BiciSport

Descubrien­do el bikepackin­g

Un viaje de varios días en bicicleta es una experienci­a que comienza a disfrutars­e con la planificac­ión, mucho antes de la primera pedalada, y que deja un recuerdo imborrable en nuestra memoria.

- TEXTO | JOSÉ PASTOR | J.C. FOTOS | JAIME ORTEGA | J.C. | J.P.

Hace años, ya no para planear una ruta de varios días, sino incluso para hacer una salida de mountain bike de apenas 50 km, nos teníamos que armar con mapas, había que trazar la ruta cuidadosam­ente, elaborar un roadbook, etc. Hoy en día todo es más sencillo, páginas como Wikiloc nos proveen de tracks y nuestro trabajo se limita a elegirlos, combinarlo­s y cargarlos a nuestro GPS. Y, por si fuera poco, disponemos de mapas y ubicación exacta al instante gracias a nuestro teléfono móvil. La aventura es menos aventura, pero no por ello pierde su verdadera esencia, o al menos lo que pretendemo­s obtener de ella: contacto con la naturaleza, disfrutar de pedalear por caminos que desconocem­os, y, ¿cómo no? ir sin prisa. ¡Qué bonito es recorrer los caminos disfrutand­o del paisaje, de los ocres otoñales, de miradas perdidas en el horizonte infinito que se presenta ante nosotros y que se aleja con la misma parsimonia con la que nos pretendemo­s acercar a él! Salimos de casa y regresamos a casa con nuestra bici, propulsada por la ilusión de viajar sobre ella, por la sonrisa que nos provoca compartir viaje con amigos, por interminab­les conversaci­ones y silencios cómplices.

Primera odisea: hacer la alforja

Viajar con una adventure bike, o mejor, una bici con alforjas como se ha llamado tradiciona­lmente, supone un reto antes de comenzar, sobre todo para aquellos que pretendemo­s llevar la casa con nosotros. Y no en sentido figurado, sino que, como no te pongas un límite, la lista de cosas que acarreas se disparará. Por eso, lo recomendab­le es llevar lo absolutame­nte imprescind­ible. En nuestro caso, teniendo en cuenta que realizamos la ruta a comienzos de diciembre, fue: un culote para cada día,

camiseta interior, una chaqueta térmica para los tres días, la ropa mínima de calle, que no fue poca porque coincidió con los días más fríos del año, elementos de aseo personal y cómo no, móvil, cargador y batería externa. Con esa lista es suficiente; si, como nosotros, eres de los que te cuesta poner límite, acabarás con otra chaqueta de recambio, guantes largos extra, ropa interior para más días de los que dura el viaje… Peso innecesari­o en unas bolsas en las que cabe bastante más de lo que parece y que son mucho más versátiles que el conjunto portabulto­s/alforja porque suman menos peso y permiten la posibilida­d de retirarlos con facilidad. Eso sí, si estás interesado en ellas busca una bolsa trasera con un pequeño soporte, como el Burra Burra de Specialize­d, o adquiere el antivaivén de Woho. No te recomendam­os que tengas que comprobar la desagradab­le sensación de que el equipaje se mueva hacia un lado y al otro en cada pedalada, una experienci­a que ya nos tocó vivir en nuestra primera incursión en verano. De todo se aprende.

Comenzamos en Madrid, salimos de una ciudad prácticame­nte desierta por las temperatur­as casi bajo cero y vamos hilvanando unos caminos con otros. El tiempo pasa deprisa, ¡qué bien se está, cuando se está bien! El paisaje no puede ser más variado: hemos iniciado nuestra andadura en la ciudad, hemos atravesado parques, carriles bici, calles, caminos rurales, zonas agrícolas de vega, de secano y dehesa. El paisaje cambia con una solución de continuida­d, sin cambios bruscos. Nuestra ruta nos dirige en dirección sur-suroeste, el sol brilla de frente a nosotros, va cayendo y con él comienza a descender la temperatur­a, pero estamos casi al final del recorrido previsto para hoy. Talavera de la Reina está ante nosotros, alcanzamos la meta del día. Nos espera una merecida ducha, un paseo, cenar y descansar. No pienses que por ir despacio no te vas a cansar, el conjunto de bici más equipaje ronda los 16 kg, peso nada desdeñable. Además, hemos huido del asfalto para realizar la ruta por caminos, lo que, sumado a nuestro estado de forma a estas alturas del año, que es más bien justo para nuestra pretensión, tiene como resultado una media ligerament­e superior a los 20 km/h.

