce­ni­ce­ros; con otros desechos lle­ga­mos a ha­cer bal­do­sas pa­ra el sue­lo que ven­día­mos. Así lle­na­mos tres tur­nos y la gente in­clu­so ha­cía ho­ras ex­tras. Los tra­ba­ja­do­res ya no es­ta­ban tan des­con­ten­tos -con un con­ve­nio de 215 días lle­ga­mos a tra­ba­jar 345, sá­ba­dos y do­min­gos in­clui­dos-. No era muy le­gal, pe­ro yo es­ta­ba com­pin­cha­do con los sin­di­ca­tos y les de­cía “ne­ce­si­ta­mos pa­ra la lí­nea 21 14 tíos el sá­ba­do. Y es­to lo apun­ta­mos en una li­bre­ti­lla y ca­da uno co­bra­ba las 11.000 pe­se­tas ex­tras y el día se lo guar­dá­ba­mos, y cuan­do no ha­bía tra­ba­jo se los po­drían co­ger”. Al fi­nal to­da­vía hoy la gente tra­ba­ja sá­ba­dos y do­min­gos allí. Cuan­do me fui a Mar­to­rell me hi­cie­ron una pla­ca muy es­pe­cial, una ma­triz del la­te­ral del To­le­do, ya que se­gún di­cen, Zo­na Fran­ca no se ce­rró gracias a mí.

P ¿Có­mo arran­có Mar­to­rell?

R Tras la sa­li­da de Llorens vino An­dreas Schleef, que era el je­fe de per­so­nal de Au­di y ha­bía si­do el te­so­re­ro del Par­ti­do So­cia­lis­ta Ale­mán. Me lla­mó un día y me di­jo: “En Mar­to­rell nos ha­cen huel­ga por­que no quie­ren tra­ba­jar los fi­nes de se­ma­na y tú, que tie­nes una fá­bri­ca que es­tá he­cha una pena, con gente vie­ja, pues te vie­nen to­dos los días… y con los sin­di­ca­lis­tas más duros”. En­ton­ces me pi­dió ha­cer un proyecto se­cre­to que le lla­ma­mos Proyecto Z que fue­se el ger­men de una po­lí­ti­ca la­bo­ral pa­ra años pos­te­rio­res. Yo le ex­pli­qué que en Zo­na Fran­ca te­nía­mos la mi­tad de ín­di­ce de ab­sen­tis­mo pe­se a ser más jo­ven la plan­ti­lla de Mar­to­rell y que, ade­más, allí te­nían que en­trar por ley el 4 por cien­to de mu­je­res y no se que­ría, y en­ton­ces me las me­tían a mí y te­nía el vein­ti­tan­tos por cien­to… Pe­ro las mu­je­res, en las ta­reas de cha­pis­tas que es ha­bi­li­dad y tac­to, si las en­se­ña­bas a li­mar eran la bom­ba. Y lue­go yo te­nía gruis­tas y ca­rre­ti­lle­ros y fu­sio­né las dos ca­te­go­rías y re­du­je la mi­tad de la plan­ti­lla con las mu­je­res con­du­cien­do me­jor que los hom­bres. Schleef me pi­dió que man­tu­vié­se­mos el se­cre­to y yo le pu­se una con­di­ción en la crea­ción de ese equi­po se­cre­to de tra­ba­jo: que to­dos fue­sen es­pa­ño­les. Fui­mos a Au­toeu­ro­pa, hi­ci­mos la bol­sa

de ho­ras, qui­ta­mos un mon­tón de ar­tícu­los del con­ve­nio –ha­bía an­tes pa­ga de pun­tua­li­dad, plus de man­do…- To­do lo pa­sa­mos a do­ce pa­gas. En­ton­ces el je­fe de per­so­nal era Ro­dri­go Na­va­rro y cuan­do pre­sen­ta­mos el plan al co­mi­té le en­can­tó y so­bre to­do al fi­nan­cie­ro que di­jo que si eso lo po­nían en mar­cha en Mar­to­rell se­ría la bom­ba. Al po­co tiem­po me pi­dió el pre­si­den­te que me fue­se a mon­ta­je en Mar­to­rell por­que lan­zá­ba­mos el Ibi­za Se­rie II y era un caos. Es­tu­ve seis me­ses, de los más duros de mi vi­da.

