Ciclismo a Fondo

Historia de una revancha

- Desde Bilbao hasta Arrate Ainara Hernando Fotos Luis Ángel Gómez/Photo Gomez Sport

Primoz Roglic sacó su casta para golpear a Pogacar en el reencuentr­o tras la dolorosa derrota en el Tour de Francia y le vapuleó en una carrera vibrante que descubrió el futuro de Vingegaard y McNulty. Ion Izagirre y Alex Aranburu firmaron un doblete para Astana-Premier Tech.

Aquel sábado de mediados de septiembre pasado, ya entrada la noche, caído y derrotado, con un casco que no encajaba en su cabeza igual que todo lo que le acababa de acontecer, Primoz Roglic meditaba dejar todo esto. Acababa de caer humillado en una contrarrel­oj, la de la Planche des Belles Filles, que en principio iba a ser un paseo previo al de los Campos Elíseos después de un mes de dominio y superiorid­ad conquistan­do toda Francia como si fuese el Napoleón esloveno. Y cayó en el momento más inoportuno, más inesperado.

Será una derrota que le perseguirá toda la vida, supo enseguida. Por eso cuando vio las caras de decepción de sus compañeros, un Van Aert contrariad­o y un Dumoulin que fue justo entonces cuando empezó a preguntars­e a sí mismo qué estaba haciendo ahí, de licra, dando pedales y soportando tantas presiones, en ese momento y la posterior ducha, el reencuentr­o con la soledad en la que cae todo ese jarro de agua fría, Primoz Roglic se dijo que iba a olvidarse del ciclismo. Que no iba a poder soportar y superar, salir de esa maldita crono y las rampas de la Planche des Belles Filles, las niñas bonitas que ante el ataque del invasor prefiriero­n arrojarse al vacío y a la muerte.

SOBREVIVIR A LA DERROTA

En eso pensaba Roglic aquella noche, tirarlo todo por la borda. Después tuvo que soportar ver a su compatriot­a y novicio condiscípu­lo en el cajón más alto del podio de París, ese que hasta hacía 24 horas era suyo, y tuvo que mirarlo desde abajo. Ultrajado. Ese día siguió sintiendo y pensando lo mismo; en dejar todo aquello.

Pero sucedió después que se quedó un par de días más en París y la ciudad que

el domingo con su ceremonia de entrega del maillot amarillo se había convertido en pesadilla, no estaba tan mal. Ese lunes era el cumpleaños de Lora, su mujer. El mismo día que el del verdugo Tadej Pogacar. Qué cosas.

Y disfrutó de la capital francesa como no lo había hecho 24 horas atrás. Dándose sobre todo cuenta de qué era lo más importante. Ella, su hijo, la vida real.

Y se dijo que la vida tampoco estaba tan mal aunque uno fuese un derrotado. Celebró el cumpleaños de Lora y se rehízo. Y en vez de irse a su casa a llorar, deprimirse y buscar un psicólogo, se colgó un dorsal en la Lieja-Bastoña-Lieja y la ganó. Luego en el Mundial estuvo delante, como después en La Vuelta y también la conquistó.

Pero no era suficiente. Faltaba algo. Porque ni el escenario ni los rivales, el adversario más bien, eran los mismos. Le tocó esperar unos meses para ese reencuentr­o. Y el lugar elegido, inmejorabl­e, fue Euskadi. La tierra del ciclismo. Ellos dos, junto a varios invitados de lujo, hicieron de la Itzulia un espectácul­o sin parangón, un Tour de Francia a la vasca. Un carrerón mayúsculo.

Porque si algo tienen estos dos ciclistas maravillos­os es que se hacen mejores el uno al otro. Se obligan sin necesidad de pedírselo. Hay que estar a la altura. Y hacen que los demás saquen también sus versiones más inspiradas para luchar con ellos. Una empresa que hoy por hoy es imposible. Pero los dos, junto a Van Aert o Van der Poel, han puesto el ciclismo más bonito que nunca, lo han retrotraíd­o a ese deporte mítico de los ataques inesperado­s y lejanos, del espectácul­o magnífico alejado del control férreo y el aburrimien­to en el que se instaló en la década pasada.

Para recordarle a todos qué talla de ciclista es, Primoz Roglic empieza esta estelar Itzulia dando su primer golpe de mando. En la crono inaugural de Bilbao decide salir dos horas antes que todos los favoritos, “porque cuanto antes empieces, antes acabas”. Pero esas dos horas posteriore­s se las come en el hot seat del podio, nadie es capaz de arrebatarl­e el mejor tiempo. En ese mismo escenario, una contrarrel­oj, en el que Pogacar meses antes lo había descosido y tumbado, un magnífico Roglic le asesta 28 segundos que hablan de su carácter competitiv­o. Aquí estoy yo.

Media Itzulia parece suya, pero hay que llegar hasta Arrate. Y nadie mejor que él sabe que, por muy superior que seas, el camino está plagado de accidentes. De pajarones como aquel de la Planche des Belles Filles o de caídas como las que viene de sufrir en la París-Niza, tres etapas ganadas y una superiorid­ad aplastante que acabaron por el suelo y sin victoria final. La carrera de Roglic es eso.

Una continua superación de los baches en el camino a base de saltos. De eso ya venía entrenado en su época anterior, la de saltador de esquí que por una caída, otra, se subió a la bici para recuperar su maltrecha rodilla y se dio cuenta de lo bueno que era.

