EL VW UP! AR­GEN­TINO ES UN PAR DE CEN­TÍ­ME­TROS MÁS LAR­GO Y AL­TO QUE LA VER­SIÓN EU­RO­PEA

Autopista - - CON EL VW UP! EN BUENOS AIRES -

po­lo. Las mu­chas ca­sas de ca­fé, por otro la­do, re­cuer­dan más a Vie­na, y la me­lan­co­lía de los su­bur­bios a me­nu­do tie­ne ca­rac­te­rís­ti­cas de Eu­ro­pa del Es­te. "Cul­tu­ral­men­te, Bue­nos Ai­res es un cri­sol, por lo que hay un di­cho aquí", ex­pli­ca Die­go, mien­tras con­du­ce has­ta el puer­to: "Los me­xi­ca­nos des­cien­den de los az­te­cas, los pe­rua­nos de los in­cas, y los ar­gen­ti­nos de los bar­cos".

EL FÚT­BOL, EL DE­POR­TE NÚ­ME­RO 1. Los por­te­ños, lla­ma­dos así los ha­bi­tan­tes de la ciu­dad, es­tán or­gu­llo­sos de sus raí­ces co­mo in­mi­gran­tes. Y el fút­bol, el de­por­te na­cio­nal, es el nú­me­ro uno en el país. Su dios to­da­vía se lla­ma Ma­ra­do­na, y su pro­te­gi­do Mes­si. "No im­por­ta en qué par­te de la ciu-

dad te en­cuen­tres, tra­tar so­bre am­bos ído­los pron­to aca­ba­rá en una dis­cu­sión". No es de ex­tra­ñar. Bue­nos Ai­res dis­po­ne de has­ta sie­te clu­bes de pri­me­ra ca­te­go­ría: hay mu­chas opi­nio­nes de “ex­per­tos” en cual­quier ter­tu­lia en la ca­lle.

Al lle­gar a Puer­to Ma­de­ro, en la zo­na cua­tro, no hay ya ras­tro de aque­llos mue­lles su­cios cuan­do se en­con­tra­ban en plena ac­ti­vi­dad. Las na­ves se han con­ver­ti­do en cos­to­sos lofts, y en la se­gun­da fi­la se en­cuen­tra el lu­jo­so ho­tel Fae­na, al que ha da­do for­ma el di­se­ña­dor Phi­lip­pe Starck. A pe­sar de to­do lo que tie­ne de ar­ti­fi­cial la zo­na, man­tie­ne una de­li­ca­de­za rús­ti­ca y un cier­to en­can­to tra­di­cio­nal: Cho­ri­pán es un pa­rien­te le­jano del hot dog y se ven­de aquí en pe­que­ños pues­tos en la ca­lle. Die­go se­ña­la el re­loj: "Va­mos, aho­ra a Fran­cia". Se re­fie­re al dis­tri­to del Re­ti­ro, cu­yos edi­fi­cios pue­den de­cir­se que mues­tran una no­ta­ble ad­mi­ra­ción por la ca­pi­tal fran­ce­sa.

Nos de­te­ne­mos fren­te a uno de los mu­chos ca­fés y en­tra­mos en el Ca­fé Chi­co –el Es­pres­so cues­ta 1,20 eu­ros-. Des­pués de ha­ber de­gus­ta­do el de­li­cio­so ca­fé, Die­go nos re­co­mien­da que va­ya­mos a to­mar un he­la­do. "Hay que pro­bar­los, los ar­gen­ti­nos son ver­da­de­ros maes­tros en es­ta es­pe­cia­li­dad, in- clu­so por en­ci­ma de los ita­lia­nos". Así que nos di­ri­gi­mos ha­cia la zo­na de Prenz­lauer Berg de Bue­nos Ai­res. Por ejem­plo, la ca­de­na Per­sic­co ofre­ce unos he­la­dos es­pec­ta­cu­la­res, así que Die­go se de­tie­ne fren­te a una de es­tas tien­das y nos pi­de uno de dul­ce de le­che. ¡De­li­cio­so!

"Pa­ra des­pe­dir­nos es me­jor de­cir ciao, nun­ca a adiós", ex­pli­ca nues­tro guía. Y mien­tras es­ta­mos en ello, si al­guien di­ce "che", sig­ni­fi­ca "ho­la" o "ami­go". "Che" es tam­bién una palabra que siem­pre en­ca­ja. Por eso Er­nes­to Gue­va­ra se lla­ma­ba "Che". Él uti­li­za­ba es­ta palabra cons­tan­te­men­te.

¿TAN­GO, JAZZ, O VA­MOS A DOR­MIR? Po­co an­tes de la me­dia­no­che atra­ve­sa­mos las ca­lles del dis­tri­to más gran­de de la ciu­dad: Pa­ler­mo. Una en­can­ta­do­ra pa­re­ja bai­la un tan­go en la ace­ra, de­lan­te de una de un bar en el que to­ca una ban­da la­ti­noa­me­ri­ca­na y cu­ya mú­si­ca se es­cu­cha con ni­ti­dez en la ca­lle. Nues­tra si­guien­te pa­ra­da es co­no­ci­da por el buen jazz de sus lo­ca­les.

Es­ta no­che no es pro­ba­ble que va­ya­mos a dor­mir algo. "Se­gu­ro que no," nos di­ce Die­go. "Pe­ro an­tes de co­ger el vue­lo po­dre­mos echar una pe­que­ña ca­be­za­da en el VW Up!".

DE TU­RIS­MO Con el VW Up! deam­bu­la­mos por el ba­rrio de Pa­ler­mo, con­du­ci­dos por nues­tro guía Die­go, aman­te de los au­to­mó­vi­les.

CO­MO PEZ EN EL AGUA Ágil co­mo un kart, el VW Up! se mue­ve con na­tu­ra­li­dad en es­ta me­tró­po­lis de 14 mi­llo­nes de ha­bi­tan­tes. El tan­go se bai­la aquí has­ta que se duer­me el trá­fi­co.

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