ADE­LAN­TO EDI­TO­RIAL

Ciclismo a Fondo - - SUMARIO -

El Afi­la­dor al­can­za su ter­cer vo­lu­men.

La co­lec­ción de li­bros de bol­si­llo ©El Afi­la­dor©, lan­za­da por www.li­bros­de­ru­ta.com, re­co­ge cró­ni­cas, ar­tícu­los y re­por­ta­jes de pe­rio­dis­tas, es­cri­to­res y de­por­tis­tas a los que une su pa­sión por el ci­clis­mo. Luis Ro­mán, Da­niel Bur­gui, Juan­fran de la Cruz, Ga­briel Za­pa­ta, Ós­car Falagán y Luis Gui­nea han apor­ta­do sus pie­zas a es­te nú­me­ro tres -216 pá­gi­nas, 12 €- jun­to a Je­sús Gó­mez Pe­ña, au­tor de un re­la­to so­bre la vic­to­ria de Juanma Gá­ra­te en el Mont Ven­to­ux en 2009 del que en Ci­clis­mo a Fon­do os ofre­ce­mos un ex­trac­to.

Co­mo las ro­sas, hay pa­la­bras que ame­na­zan con es­pi­nas. Un ejem­plo: `in­creí­ble'. En un de­por­te co­mo el ci­clis­mo es­te tér­mino se ha apli­ca­do igual pa­ra ala­bar una ges­ta que pa­ra du­dar de ella. Pa­ra unos, al­go es in­creí­ble por­que es­tá al al­can­ce so­lo de los ele­gi­dos. Pa­ra otros, pa­ra los que sos­pe­chan de la tram­pa, es in­creí­ble, sim­ple­men­te, por­que no se pue­de creer. Es una pa­la­bra con fi­lo. Por eso, cuan­do te to­pas con al­go di­fí­cil de ex­pli­car con­vie­ne re­cu­rrir a otro tér­mino. Mi­la­gro. Lo más in­creí­ble de los mi­la­gros es que su­ce­den. Que a un be­bé ho­lan­dés, hi­jo de dos ci­clo­tu­ris­tas de­vo­tos del Mont Ven­to­ux, le bau­ti­za­ran co­mo Ma­nuel días an­tes de que Juan Ma­nuel Gá­ra­te ven­cie­ra en esa ci­ma du­ran­te el Tour de Fran­cia de 2009 es más que in­creí­ble. `Mi­la­gro' es una pa­la­bra con el mis­mo ori­gen que `son­ri­sa'.

EL DE­CO­RA­DO Y EL PRO­TA­GO­NIS­TA

Un he­cho ex­tra­or­di­na­rio ne­ce­si­ta un buen de­co­ra­do y un pro­ta­go­nis­ta de su ta­lla. El Mont Ven­to­ux y Juan Ma­nuel Gá­ra­te. El Ven­to­ux. Le lla­man el Gi­gan­te de Pro­ven­za por su si­lue­ta de pi­rá­mi­de so­bre la re­gión más be­lla de Fran­cia. Su le­yen­da ci­clis­ta, sin em­bar­go, bro­tó en Gran Bre­ta­ña, que es un país de bi­ci­cle­tas pe­ro no de ci­clis­tas. En 1959, ya se cons­truían allí cer­ca de tres mi­llo­nes de bi­cis. Pe­ro a los bri­tá­ni­cos no les gus­ta­ba la com­pe­ti­ción en gru­po. Fal­sea­ba el re­sul­ta­do. Pre­fe­rían los due­los. Ca­ra a ca­ra. En con­tra­rre­loj o en pis­ta. Sin ayu­das. De ahí su tra­di­ción de sa­car es­pe­cia­lis­tas en la lu­cha con­tra el

cro­nó­me­tro. Sus co­rre­do­res no lle­ga­ron al Tour has­ta 1937. Fue­ron dos los pio­ne­ros: Bill Burl y Char­les Ho­lland. Anó­ni­mos. Y pa­sa­ron vein­te años has­ta que Brian Ro­bin­son se lle­vó a las is­las la pri­me­ra vic­to­ria de eta­pa. Una dé­ca­da des­pués mu­rió Tom Sim­pson en el Ven­to­ux. Él sí fue la pri­me­ra es­tre­lla. Hi­jo de mi­ne­ro y aún un mi­to hoy.

