Los Dou­glas

El emo­cio­nan­te mo­men­to que des­cu­bre la hon­du­ra de la re­la­ción en­tre pa­dre e hi­jo

Córdoba - - OPINIÓN - Pérez Azaús­tre * JOAQUÍN

«Lo ci­ne­ma­to­grá­fi­co del te­ma es que Kirk y Mi­chael tie­nen es­tre­lla en el mis­mo Pa­seo de la Fa­ma, que han con­ver­ti­do en una cons­te­la­ción fa­mi­liar»

En­tre el rui­do y la fu­ria des­bor­dan­te del mun­do, Kirk Dou­glas ha es­ta­do con sus 102 años acom­pa­ñan­do a su hi­jo Mi­chael al re­ci­bir su es­tre­lla en el Pa­seo de la Fa­ma de Holly­wood. Eso es un pa­dre y eso es un hi­jo. El mu­cha­cho tie­ne ya 76 años y ha­ce mu­cho tiem­po que sa­lió de las ca­lles brio­sas y cur­ti­das del San Fran­cis­co más te­le­vi­si­vo, jun­to al Karl Mal­den más cre­pus­cu­lar, pa­ra des­cu­brir­nos que no so­lo era un hi­jo, sino tam­bién un nom­bre, un cuer­po pro­pio, con su car­ga dra­má­ti­ca en los ojos. Es­cri­bo un cuer­po pro­pio por­que Kirk Dou­glas era un cuer­po y si­gue sien­do un cuer­po: Es­par­ta­co ha vuel­to de la cruz y tie­ne 102 años, se ha pues­to unas ga­fas os­cu­ras pa­ra re­sis­tir el sol --no tan des­lum­bran­te co­mo nos gus­ta ima­gi­nar­lo-- de Los Án­ge­les, en su si­lla de rue­das; pe­ro ahí, con esa fuer­za, apo­yan­do a su hi­jo mien­tras su ami­ga Ja­ne Fon­da pro­cla­ma­ba que nin­gún as­tro ac­tual de Holly­wood me­re­cía una es­tre­lla más que Mi­chael. Ahí ha es­ta­do ese hom­bre, acom­pa­ña­do de una es­po­sa, Cat­he­ri­ne Ze­ta-Jo­nes, que sa­be lle­nar su es­pa­cio con ele­gan­cia cá­li­da y se­re­na, que tam­bién ha pa­sa­do por su pro­pio do­lor y sa­be ce­le­brar el pro­ta­go­nis­mo de su es­po­so con una ale­gría pro­pia. Tam­bién su hi­jo ma­yor, Ca­me­ron, que re­pre­sen­ta a la ter­ce­ra ge­ne­ra­ción de la fa­mi­lia y man­tie­ne en el ros­tro ese ges­to ague­rri­do de los Dou­glas, esa obs­ti­na­ción del hi­jo del tra­pe­ro dis­pues­to a plei­tear su por­ve­nir a cu­chi­lla­das en las an­te­sa­las del in­fierno. Lo gua­po, lo ci­ne­ma­to­grá­fi­co del te­ma, es que pa­dre e hi­jo, Kirk y Mi­chael, tie­nen la es­tre­lla en el mis­mo Pa­seo de la Fa­ma, que se han con­ver­ti­do en una cons­te­la­ción fa­mi­liar que pue­de dia­lo­gar con­si­go mis­ma. Es her­mo­so ver al pa­dre de 102 años jun­to al hi­jo de 76, es her­mo­so ver a Mi­chael Dou­glas di­ri­gir­se a su pa­dre con es­tas pa­la­bras: «Gra­cias por tus con­se­jos, tu ins­pi­ra­ción... Lo di­ré de to­do co­ra­zón: me sien­to muy or­gu­llo­so de ser tu hi­jo». Y ha si­do de­fi­ni­ti­va­men­te una be­lle­za com­pro­bar que los hom­bres más fuer­tes del vie­jo y tam­bién del más re­cien­te Holly­wood se emo­cio­nan en­tre sí, se apo­yan en­tre sí, se ro­bus­te­cen, se aplau­den con hon­du­ra, por­que los hi­jos y los pa­dres ha­blan en oca­sio­nes un idio­ma in­vi­si­ble y mas­cu­lino que se ha aso­ma­do a los mis­mos abis­mos con tan so­lo unos años de dis­tan­cia. Eso es un pa­dre, eso es un hi­jo agra­de­cien­do a su pa­dre su pa­la­bra y su mano pro­tec­to­ra en el hom­bro: una cons­ta­ta­ción de que vi­vi­mos, lu­cha­mos y san­gra­mos nues­tra es­tre­lla por el mis­mo va­cío.