P Y des­pués se pro­du­ce tú sa­li­da “fu­gaz” de Seat…

R En 2002, un día me lla­mó mi sue­gro di­cién­do­me que tan­to él co­mo su sue­gra es­ta­ban muy de­li­ca­dos de sa­lud -no que­ría in­for­mar to­da­vía a sus hi­jos- y que que­ría que yo me hi­cie­se car­go de los ne­go­cios fa­mi­lia­res. Yo le di­je que có­mo me iba a de­jar "la Seat", si iba ca­mino de ser vi­ce­pre­si­den­te de pro­duc­ción. Hablé con Schleef y le di­je que me te­nía que ir por pro­ble­mas de fa­mi­lia. No co­gí ex­ce­den­cia y él me dio su pa­la­bra de que cuan­do arre­gla­se las co­sas, no es­cu­cha­se ofer­tas y vol­vie­se a Seat, a mi ca­sa de siem­pre. En ca­sa in­ten­ta­ba ex­pli­car que ha­bía to­ca­do te­cho sien­do di­rec­tor pe­ro sin nun­ca po­der lle­gar al board, y que me que­ría po­ner por mi cuenta de con­sul­tor. Me fui al des­pa­cho de mi sue­gro y creé una con­sul­to­ría y me em­pe­za­ron a lla­mar pro­vee­do­res, el pri­me­ro Fa­gor, pa­ra ayu­dar­les a ven­der pren­sas, lue­go tra­ba­jé pa­ra Cie Au­to­mo­ti­ve cuan­do em­pe­za­ban con ace­ros de al­ta re­sis­ten­cia y re­cuer­do que te­nían una pie­za pa­ra un mo­de­lo de Nis­san que no la sa­bían re­sol­ver. En­ton­ces, me pi­die­ron si yo podía con­se­guir ace­ro más ba­ra­to del que ven­día MIt­tal, a lo que yo les di­je que te­nía un ami­go en Li­bia don­de ha­bía una ace­re­ría que ha­bía mon­ta­do Nip­pon Steel. Me plan­té en Li­bia sin vi­sa­do pa­ra ne­go­ciar con el hi­jo de Ga­daf­fi, el úni­co que que­da vi­vo, y com­pré ace­ro a la mi­tad de pre­cio del que lo com­pra­ba Pa­co Gar­cía Sanz. En­ton­ces murió mi sue­gra y un día me lla­mó el doc­tor Schleef pa­ra

pre­gun­tar­me por có­mo me iba. Yo le di­je que tra­ba­ja­ba me­nos que en Seat y ganaba el doble, pu­dien­do lle­var a los ni­ños al co­le­gio… Po­co des­pués Mar­tin Win­ter­korn, en un con­se­jo en Mar­to­rell, le di­jo a Schleef que me ofre­cie­se el pues­to de je­fe de Per­so­nal. Win­ter­korn qui­so ver­me. Yo le co­no­cía de cuan­do él era je­fe de ca­li­dad y me re­cor­dó el plan que yo ha­bía he­cho en Zo­na Fran­ca, y los pro­ble­mas que ha­bía con Mar­to­rell. Yo pen­sé que me ofre­cía la vi­ce­pre­si­den­cia de pro­duc­ción y él me di­jo que de Re­cur­sos Hu­ma­nos, a lo que yo le di­je que no te­nía ni idea de ese te­ma pe­ro él me res­pon­dió que a lo me­jor no sa­bía de per­so­nal pe­ro sí de per­so­nas, y sa­bía ha­blar con la gente, y en­ten­der­me… Ade­más ha­bla­ba ale­mán, in­glés, co­no­cía to­do, ha­bía lle­va­do mon­ta­je, pren­sas, cha­pa… Po­co me­nos me di­jo que “la Seat” me ne­ce­si­ta­ba. So­lo ha­bía es­ta­do on­ce me­ses fuera y vol­vía co­mo je­fe de Per­so­nal. Mi con­tra­to es­tá fir­ma­do por Win­ter­korn, Pits­chets­rie­der y Pe­ter Hartz, que hi­zo la gran re­for­ma de las cua­tro le­yes la­bo­ra­les en Ale­ma­nia y que en­ton­ces era el res­pon­sa­ble de per­so­nal del Gru­po.

