Cinco Días

De entrada, OTAN sí y política de defensa europea también

La invasión rusa ha puesto a la UE ante el dilema de elegir entre la derrota de Ucrania o el riesgo de una guerra mundial

- Agustín Ulied Profesor colaborado­r de Esade y vicepresid­ente del Consell Català del Moviment Europeu

El pasado 30 de mayo se cumplieron 40 años de la adhesión de España como país número 16 a la OTAN y que cuatro años después fue ratificada mediante referéndum. Poco después de la adhesión de España se sucedieron hechos de alta trascenden­cia geopolític­a, que modificaba­n el principal argumento de la existencia de la OTAN: la caída del Muro de Berlín, la desmembrac­ión de la Unión Soviética o la desaparici­ón del llamado “telón de acero”. Las relaciones internacio­nales dieron un giro notable y los temas de índole económico cobraron especial relevancia en las negociacio­nes internacio­nales. Durante los siguientes 30 años la economía dirigió el orden político y social mientras la defensa pasaba a ser un tema de relativa trascenden­cia.

El fin de la Guerra Fría motivó el llamamient­o a la pacificaci­ón de los bloques y, en determinad­os momentos, el alejamient­o de intereses comunes entre los países de la Unión Europea y EE UU dio a entender que la OTAN había llegado a su fin. Incluso desde el lado estadounid­ense, su anterior presidente, Donald Trump, mostró poco entusiasmo hacia una alianza que salía muy onerosa al contribuye­nte norteameri­cano.

Las generacion­es de los baby boomers y la X, es decir, los europeos nacidos entre 1945 y 1990, mostraron claramente su antimilita­rismo consideran­do que las guerras entre potencias nucleares ya no se podían ganar en el sentido tradiciona­l.

Se trata, como dice Jürgen Habermas, de una mentalidad posheroica, que se desarrolló en Europa Occidental gracias al paraguas nuclear de EE UU. Los ciudadanos europeos se convencier­on de que cualquier conflicto sobrevenid­o se solucionar­ía mediante la diplomacia y la imposición de sanciones. En cualquier caso, el estallido de un conflicto militar se resolvería en un corto periodo de tiempo.

Hoy la nueva realidad de una guerra los ha sacado de golpe de sus ilusiones pacifistas. La invasión rusa de Ucrania ha modificado la situación y ahora la geopolític­a se ha convertido en el eje principal de la toma de decisiones. La paz de los últimos 33 años, que había sido salvaguard­ada por el equilibrio del terror, ha devuelto a nuestros ojos las inquietant­es imágenes de la guerra. Este cambio de los terrenos de juego otorga una nueva justificac­ión de la existencia de la OTAN para defender a Occidente de agresiones externas y puede permitir a Europa la posibilida­d de contar con autonomía militar para la defensa de su territorio.

La invasión de Ucrania no se justifica exclusivam­ente por la obsesión rusa de extender sus fronteras para reforzar su defensa, sino también por su rechazo a cualquier proceso de integració­n en el que puedan participar los países vecinos europeos. El conflicto de Ucrania ha permitido a Europa mostrar, ante su propia sorpresa, una fuerte unidad ante ataques enemigos. Pero, además, ha ido más lejos al mostrar su deseo de crear una Europa de la Defensa en el marco de su pertenenci­a a la OTAN pero al margen de la alianza con EE UU. Hace algún tiempo que el alto representa­nte de la Política Exterior Europea, Josep Borrell, está llamando a la profundiza­ción de la política común de seguridad y defensa como instrument­o necesario para dotar a los países de la UE de una capacidad que le permita afrontar los desafíos que le son propios. Parece que la invasión de Ucrania ha facilitado el camino hacia este objetivo.

La invasión rusa ha puesto a la UE ante el dilema de elegir entre aceptar la derrota de Ucrania o la conversión de un conflicto limitado en una tercera guerra mundial. La necesidad más urgente para afrontar este dilema es de poder disponer de capacidade­s militares de amplia maniobrabi­lidad en un mundo que se enfrenta a cambios geopolític­os que cambiarán el orden mundial. La reciente decisión del Consejo Europeo de efectuar compras de material armamentís­tico compartida­s es una decisión que tiene su origen en esta nueva estrategia europea.

De esto y de los nuevos desafíos se hablará en la próxima cumbre de la OTAN que se celebrará los próximos días 29 y 30 de junio en Madrid. Lo más probable es que en esta cumbre se ponga de relieve una rotunda respuesta a los retos que plantea Rusia al modelo de vida occidental y su oposición a los avances en la integració­n europea.

Rusia no es el único peligro al que se enfrenta la OTAN. Sus socios del flanco sur se sienten amenazados por el crecimient­o del terrorismo, cada vez más cerca de sus fronteras, por los ciberataqu­es y por el uso político de la migración irregular. Sus decisiones irán más allá de las estrictame­nte militares para apoyar la seguridad energética y para afrontar la amenaza climática o las de escasez de agua y alimentos a las que se enfrenta África y Oriente Medio.

No hay duda de que, después de largos años de relativa desafecció­n sobre la necesidad de una organizaci­ón de defensa armada, hoy se está imponiendo la unidad de los países alrededor de un amplio refuerzo del papel de la UE y de la asignación de nuevos recursos a la OTAN.

Moscú no es el único reto para la OTAN. Sus socios del flanco sur se sienten amenazados por el terrorismo, los ciberataqu­es y el uso político de la migración irregular

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GETTY IMAGES El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenber­g, en conferenci­a de prensa el pasado 16 de junio en Bruselas.

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