Tam­bién le ha ha­bla­do Mi­chael a su es­po­sa, Cat­he­ri­ne, que es ade­más la ma­dre de su hi­ja de 15 años Carys Ze­ta Dou­glas: «Gra­cias por tu amor, tu apo­yo y tu pa­cien­cia. Ce­le­bra­re­mos pron­to nues­tro aniversario, 18 años. Gra­cias por los me­jo­res 18 años de mi vi­da. Gra­cias». Así ha ter­mi­na­do Mi­chael, re­cor­dán­do­nos que hay que es­tar ahí, co­mo un pa­dre, en la sa­lud y en la en­fer­me­dad, en la ri­que­za y en la po­bre­za. To­dos es­tos hom­bres y mu­je­res tie­nen en sus ros­tros ara­ña­dos no so­lo los es­tra­gos de la vi­da, sino tam­bién las ro­tu­ras in­te­rio­res, por­que vi­vir se tra­ta de sal­tar sin sa­ber lo que ace­cha al fon­do de no­so­tros. Nun­ca es tar­de, nun­ca, pa­ra en­fren­tar el ges­to que, de nue­vo, pue­de de­vol­ver­nos quié­nes so­mos, y eso es al­go que es­ta fa­mi­lia de ac­to­res y de ac­tri­ces se ha ido es­cul­pien­do a ci­ca­tri­ces. Tie­ne que ha­ber si­do difícil ser el hi­jo de Kirk, que lo mis­mo sal­ta­ba del úl­ti­mo tren de Gun Hill que era Van Gogh o ama­ba ex­tra­ña­men­te a Mart­ha Ivers. Mi Kirk Dou­glas fa­vo­ri­to es el tu­bercu­loso y cre­pus­cu­lar Doc Ho­lli­day que apo­ya al Wyatt Earp que fue Burt Lan­cas­ter, has­ta to­car el fi­lo de la muer­te, en Due­lo de ti­ta­nes. Los que he­mos te­ni­do y te­ne­mos ami­gos de­ci­di­dos a su­frir nues­tras gue­rras co­mo pro­pias, y des­en­fun­dar an­te la vi­da, po­de­mos en­con­trar su ras­tro por­ten­to­so en esa in­ter­pre­ta­ción.

Ahí es­ta­ba el pa­dre: no he­ri­do, ni au­sen­te, ni can­sa­do a sus 102 años, sino pun­tual y ro­co­so des­de su an­cia­ni­dad y aún lleno de fuer­za. Tienes un pa­dre así y no so­lo lo igua­las, o no te que­das muy atrás, no so­lo no te pe­sa en la re­ti­na a la ho­ra de la­brar una pa­sión ac­to­ral --icó­ni­cas son sus ac­tua­cio­nes en Un día de fu­ria o The ga­me, o en esas pesadillas mas­cu­li­nas que aca­ban siem­pre sien­do Ins­tin­to bá­si­co y Atrac­ción fa­tal--, sino que te su­mas al le­ga­do y lo agra­de­ces, te ha­ces ge­ne­ra­dor de una gra­ti­tud que to­ca­rá a tus hi­jos, que en­san­cha­rá el con­torno de una res­pi­ra­ción de hom­bres que se en­cuen­tran al bor­de del ca­mino, de hi­jos y pa­dres que se han ido ba­tien­do en los mis­mos co­bres de la vi­da y sa­ben de­te­ner­se pa­ra ha­blar y que­rer­se. * Es­cri­tor

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.