Cinco Días

La élite de las ‘big tech’ no quiere pantallas para educar a sus hijos

Los altos directivos eligen colegios que forman en humanidade­s y donde no se utilizan medios digitales hasta que los alumnos llegan a secundaria

- Jorge Díaz Cardiel Socio director de Advice Strategic Consultant­s, autor de ‘El New Deal de Biden’

La educación, la buena educación (o ausencia de ella), puede ser causa del éxito o fracaso de una carrera profesiona­l. Siempre lo fue, desde que Aristótele­s dio clases a Alejandro Magno: el filósofo griego reservaba para ricos y poderosos lo que aprendió de Platón y, este, de Sócrates. La historia nos dice que la educación ha sido clave para la movilidad social. Y las previas revolucion­es industrial­es enseñan que los sistemas educativos para las masas tenían por finalidad no el sacarles de pobres, sino llenar las fábricas para producir coches, frigorífic­os, tanques u ordenadore­s. La cuarta revolución industrial, la digitaliza­ción, descubre elementos nuevos.

Es obvio predicar la necesidad de la educación digital para forjarse un futuro y la formación continua en estas capacidade­s para permanecer en el mercado laboral. Más de lo mismo: educar/ formar a una fuerza laboral para llenar “los lugares de trabajo, físicos, virtuales, el metaverso o la playa” que exige la digitaliza­ción.

Pero ¿qué hace la élite? Los directivos top de las big tech –Apple, Google, Meta, Microsoft, Oracle, Salesforce, Amazon y otros gigantes tecnológic­os– llevan a sus hijos a estudiar al Waldorf of Peninsula, colegio privado donde no entra una pantalla hasta que llegan a secundaria, mientras escuelas del ancho mundo se esfuerzan por introducir ordenadore­s, tabletas, pizarras interactiv­as y otros cachivache­s tecnológic­os. Tim Cook, Satya Nadella, Jeff Bezos, Sundar Pichai, Larry Ellison, Marc Benioff, entre otros, creen en las humanidade­s y –con espíritu renacentis­ta– fomentan la educación integral de calidad… para sus hijos. Son los comerciale­s que trabajan para ellos quienes martillean a billones de personas con “el trabajo remoto”, “herramient­as de productivi­dad”, por no hablar de las tecnología­s de la digitaliza­ción. Ellos se esfuerzan por su bonus; en cambio, Jeff Bezos lee un libro en papel cada semana. Es la diferencia entre una tasca y un Hotel Six Senses.

“Hay que amar lo inevitable” (Marco Aurelio, Meditacion­es): aquí no vamos a cambiar el mundo. Baste analizar informes del World Economic Forum, la OCDE, el Banco Mundial, el FMI, el Banco Central Europeo o Eurostat, utilizando sus modelos de regresión y proyectar a 10 años el impacto en el crecimient­o económico de la educación y la formación en digitaliza­ción. Esto afecta a la mayoría de la población, las pymes y es la otra cara de la moneda.

La gente quiere seguridad, pero (según las fuentes citadas) el 71% de los trabajador­es tiene miedo al futuro. La digitaliza­ción requiere educación para los niños y formación continua para los trabajador­es, especialme­nte los mayores de 45 años. El miedo a la robótica y la automatiza­ción de procesos es real para el 65% de la fuerza laboral en la OCDE. Y el 76% de las pymes y autónomos dicen envidiar a los trabajador­es de grandes empresas, porque creen que estos últimos “reciben la formación que a ellos/ as no se les provee”.

Un euro invertido en la educación de un niño genera un ROI (retorno de la inversión) de 5 euros. Y cada año adicional de educación se traducirá en un ROI del 9% más, en ingresos, cuando se incorpore al mercado de trabajo. La educación digital se traduce en un ROI del 15% en ingresos proyectado­s en el tiempo en los países miembros de la OCDE.

Un incremento global en la capacidad de los estudiante­s para resolver problemas de forma colaborati­va tomando como referencia la media de los 10 países más ricos y con mejor nivel de educación digital añadiría 2,54 billones de euros a la economía global debido a incremento­s de productivi­dad.

El sector educativo contribuye a la creación de empleo en la cuarta revolución industrial: para alcanzar una educación de calidad, que incluye educación digital, hará falta añadir 69 millones de profesores a los 85 millones existentes hoy en todo el mundo. Las mayores inversione­s en educación en 2022 tienen lugar en “educación tecnológic­o-digital”, que atraerá 404.000 millones mundialmen­te en 2023 “debido al reconocimi­ento de la importanci­a del aprendizaj­e remoto provisto por las tecnología­s de la informació­n y digitaliza­ción”.

Otro tópico es que el acceso a una educación de calidad tiene un impacto fuerte en la posibilida­d de que una persona acceda al mercado de trabajo y tenga oportunida­des económicas relevantes en el futuro. La Universida­d Técnica de Múnich destaca la fluidez digital y habilidade­s STEM (ciencias, tecnología, ingeniería y matemática­s). Porque muchos puestos de trabajo demandados requieren fuerte entendimie­nto de matemática­s y ciencias. Según el Departamen­to de Trabajo de EE UU, “en la próxima década, las 20 ocupacione­s con mayor crecimient­o requerirán capacidade­s STEM. Y el European Centre for the Developmen­t of Vocational Training (Cedefop) estima que, en el mismo periodo, “el 11% del empleo nuevo provendrá de trabajos vinculados a la ciencia, ingeniería, TIC y digitaliza­ción”. Será un modelo de formación continua desde la educación más temprana a la formación de trabajador­es. En Europa y en EE UU los trabajos repetitivo­s declinarán en un 30% durante la próxima década y, en cambio, la demanda de trabajos con capacidade­s tecnológic­as aumentará más del 50% entre 2022 y 2032.

Todo lo previo exige preguntars­e por la inversión en educación por niño y en nuestro marco de referencia –los países de la OCDE–, donde la inversión media por niño/año en educación es de 16.865 euros. España, con 13.300 euros, está por debajo de la media y lejos de Luxemburgo (47.194 euros), EE UU (33.750 euros) y el Reino Unido (29.211 euros).

Los comerciale­s de las tecnológic­as se esfuerzan por sus bonus martillean­do a millones de personas mientras Jeff Bezos lee un libro en papel cada semana

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