Vuel­ve a su­bir­me en la bi­ci se ti­tu­la la úl­ti­ma de sus mu­chas bio­gra­fías. Es la fra­se que di­jo an­tes de mo­rir. Sim­pson, que lle­gó a ser cam­peón del mun­do, iba a las ca­rre­ras co­mo a la mi­na: an­tes del Tour de 1967 ha­bía apa­la­bra­do un Mer­ce­des que so­lo po­dría pa­gar si ga­na­ba la ca­rre­ra. Las deu­das. Tra­tó de sal­dar­las con an­fe­ta­mi­nas. Rom­pien­do sus lí­mi­tes en ple­na subida al Ven­to­ux. Se de­rrum­bó por den­tro. Co­mo una ga­le­ría mi­ne­ra de los Mid­lands, de su pai­sa­je ju­ve­nil. Gran Bre­ta­ña aún le llo­ra. Sim­pson per­ma­ne­ce. Al día si­guien­te de su muer­te, un com­pa­ñe­ro de equi­po, Ho­ban, le de­di­có el triun­fo en la me­ta de Se­te. Ho­ban, tam­bién de ge­né­ti­ca mi­ne­ra, ga­nó sie­te eta­pas más. Pe­ro de eso na­die se acuer­da. Sí, en cam­bio, de que se ca­só con la viu­da de Sim­pson. ª Des­de ha­ce cua­ren­ta años vi­vi­mos los tres, co­mo si Tom es­tu­vie­ra aquí to­da­víaº , re­pe­tía Ho­ban no ha­ce tan­to. Eso es ser un mi­to. Hay una es­te­la cla­va­da en me­mo­ria de Sim­pson en el Ven­to­ux, aca­ri­cia­da a dia­rio por el mis­tral. De es­ta mon­ta­ña de nie­blas, mis­te­rios y cuen­tos ya se ha con­ta­do to­do. O no. Si­gue vi­va. No de­ja de sor­pren­der. Co­mo cuan­do por allí subió el Tour de 2016. El Ven­to­ux fue la ima­gen de esa re­cien­te edi­ción. Hay fo­to­gra­fías que lo di­cen to­do. En una de ellas se ve a uno de los cer­ca de 200.000 es­pec­ta­do­res re­par­ti­dos esa tar­de a ori­llas del Mont Ven­to­ux. Pa­re­cía ha­ber pa­sa­do la ma­ña­na en­tre cer­ve­zas. Ojos flo­tan­tes. Se los fro­ta­ba. No po­día creer lo que veía ve­nir: el mai­llot ama­ri­llo, Ch­ris Froo­me, co­rrien­do a pie y sin bi­ci­cle­ta, co­mo lo­co, co­mo me­ti­do en un en­cie­rro de San Fer­mín. ¿Es­ta­ba en Pam­plo­na? No. Era el Ven­to­ux. Froo­me, que abría la ca­rre­ra jun­to a Por­te y Mo­lle­ma an­tes de in­crus­tar­se en una mo­to­ci­cle­ta fre­na­da por el pú­bli­co, tu­vo que echar a tro­tar du­ran­te un ra­to y lue­go, ya a pe­da­les, al­can­zó la me­ta ins­ta­la­da en el Cha­let Rey­nard de­ses­pe­ra­do y de­trás de to­dos sus ri­va­les. Ha­bía per­di­do el li­de­ra­to que lue­go los jue­ces le de­vol­vie­ron.

¿MAL­DI­TO VEN­TO­UX?

