EL ORI­GEN DE LAS DOS RO­SAS

Clío - - REPORTAJE FOTOGRÁFICO -

En­ri­que VI. El rey re­cu­pe­ró la cor­du­ra en 1454 y vol­vió a en­tre­gar ntre­gar las rien­das das del go­bierno a Mar­ga­ri­ta de An­jou, quien apro- ve­chó su as­cen­dien­te­te so­bre el re­yey y su he­ge­mo­nía onía en la cor­te e pa­ra crear una coa­li­ción "an­tii York" al te­mer queue el du­que pu­die­ra ra su­po­ner un obs­tácu­lo en el ca­mino al trono de su hi­jo Eduar­do de West­mins­ter, ns­ter, Prín­ci­pe de Ga­les. Las ten­sio­nes en­tre las dos fac­cio­nes fue­ron en aumento has­ta que am­bos ban­dos se en­fren­ta­ron por pri­me­ra vez en el cam­po de ba­ta­lla de St. Al­bans en 1455. Aque­llo con­mo­cio­nó pro­fun­da­men­te a la no­ble­za de su tiem­po, que sen­tía que aque­llas ri­va­li­da­des se les es­ta­ban yen­do de las ma­nos. En la lu­cha, con­si­de­ra­da co­mo el ini­cio de la Gue­rra de las Ro­sas, mu­rie­ron va­rios de los lí­de­res Lan­cas­ter. En­ri­que VI vol­vió a per­der el jui­cio po­co des­pués de la ba­ta­lla. El triun­fo del du­que de York en ella ha­bía re­for­za­do su po­si­ción en la cor­te, por lo que no tu­vo pro­ble­mas en vol­ver a ocu­par la re­gen­cia. Tras ello se pro­cla­mó Lord Pro­tec­tor del Reino. La rei­na ca­da vez te­mía más al Du­que, por lo que de­ci­dió que era prio­ri­ta­rio li­brar­se de él an­tes de que se for­ta­le­cie­se. Pa­ra ello re­for­zó su alian­za con al­gu­nos de los no­bles afec­tos a su per­so­na. LA MANO DEL HA­CE­DOR DE RE­YES De nue­vo, En­ri­que VI re­co­bró el jui­cio. Mar­ga­ri­ta lo­gró en­ton­ces con­ven­cer­le de que apar­ta­se al du­que de la cor­te. El rey ce­dió a los de­seos de su es­po­sa y lo en­vió a Ir­lan­da ba­jo el pre­tex­to de pa­ci­fi­car una re­be­lión pe­ro con la in­ten­ción de mi­nar su in­fluen­cia política. La ar­bi­tra­rie­dad de la de­ci­sión con­du­jo las sim­pa­tías del pue­blo ha­cia la cau­sa del Du­que de York, mien­tras que En­ri­que La Gue­rra de l las Ro­sas re­ci­be su nom­bre por las in­sig­nias qu que los dos ban­dos con­ten­dien­tes lle­va­ban. Los Yo York y sus par­ti­da­rios po­sa­ban una ro­sa blan­ca, símb sím­bo­lo de luz, de pu­re­za y de Cris­to, tra­tan­do así de m ma­ni­fes­tar que su cau­sa con­ta­ba con el apo­yo di­vin di­vino. Por su par­te, los Lan­cas­ter por­ta­ban una ro­sa ro­ja. Di­chos sím­bo­los pa­sa­ron a for­mar par­te de la idio­sin­cra­sia cul­tu­ral in­gle­sa. La ro­sa blan­ca se con­vir­tió­conv en uno de los em­ble­mas de la re­gión de Yorks­hi Yorks­hi­re, te­rri­to­rio pa­tri­mo­nial de los York. La flor blan­ca volv vol­vió a te­ner un em­pleo po­lí­ti­co du­ran­te las gue­rras ja­co­bit ja­co­bi­tas, en las cua­les los par­ti­da­rios de los Estuardo las adop­ta­ron c co­mo em­ble­ma. Di­cho sím­bo­lo pa­só a ser na­cio­nal cuan­do las tro­pas­trop in­gle­sas que lu­cha­ban en la Gue­rra de los Sie­te Años re­co­gie­ro re­co­gie­ron flo­res de es­te co­lor en ho­nor a sus com­pa­ñe­ros caí­dos en la Ba­ta­lla de Min­den de 1759. No co­no­ce­mos cuá­les fue­ron las ra­zo­nes que lle­va­ron a Lan­cas­ter y York a adop­tar sus in­sig­nias. So­lo po­de­mos co­no­cer la le­gen­da­ria his­to­ria que nos re­la­ta Sha­kes­pea­re en su tra­ge­dia so­bre En­ri­que VI. En es­ta, el bar­do in­glés nos cuen­ta que los sím­bo­los fue­ron es­co­gi­dos du­ran­te una dis­cu­sión que tu­vo lu­gar en el jar­dín de la aba­día del Tem­ple, una igle­sia que aún se en­cuen­tra en pie en Lon­dres y que tras la caí­da en des­gra­cia de los tem­pla­rios pa­só a en­gro­sar el pa­tri­mo­nio real. Allí Plan­ta­ge­net —el fu­tu­ro du­que de York— dis­cu­tía con el du­que de So­mer­set so­bre si el pa­dre del pri­me­ro —acu­sa­do de traición du­ran­te el rei­na­do de En­ri­que V— fue eje­cu­ta­do acor­de a jus­ti­cia. PLAN­TA­GE­NET (Ri­car­do, du­que de York) "Co­mo se os tra­ba la len­gua y no ha­bláis, de­cid lo que pen­sáis por ges­tos mu­dos: quien sea un ca­ba­lle­ro bien na­ci­do y se aten­ga a la hon­ra de su cu­na, si es­ti­ma que yo he ex­pues­to la ver­dad, que arran­que de es­ta ma­ta, co­mo yo, una ro­sa blan­ca".

SO­MER­SET "Y quien no sea adu­la­dor ni vil co­bar­de y ose de­fen­der a la par­te de la ver­dad, que arran­que de es­te es­pino, co­mo yo, una ro­sa ro­ja".

WAR­WICK "…Y aho­ra pro­fe­ti­zo: es­ta ri­ña de hoy, tor­na­da en ban­de­ría en el jar­dín del Tem­ple, man­da­rá, en­tre la ro­sa ro­ja y la blan­ca, a la muer­te y a las som­bras a mil al­mas".

Sha­kes­pea­re.

En­ri­que VI,

Pri­me­ra par­te.

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