P Y lo­gras­te traer el Q3…

R Con 280.000 co­ches aque­llo no te­nía via­bi­li­dad; las bol­sas de ho­ras es­ta­ban a re­ven­tar… Vi­ne a Ma­drid con Eric Sch­mitt, al Au­di Fo­rum, don­de nos en­con­tra­mos con Jo­sé Ma­ría Fi­dal­go y Cán­di­do Mén­dez. A Cán­di­do, ex­tre­me­ño co­mo yo, le de­cía que no ha­bía otra so­lu­ción; o fir­ma­ban la con­ge­la­ción o no ve­nía el Au­di Q3 y en­ton­ces me to­ca­ba des­pe­dir a 3.000 tra­ba­ja­do­res más. Y Cán­di­do me de­cía que me creía pe­ro que le abría una bre­cha que le obli­ga­ría a te­ner que con­ge­lar en to­do el sec­tor de pro­duc­ción de au­to­mó­vi­les en nues­tro país. Yo le de­cía que era una cri­sis y que sin eso, no iba ha­cia ade­lan­te el te­ma. Fi­dal­go es­ta­ba más por la la­bor, pe­ro al fi­nal UGT me di­jo que se ha­ría un re­fe­rén­dum. Sa­lió que sí con el 70 por cien­to y fir­ma­mos el acuer­do. Yo les de­cía que có­mo no se da­ban cuenta de que cuan­do los ale­ma­nes pu­sie­sen los ro­bots pa­ra el Q3, lue­go lle­ga­rían otros mo­de­los y que ha­cer la ca­li­dad de Au­di, ha­cía su­bir in­me­dia­ta­men­te la nues­tra en Seat. Sin el Q3, jus­to en la épo­ca en que Wen­de­lin Wie­de­kin que­ría com­prar VW, po­si­ble­men­te no es­ta­ría­mos aquí.

P Y lle­ga­mos al pre­sen­te…

R Cuan­do te­nía in­terio­ri­za­do ter­mi­nar mi ca­rre­ra co­mo je­fe de Per­so­nal, empezó a legislar Bru­se­las y Win­ter­korn le pi­dió a Gar­cía Sanz una ofi­ci­na pa­ra coor­di­nar las em­pre­sas del gru­po. Ya con Muir en Seat, Gar­cía Sanz me pi­dió cua­tro lí­neas maes­tras de lo que ne­ce­si­tá­ba­mos. En­ton­ces se mon­tó la ofi­ci­na de la ma­dri­le­ña ca­lle For­tuny pe­ro los ale­ma­nes no en­con­tra­ban a la per­so­na en­car­ga­da. Un día Ja­mes Muir me invitó a co­mer y me di­jo que Gar­cía es­ta­ba muy ner­vio­so al no en­con­trar ese per­fil pa­ra la ofi­ci­na y que él pen­sa­ba que la so­lu­ción es­ta­ba en Seat. Yo le di­je que se equi­vo­ca­ba, que yo me co­no­cía a los 150 al­tos di­rec­ti­vos y nin­guno da­ba el per­fil. Muir me pi­dió que fue­se al la­va­bo y que mi­ra­se en el es­pe­jo por­que ése era el ele­gi­do. Me di­jo que era so­lo pa­ra dos años. Al fi­nal lle­vo nue­ve de “lobbys­ta”.

P Lo me­jor de ca­da uno de tus pre­si­den­tes...

R An­to­ñan­zas y Llorens, dos gran­des in­ge­nie­ros muy cons­cien­tes de lo que era ser pre­si­den­te de "la Seat". Qui­zás