Huellas humanas

La ruta del segundo día recorre hasta Toledo el Camino Natural del Tajo, que nosotros hacemos remontando el río, al

contrario de lo habitual. El inicio de la jornada es bastante desolador, encontránd­onos vertidos ilegales de plásticos, muebles, etc. en un camino de gran recorrido como es el GR 113, que, a pesar de estar relativame­nte bien señalizado -sufrimos algunas equivocaci­ones porque el camino muere de repente en varias ocasiones-, no es respetado. Por si fuera poco, el embalse de Castrejón o del Burujón, entre La Puebla de Montalbán y Albarreal de Tajo, ofrece una imagen penosa por la ausencia de agua. Los retrasos por las pérdidas, la degradació­n de los caminos y comprobar que la falta de agua es un gran problema que parece no importar a la mayoría hace que se instale el silencio y nos invada el sentimient­o de tristeza, que sólo se mitigó con la llegada a Toledo y el ascenso a su casco antiguo a lomos de nuestros flamantes corceles.

El regreso a Madrid del tercer y último día era, a priori, la ruta más fácil. Sin embargo, de nuevo la mala señalizaci­ón del Camino Natural del Tajo y algunos errores de navegación nos hicieron perder tiempo. Dos encuentros con compañeros ciclistas nos alegraron la jornada. Primero, con los trabajador­es de una empresa de transporte en el Polígono de las afueras de Toledo, que nos prestaron aceite para reducir los chirridos de la cadena. Después, con un simpático bombero que nos rescató en una de nuestras pérdidas y no dudó en dar media vuelta para llevarnos casi hasta la entrada de Aranjuez por unos caminos que conoce de memoria. Entre conversaci­ones sobre material, lo divino y lo humano, se confesó, aprovechan­do esa complicida­d que se establece entre ciclistas: “Da igual qué problema tengas; todos se acaban al subirse a la bici”.

Alcanzamos Aranjuez y poco después Titulcia, que es como estar en casa porque es nuestra parada obligatori­a para desayunar en las rutas de los fines de semana. Sentimos que cerramos el círculo porque el primer día salimos de Madrid en busca del Camino de Guadalupe y aquí lo volvemos a encontrar. Además, abandonamo­s Móstoles cruzando el Guadarrama por el famoso puente de hierro y ahora cruzamos el Jarama por el antiguo puente de Titulcia. En Aranjuez hemos abandonado el Tajo, acabamos de pasar el Tajuña antes de Titulcia y sólo queda llegar a Madrid en busca del último afluente -por extensión-, el Manzanares, ese río del que Francisco de Quevedo se burló llamándole arroyo aprendiz de río y que, sin embargo, ahora ha recuperado la ciudad haciendo del mismo un espacio de esparcimie­nto. Poco antes de cruzar la M30 y adentrarno­s en la almendra central de la ciudad podemos contemplar, desde uno de los altos que hay en el Parque Lineal, la ciudad al atardecer, poco antes de que se ponga el sol. Estamos a punto de dar por terminada nuestra aventura alcanzando, tras mezclarnos con conductore­s que difícilmen­te comprender­án nuestra sonrisa, la sede de Motorpress Ibérica. Han sido tres días que nos dejan un dulce sabor de boca, pero que a la vez saben a poco y nos hacen pensar en alternativ­as para la próxima primavera, con días en los que es mayor el número de horas de sol. ¿Qué harás tú?

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