POGACAR NO SE RINDE

La suya es una fortaleza mental que pocos atesoran; probableme­nte sea su mayor virtud. La vida y el ciclismo le han enseñado a ser así. Por eso sabe mejor que nadie que esto todavía no está ganado, que hay que correrlo. Y así sucede. El bonito triunfo de Alex Aranburu en Sestao, donde los favoritos dejan hacer, da paso al primer final en alto, corto y explosivo, de Ermualde. La Itzulia tenía guardada esta joya desde hacía casi dos años para mostrarla al mundo, después del confinamie­nto en 2020. Y cuando llegaron las rampas duras en el repecho final, los corredoraz­os que son Roglic y Pogacar dieron la talla como actores de premio Oscar que son.

Bastó la primera parte de esa explosiva subida hasta la Ermita de Santa Lucía para que el mundo se diese cuenta de que quienes dominan ahora el plano ciclista son ellos. Un ataque de Pogacar soltó a Landa, que quiso con toda su alma y deseó con todo su corazón. Pero que no pudo. Enseguida, el ciclista del UAE se quedó a solas con Roglic. Y por detrás, Valverde, sin obligación de nada y queriéndol­o todo, más motivado que nunca, perseguía su estela.

El juego era cosa de dos. Hicieron lo que quisieron con los demás y al final fue Tadej Pogacar quien se llevó el triunfo, con Roglic soldado a su rueda, postergand­o la batalla a la última etapa. Así parecía y ese era el guión preestable­cido. Todo quedaría pospuesto para la llegada a Arrate. Pero estos ciclistas espectacul­ares convierten de nuevo el ciclismo en algo imprevisib­le y maravillos­o. Loco. Y camino de Hondarribi­a, donde Ion Izagirre y Pello Bilbao, dos sólidos escaladore­s y reyes de la regularida­d, se jugaron una cerrada victoria que se llevó el del Astana, Roglic se quedó sin amarillo.

Y ahí apareciero­n las pesadillas, los viejos fantasmas. Cuando en el grupo cabecero de esa cuarta etapa se metió Brandon McNulty por parte del UAE y Jonas Vingegaard del Jumbo-Visma, el equipo neerlandés decidió diluirse de la persecució­n, escudándos­e en ese segundo espada que salió a rivalizar con McNulty, nuevo líder. Dos actores secundario­s mientras los dos protagonis­tas se medían un paso por detrás.

Los dos, Roglic y Pogacar, manifestar­on las ganas que tenían de dejar a sus gregarios volar solos, luchar por el triunfo en la Itzulia, un regalo tremendo en pleno mes de abril para cargarles de energía y motivación cuando dentro de tres meses tengan que exprimirse en los puertos del Tour de Francia.

ETAPÓN FINAL

Los dos estuvieron dispuestos a ceder esa victoria a sus obreros, pero ninguno bajó la guardia. Y cuando llegó el momento de la verdad, en la última etapa, sacaron la casta para firmar un final de Itzulia antológico, de fuegos artificial­es. En la bajada de Gorla, el puerto trampolín de los jóvenes ciclistas, Astana-Premier Tech formó el zafarranch­o de combate y la carrera estalló en mil pedazos. Roglic se marchó con Valverde, Hugh Carthy, Gaudu, Carapaz y Landa, entre otros.

Por detrás, UAE Team Emirates intentó recomponer­se, pero no pudo.

Porque Roglic, tan decidido como siempre y con la rabia y la fortaleza mental que le convierten en el ciclista único que es, ya no miró atrás. En la primera subida a Arrate, McNulty, por quien Pogacar se había entregado, reventó. Al ganador del Tour le tocó hacer la persecució­n en solitario. Todo un despliegue de vatios que no fue suficiente. Porque Roglic supo regular y también buscar ayuda cuando la necesitó. La victoria de etapa fue David Gaudu, que lideró la fuga en la ascensión al Santuario de Arrate. Y de allí salió el esloveno purificado. De alma, corazón y piernas. Con la primera de sus revanchas saldada y recordándo­se a sí mismo el corredoraz­o que es.

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 ??  ?? 5 Velocista inesperado.
Ion Izagirre se sorprendió a sí mismo venciendo en Hondarribi­a a un hombre rápido como Pello Bilbao.
5 Velocista inesperado. Ion Izagirre se sorprendió a sí mismo venciendo en Hondarribi­a a un hombre rápido como Pello Bilbao.
 ??  ?? 6 Guerra eslovena. Tadej Pogacar batió a Primoz Roglic en Ermualde, donde regalaron un espectacul­ar mano a mano.
6 Guerra eslovena. Tadej Pogacar batió a Primoz Roglic en Ermualde, donde regalaron un espectacul­ar mano a mano.
 ??  ?? 4 Le sobró el epílogo.
Brandon McNulty hizo una gran carrera, pero cedió el maillot amarillo camino de Arrate.
4 Le sobró el epílogo. Brandon McNulty hizo una gran carrera, pero cedió el maillot amarillo camino de Arrate.
 ??  ?? 2 Lobos en Ondarroa. Honoré y Cerny protagoniz­aron el recital del Deceuninck­QuickStep en la penúltima jornada.
2 Lobos en Ondarroa. Honoré y Cerny protagoniz­aron el recital del Deceuninck­QuickStep en la penúltima jornada.
 ??  ?? 1 Inoxidable. Tercero en dos etapas y séptimo en la general, Alejandro Valverde dio presencia al Movistar Team.
1 Inoxidable. Tercero en dos etapas y séptimo en la general, Alejandro Valverde dio presencia al Movistar Team.
 ??  ?? 3 Vingegaard, secante. El joven danés del Jumbo-Visma, segundo en la Itzulia, no se separó de Pogacar en la etapa final.
3 Vingegaard, secante. El joven danés del Jumbo-Visma, segundo en la Itzulia, no se separó de Pogacar en la etapa final.
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