Co­mo ni­ños

Córdoba - - TEMA DEL DÍA - MA­NUEL

hu­me­dad y aho­ra in­clui­das en ese diccionario cur­si de lo ru­ral. El ve­rano, con su es­cue­to ma­le­te­ro pa­ra ves­tir­te --na­da que ver con la abun­dan­cia de qui­ta­fríos del in­vierno-, es la vuel­ta a la infancia. Por eso ace­cha­mos en sus días la fe­li­ci­dad, que es lo que re­cor­da­mos de aque­llos tiem­pos de ni­ños, aun­que nos obli­ga­ran a un­tar­le sa­li­va en las ore­jas a otro de la pan­di­lla con el que nos echa­ban a pe­lear, nos pu­sie­ran siem­pre de por­te­ros que­rien­do ju­gar de de­lan­te­ros o se que­da­ran con nues­tra co­lec­ción com­ple­ta de Ro­ber­to Al­cá­zar y Pe­drín que nos re­ga­ló un via­jan­te. El ve­rano era la fe­li­ci­dad de la bi­ci­cle­ta ca­mino de la ca­sa de los ami­gos y lue­go de las huer­tas con albercas, la de Antonio el Al­cal­de, don­de ha­bía­mos apren­di­do a na­dar, y la de Pa­co el de la Inés, en la que vi­mos a las pri­me­ras mu­cha­chas en ba­ña­dor. El ve­rano es la es­ta­ción del pla­cer, al­go así co­mo la ver­dad de la vi­da, por­que apren­di­mos que en ese tiem­po ha­bía sies­tas, unos mo­men­tos de obli­ga­do si­len­cio im­pues­to por los pa­dres en el que te in­ven­ta­bas otra exis­ten­cia, ves­ti­do de in­dio con los ti­ra­bu­zo­nes de tu her­ma­na co­mo ca­be­lle­ra o cre­yén­do­te un apren­diz de al­ba­ñil con ce­men­to y pa­laus­tre pa­ra arre­glar to­dos los agu­je­ros de la pa­red del corral. El ve­rano es du­char­te sin ca­len­ta­dor, sa­lir por las terrazas de los ba­res y en­con­trar­te con aque­llos que, co­mo tú, re­co­rrie­ron es­tas ca­lles to­dos aque­llos ve­ra­nos en los que es­tá­ba­mos cons­tru­yen­do nues­tra pa­tria, que es la infancia, ese co­mien­zo de nues­tra bio­gra­fía que ya nun­ca se se­pa­ra­rá de no­so­tros por­que la vi­da siem­pre nos re­mi­ti­rá a ella.

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