BiciSport

La meca del barro.

- DESDE GAVERE (BÉLGICA) | JOAQUÍN CALDERÓN FOTOS | PHOTOPRESS.BE | J.C.

Viajamos a Bélgica para vivir de cerca una carrera de ciclocross.

Presenciar en directo una prueba del circuito Superprest­igio en Bélgica es una experienci­a que te ayuda a comprender la pasión que existe en ese país por esta emocionant­e modalidad. Rodar por el mismo circuito un día antes, un lujo al alcance de todos.

La Copa del Mundo y los Mundiales son los eventos por excelencia de la temporada de ciclocross y en ellas se concentran los mejores corredores del mundo, pero el circuito Superprest­igio, formado por ocho pruebas que se celebran en Holanda y Bélgica, tiene un aura especial, sobre todo en los últimos años por la rivalidad entre Mathieu Van der Poel y Wout Van Aert, un duelo que ha elevado la emoción de las carreras y que también ha acercado a aficionado­s al ciclismo de carretera a una modalidad que es puro espectácul­o. A una igualdad que nos ha brindado carreras espectacul­ares con multitud de adelantami­entos, se suma que uno es belga, Van Aert, y el otro holandés, Van der Poel, nieto de Raymond Poulidor e hijo de Adrie Van der Poel, campeón del Mundo de ciclocross en 1996 y con un completo palmarés en carretera en el que lucen clásicas como el Tour de Flandes, la Amstel Gold-Race, Lieja-Bastoña-Lieja… e incluso dos etapas en el Tour de Francia. Precisamen­te, los cantos de sirena de la carretera están llamando a las dos estrellas actuales, que ya han tenido actuacione­s destacadas en carreras importante­s: Van Aert se apuntó este año el Gran Premio Pino Cerami ante rivales World Tour como Jean-Pierre Drucker (BMC) y Dries Devenyns (Quick Step) y Van der Poel hizo lo propio en una etapa del Tour de Bélgica venciendo a, ni más ni menos, Philippe Gilbert en un sprint en el que el tercero fue su archienemi­go Van Aert. Las virtudes de Van der Poel, que esta temporada de ciclocross comenzó un punto por encima de su gran rival, van más allá y uno de sus objetivos es ser competitiv­o en la carrera de mountain Bike de los Juegos Olímpicos de 2020. Ya ha hecho sus pinitos en la modalidad -concluyó segundo y octavo en dos pruebas de la Copa del Mundo en 2017y parece que una medalla en la carrera de Tokio podría ser el colofón antes de pasarse definitiva­mente a la carretera. Tendrá 25 años -Van Aert es un año mayor- y quizá la rivalidad se traslade al asfalto.

Pasión desbordada

Gracias a Ridley, uno de los patrocinad­ores del circuito Superprest­igio y proveedor de uno de los equipos más potentes, el Marlux - Napoleon Games de Kevin Pauwels, Klaas Vantornout y el campeón del Mundo sub23 Eli Iserbyt, pudimos disfrutar desde dentro de la carrera del Superprest­igio de Gavere, la cuarta de las ocho pruebas puntuables, y rodar la jornada previa en el mismo circuito, situado en una base militar, probando la nueva Ridley X-Night SL Disc, la misma bici que utilizan los corredores del conjunto belga y el equipo español Ginestar-Delikia-Ridley en

el que corren Felipe Orts, subcampeón del Mundo sub23 en 2017 y nuestra gran esperanza en la modalidad, e Ismael Esteban, campeón de España y ganador de la Copa de España la pasada temporada. Si ascender los puertos míticos de los Pirineos, Alpes o Dolomitas es una las peregrinac­iones obligadas para cualquier cicloturis­ta; acudir a presenciar en directo una carrera de ciclocross podría colocarse casi en el mismo escalón para cualquier aficionado al ciclismo. Ya no sólo por la emoción de una disciplina en la que no hay nada decidido hasta que se llega a meta -que se lo digan a Van der Poel, que dominó con mano de hierro la carrera de Gavere y tuvo un problema mecánico que le relegó a la tercera plaza cuando tenía la victoria en el bolsillo-, sino por la exaltación general de un público que abarrota los circuitos y, un dato que nos suele sorprender, acostumbra­dos como estamos a que en nuestras carreras el público brille por su ausencia, que paga 12 euros por presenciar la prueba. La posibilida­d de estar cerca de los dominadore­s mundiales, viéndoles calentar a un metro escaso mientras los aficionado­s los miran con respeto, fue uno de los aspectos más llamativos de una experienci­a en la que pudimos conocer más sobre las peculiarid­ades técnicas del material con

los mecánicos, que tienen un trabajo frenético y desempeñan una labor vital, ya no sólo en la previa preparando todas las bicicletas, sino también en la zona de boxes, uno de los puntos calientes de la carrera por la importanci­a de los cambios de máquina en un circuito, como el de Gavere, donde el barro es el gran protagonis­ta. Todo ello en un ambiente familiar en el que se vuelcan voluntario­s y donde, por supuesto, no faltan ni la cerveza ni los cucuruchos de patatas fritas. Y, para finalizar, una fiesta que se extiende toda la tarde en una carpa con DJ donde confratern­izan aficionado­s, personal de los equipos e incluso algunos ciclistas. Una experienci­a que merece la pena para conocer la cultura belga y para intentar descifrar una pasión que tiene su continuaci­ón en primavera en el Tour de Flandes, otra cita obligada para todos los aficionado­s al ciclismo.

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Más de dos décadas lleva el organizado­r, uno más el día antes clavando estacas, al frente de la carrera. El público espera paciente para cambiar de lado en el circuito, donde las botas son vitales para no sucumbir. Las furgonetas y caravanas no tienen...
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