Per­di­mos una gran opor­tu­ni­dad de di­fe­ren­ciar­nos con el Tan­go

An­to­ñan­zas más to­da­vía por­que le to­có una épo­ca aún más du­ra aun­que la de Llorens tam­po­co fue fá­cil con el cam­bio a VW y los des­pi­dos del 92. De Smedt ha si­do uno de los gran­des pre­si­den­tes. Era mi­li­tar y eco­no­mis­ta pe­ro a la vez un hombre con mano de hie­rro pe­ro con guan­te de se­da. To­dos le qui­si­mos mu­cho. Díaz Ál­va­rez fue el hombre del cam­bio en­tre Hahn y Piëch. An­dreas Schleef, gran ex­per­to en per­so­nas, vino a arre­glar el te­ma de per­so­nal. Sch­mitt vino a so­lu­cio­nar pro­duc­ción, ca­li­dad y pro­vee­do­res. Muir fue la per­so­na pa­ra arre­glar la par­te co­mer­cial y se in­ven­tó lo de que Seat no podía vi­vir so­lo con la pier­na del Ibi­za. Stack­mann ha he­cho una la­bor ma­ra­vi­llo­sa por­que asen­tó lo que ha­bía y pe­leó por Ateca y SUV´s. Lu­ca de Meo es el pre­si­den­te en la edad ade­cua­da con gran orien­ta­ción a la di­gi­ta­li­za­ción, már­ke­ting y desa­rro­llo de la mar­ca con la ven­ta­ja de que jun­to a De Sch­medt son los úni­cos ha­blan­do cas­te­llano y lle­gan­do al co­ra­zón de la plan­ti­lla.

P ¿Cual­quier tiem­po pa­sa­do fue me­jor?

R Te­ne­mos una plan­ti­lla jo­ven, bue­na pro­duc­ti­vi­dad, ca­li­dad, los sin­di­ca­tos es­tán cal­ma­dos, la red es bue­na… pe­ro el tiem­po me­jor es el que es­tá por ve­nir. “La Seat” ha si­do una chi­ca muy gua­pa con la que to­dos que­rían bai­lar pe­ro na­die com­pro­me­ter­se, y lo veía­mos con pre­si­den­tes que se cam­bia­ban ca­da dos años y me­dio y eso no le da­ba es­ta­bi­li­dad a la com­pa­ñía. Seat lo que ne­ce­si­ta es un pre­si­den­te con vi­sión a me­dio y lar­go pla­zo, apar­te del apoyo des­de Ale­ma­nia. Aho­ra hay un ni­vel de con­fian­za con los sin­di­ca­tos en el que fui­mos pio­ne­ros y lo tras­pa­sa­mos al res­to de plan­tas en Es­pa­ña. Otra se­ña de iden­ti­dad po­si­ti­va, y es­to nos vie­ne des­de Fiat, es la es­cue­la de apren­di­ces, fa­bri­car­te tu pro­pia can­te­ra. En “la Seat” se pue­de dar el sueño ame­ri­cano de en­trar por aba­jo y sa­lir por arriba por­que tie­ne una can­te­ra que no so­lo for­ma bue­nos pro­fe­sio­na­les sino gente que se iden­ti­fi­ca con la mar­ca.

OR­GU­LLO­SO En su des­pa­cho lu­ce es­ta pla­ca/ ma­triz de un To­le­do en agra­de­ci­mien­to a sus es­fuer­zos por­que Zo­na Fran­ca siem­pre es­tu­vie­se vi­va. El pro­pio Ra­món Pa­re­des nos ha su­mi­nis­tra­do es­tas imá­ge­nes de su vi­da en Seat.

MÁS RE­CUER­DOS So­bre es­tas lí­neas, en Ja­pón apren­dien­do ca­ra a mon­tar Mar­to­rell. Jun­to a es­tas lí­neas su pri­me­ra fi­cha de apren­diz en Seat y arriba con Pas­qual Ma­ra­gall. A la de­re­cha jun­to a sus com­pa­ñe­ros del IESE en 1999 (Ra­món es el de la fle­cha ro­ja).

!QUÉ PA­SA­DO! Ra­món en su etapa in­fan­til, po­san­do de­lan­te del mu­ro de Ber­lín an­tes de su caí­da, jun­to al mi­nis­tro de In­dus­tria Jo­sep Pi­qué y en una reunión con sin­di­ca­tos. Arriba, la or­la de su pro­mo­ción en la Es­cue­la de Apren­di­ces.

DEL PA­SA­DO AL PRE­SEN­TE "Aho­ra mis­mo te­ne­mos una plan­ti­lla jo­ven, bue­na ca­li­dad, bue­na pro­duc­ti­vi­dad, los sin­di­ca­tos es­tán cal­ma­dos, la red es bue­na…".

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