El Mont Ven­to­ux es­tá mal­di­to. El mon­te ase­sino que ma­tó a Sim­pson en 1967 se co­bró una nue­va víc­ti­ma: el pres­ti­gio de ese Tour. La ca­rre­ra más gran­de del mun­do con­ver­ti­da en un es­per­pen­to. To­do em­pe­zó con el vien­to, que obli­gó a re­cor­tar el re­co­rri­do en seis ki­ló­me­tros. Co­mo con­se­cuen­cia, el pú­bli­co que iba a ocu­par 20 ki­ló­me­tros se apre­tó en 14. So­bre­pe­so. Y fal­ta de ci­vis­mo. Ha­ce tiem­po que al­gu­nos afi­cio­na­dos han cru­za­do el lí­mi­te: in­va­den las ca­rre­te­ras, to­can a los ci­clis­tas, a ve­ces has­ta les in­sul­tan... Y te­nía que ser en el Ven­to­ux, el mon­te de los he­chos ex­cep­cio­na­les, don­de to­do ex­plo­ta­ra. (...) Vis­ta la ca­pa­ci­dad de crear su­ce­sos ex­tra­or­di­na­rios de es­te vie­jo pi­co de Pro­ven­za, to­ca cen­trar­se en el ci­clis­ta. Juan Ma­nuel Gá­ra­te na­ció en la fron­te­ra. En Irún. Y lo hi­zo por­que has­ta allí fue su abue­lo des­de Sa­la­man­ca a ga­nar­se el pan. Se lla­ma­ba Ju­lián y tra­ba­ja­ba en Fran­cia y vi­vía en Irún, don­de se afin­có y creó una fa­mi­lia en San Mi­guel, un ba­rrio di­fí­cil. ª Yo he cre­ci­do en la ca­lle -re­cuer­da Gá­ra­te-. Era com­pli­ca­do vi­vir allí. Pe­ro te en­se­ña­ba mu­chas co­sas. Ha­bía va­rias et­nias, gi­ta­nos, emi­gran­tes... Ca­da uno de­fen­día su si­tioº. Y al­go más ron­da­ba: la dro­ga. Bue­na par­te de su cua­dri­lla ca­yó en esa red. Le­tal. ª Yo su­pe sa­lir a tiem­poº. Ali­vio. ª Me sal­vé yo mis­mo y tam­bién gra­cias a la bi­ci­cle­taº. Hay mi­la­gros de ba­ja in­ten­si­dad. ª Cuan­do te­nía nue­ve años se se­pa­ra­ron mis pa­dres. Era una épo­ca com­pli­ca­da. Te podías echar al ba­rro en cual­quier mo­men­to. Yo em­pe­cé a prac­ti­car el ci­clis­mo. Me en­tró la cor­du­ra, la res­pon­sa­bi­li­dad. Me ayu­dó el te­ner que ha­cer­me car­go de mi her­ma­na pe­que­ña, que tie­ne sie­te años me­nos. Eso me hi­zo ma­du­rar. Me to­có vi­vir de to­do. Pe­ro me di cuen­ta de que si salía con los ami­gos el sá­ba­do por la no­che era im­po­si­ble que pu­die­ra com­pe­tir el do­min­go. Tu­ve que ele­gir: o la bi­ci u otro ti­po de vi­daº. Sin pa­dre, el tra­ba­jo era co­sa de la ma­dre, que no lle­ga­ba a to­do. Por la no­che tra­ba­ja­ba en un res­tau­ran­te; por el día, en tien­das, y du­ran­te los fi­nes de se­ma­na la­va­ba la ro­pa de los obre­ros que ve­nían a la fron­te­ra a lle­var­se un jor­nal. Co­mo an­tes ha­bía he­cho su abue­lo. Ju­lián mu­rió cuan­do Juanma te­nía ape­nas 11 años. ª Pe­ro me mar­có pa­ra siem­pre. Lo que yo hi­ce por mi her­ma­na, él lo hi­zo por míº , re­cuer­da. Guar­da imá­ge­nes con él, co­mo aque­llas tar­des en que le en­se­ña­ba a to­rear con una ser­vi­lle­ta de pa­pel. Juanma no qui­so ser to­re­ro, sino fut­bo­lis­ta. En eso es­ta­ba cuan­do una le­sión en los pies le va­rió el des­tino. El mé­di­co le re­ce­tó una bi­ci­cle­ta. Y su abue­lo se la com­pró. El le­ga­do. Una ª Or­bea Sie­rra Ne­va­daº. Otra cum­bre blan­ca co­mo la del Ven­to­ux (...)

2 Un puer­to conem­bru­jo. Sie­te años des­pués de la ha­za­ña de Juanma Gá­ra­te, Ch­ris Froo­me pro­ta­go­ni­zó el de­li­ran­te epi­so­dio de su ca­rre­ra en el Ven­to­ux.

1 Ve­te­ra­nía con­tra Tony Mar­tin. Gá­ra­te -33 años­ti­ró de ex­pe­rien­cia pa­ra con­quis­tar el Mont Ven­to­ux tras una in­ten­sa lu­cha con el po­de­ro­so ci­clis­ta ale­mán.

3 Ga­na­dor en las tres gran­des. Con su éxi­to en la Gran­de Bou­cle de 2009, el co­rre­dor vas­co del Ra­bo­bank reunía triun­fos en Vuel­ta, Gi­ro y Tour.

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