Jun­tos dos años des­pués

Ciclismo a Fondo - - BICI SPORT -

Cuan­do a Juan An­to­nio Fle­cha y a Johnny Hoo­ger­land los ven jun­tos na­die pue­de evi­tar­lo, to­dos se acuer­dan de lo mis­mo, de aque­lla eta­pa del Tour de 2011 que, fu­ga­dos, un co­che de ca­rre­ra los arro­lló. Al as­fal­to man­dó al ca­ta­lán y los alam­bres del cam­po que se in­crus­ta­ron, ¡ay! to­da­vía due­le al re­cor­dar­lo, en los mus­los del ho­lan­dés. Fle­cha no re­gre­só al Tour has­ta es­te 2013, Wig­gins ne­ce­si­ta­ba sie­te hom­bres pa­ra es­col­tar­le en mon­ta­ña el pa­sa­do año y Ca­ven­dish, aún en Sky, só­lo po­día ele­gir a uno en­tre él y Bern­hard Eisel. El Ar­que­ro le di­jo que no se preo­cu­pa­ra, que lle­va­ra a su hom­bre de con­fian­za. Su vuel­ta al Tour ha si­do con el Va­can­so­leil de Hoo­ger­land, con él ha com­par­ti­do mu­cho más que mai­llot. "Ya éra­mos co­le­gas an­tes de aque­llo", apun­ta Fle­cha. Aho­ra mu­cho más, pues, aca­ba­do el Daup­hi­né, la prue­ba del al­go­dón que no en­ga­ña an­tes del Tour, Hoo­ger­land, que ape­nas ha­bía de­bu­ta­do en la tem­po­ra­da de­bi­do a su gra­ve caí­da en in­vierno, lla­mó a Fle­cha. "Me sen­tía bien pe­ro que­ría sen­tir­me sú­per, así que pen­sé en bus­car al­gún si­tio en Es­pa­ña pa­ra en­tre­nar­me. Juan, ¿y si va­mos a Ma­llor­ca jun­tos?, le di­je. Pe­ro él me con­tes­tó que me fue­ra a su ca­sa". En los ocho días que es­tu­vie­ron jun­tos, "va­ya apar­ta­men­to más chu­lo que tie­ne -cuen­ta Hoo­ger­land-. Cuan­do lle­gué me da­ba la sen­sa­ción de es­tar en me­dio de la na­da y una no­che me di­jo Juan que iría­mos al cen­tro a ce­nar y le res­pon­dí: ¿pe­ro hay al­gún res­tau­ran­te aquí? ¡Y re­sul­ta que es­ta­ba lleno y era pre­cio­so!". La gen­te que los re­co­no­cía, mien­tras en­tre­na­ban es­pe­cial­men­te, "nos pre­gun­ta­ba por el ac­ci­den­te, pe­ro no­so­tros no ha­bla­mos mu­cho de eso", di­ce el ho­lan­dés. "¿Qué vas a de­cir? No es un te­ma del que ape­tez­ca ha­blar, qui­zá por no revivirlo. Ima­gi­na que a dos per­so­nas que se co­no­cen les su­ce­de un ac­ci­den­te jun­tos, no creo que lo ha­blen mu­cho", ar­gu­men­ta Fle­cha. "Pa­ra no­so­tros es di­fe­ren­te", sos­tie­ne el cam­peón na­cio­nal de Ho­lan­da. "Nos de­ci­mos que tu­vi­mos muy ma­la suer­te ese día", suel­ta Hoo­ger­land. O bue­na, "por­que po­dría ha­ber si­do terrible", aña­de Fle­cha. "Pe­ro él es una per­so­na con enor­me ex­pe­rien­cia en la vida. Cuan­do es­ta­ba en su ca­sa coin­ci­die­ron las inun­da­cio­nes en los Pi­ri­neos. Ha­bla­mos mu­cho de eso, de his­to­ria... de mu­chas más co­sas apar­te del ciclismo". Y eso que Hoo­ger­land es "hi­per­ac­ti­vo. Si no co­rrie­ra en bi­ci, se co­me­ría por den­tro", des­cri­be Fle­cha, "y siem­pre es­tá pen­san­do en sus en­tre­na­mien­tos, en las ca­rre­ras. Y yo que soy muy on o muy off, se sor­pren­de por­que no pue­do es­tar pen­san­do en ciclismo to­do el día". Se aca­ba­rán echan­do de me­nos cuan­do, aca­ba­do el Tour, re­gre­sen a su ca­sa y des­ha­gan la ma­le­ta, "pe­que­ña la mía, he ve­ni­do li­ge­ro de equi­pa­je por­que con las co­ne­xio­nes de vue­lo pa­ra lle­gar has­ta Cór­ce­ga no sa­bía si me da­ría tiem­po a fac­tu­rar, así que tra­je un bol­so pe­que­ño con rue­das", cuen­ta Fle­cha. En es­ta ron­da ga­la am­bos han com­par­ti­do ha­bi­ta­ción, "el com­pa­ñe­ro ideal pa­ra mí -opi­na Hoo­ger­land- por­que, ade­más de te­ner un es­ti­lo si­mi­lar co­mo ci­clis­tas, tam­bién so­mos igua­les en la ha­bi­ta­ción. Ne­ce­si­ta­mos nues­tra paz, que no ha­ya rui­do ni música. Él siem­pre es­tá le­yen­do, ¡es in­creí­ble!", ex­cla­ma el ho­lan­dés. "Re­la­tos bre­ves, al prin­ci­pio del Tour leí tres y El des­or­den de tu nom­bre y uno de Ro­sa Re­gàs", es­pe­ci­fi­ca Fle­cha. "A ve­ces le em­pie­zo a ha­blar y no se en­te­ra, es­tá en su mun­do y le ten­go que em­pu­jar pa­ra que me es­cu­che", na­rra Hoo­ger­land, pa­ra quien el ca­ta­lán "es mu­cho más que un co­rre­dor, tie­ne una per­so­na­li­dad muy mar­ca­da. Es un gran tío. Va a cum­plir 36 años y si­gue es­tan­do mo­ti­va­do. Im­pre­sio­nan­te", y re­cuer­da co­mo ejem­plo más cer­cano "el día des­pués que se fue so­lo en ca­be­za a nue­ve ki­ló­me­tros pa­ra el fi­nal. Lle­va­ba el dor­sal ro­jo de la com­ba­ti­vi­dad y es­ta­ba fe­liz. Me de­cía: si no per­si­gues las co­sas pe­que­ñas, nun­ca con­se­gui­rás las gran­des".

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