Ca­cha­rros

Clasicos Exclusivos - - OPINIÓN -

Siem­pre que ve­mos un vehícu­lo clá­si­co o an­ti­guo nos lo mi­ra­mos con afec­to y has­ta se nos di­bu­ja una son­ri­sa en la ca­ra mien­tras lo ad­mi­ra­mos. Y pa­ra es­to no ha de ser un mo­de­lo muy ra­ro o cos­to­so, ¡que va!, a mi eso me ocu­rre con un Mi­ni, un Seat 127, un R- 5, el VW 1300 ( el po­pu­lar es­ca­ra­ba­jo) o de­más mo­de­los coe­tá­neos de los se­ten­ta u ochen­ta, de los ca­da vez me­nos mo­de­los (pe­ro aún a ve­ces se pue­den ver cir­cu­lar por nues­tras ca­lles) con los que mi ge­ne­ra­ción se ha cria­do. Siem­pre que veo al­guno me vie­nen re­cuer­dos de ex­cur­sio­nes y sa­li­das con ellos.

Mi primer co­che fue un Mi­ni 1000 con más ti­ros que John Way­ne, que fui po­nien­do en or­den de mar­cha en el ta­ller de mi pa­dre. Yo creo que to­dos te­ne­mos bue­nos re­cuer­dos de nues­tro primer co­che, por muy tras­to que ha­ya si­do y por mu­chas ve­ces que nos ha­ya de­ja­do ti­ra­dos. Eran co­che­ci­tos con sen­ti­mien­tos y tes­ti­gos de mu­chas aven­tu­ras. Nos jun­tá­ba­mos unos ami­gos cual­quier sá­ba­do o domingo por la ma­ña­na, nos mon­tá­ba­mos en los co­ches y nos íba­mos de ex­cur­sión a don­de fue­ra: una pla­ya es­con­di­da, un río de pic­nic, a es­quiar... siem­pre con al­gu­na anéc­do­ta que con­tar, al­gu­nas en for­ma de ave­ría que allí mis­mo so­lía­mos sub­sa­nar de ma­ne­ra pro­vi­sio­nal. Nues­tros ca­cha­rri­tos tam­bién eran par­te del gru­po, eran nues­tros com­pa­ñe­ros. No quie­ro de­cir que los jó­ve­nes de aho­ra no dis­fru­ten con sus co­ches, pe­ro mi ge­ne­ra­ción go­zó de una po­li­cía de trá­fi­co y de una guar­dia ur­ba­na con mu­chos me­nos efec­ti­vos y mu­cho más la­xa que la de aho­ra, los ra­da­res y cá­ma­ras eran inexis­ten­tes, la ITV aún no se ha­bía ins­tau­ra­do del to­do... en fin, vien­do la co­yun­tu­ra de la épo­ca y las eda­des que te­nía­mos en el gru­po en el que yo me mo­vía (en­tre 16 y 19 años), el co­che, apar­te de un me­dio de trans­por­te, tam­bién era un ju­gue­te y como tal se usa­ba a ve­ces, ha­cien­do ca­rre­ras y su­fi­cien­tes im­pru­den­cias como pa­ra que los 15 pun­tos que hoy tie­ne un buen con­duc­tor no nos du­ra­sen ni una tar­de.

La par­te ne­ga­ti­va eran los ac­ci­den­tes de en­ton­ces. La se­gu­ri­dad de los co­ches de hoy no tie­ne na­da que ver con la de esos co­che­ci­tos, tan­to en se­gu­ri­dad pa­si­va como en ac­ti­va, por lo que hu­bo que la­men­tar una al­ta si­nies­tra­li­dad con con­se­cuen­cias mor­ta­les y trau­má­ti­cas mu­chas ve­ces.

Hoy en día las tec­no­lo­gías apli­ca­das en ma­te­ria de se­gu­ri­dad, unas ca­rre­te­ras más se­gu­ras y una ad­mi­nis­tra­ción con mu­cho afán de re­cau­da­ción han pro­pi­cia­do que el nú­me­ro de ac­ci­den­tes con víc­ti­mas ha­ya dis­mi­nui­do mu­chí­si­mo, aun­que el nú­me­ro de vehícu­los que cir­cu­lan por nues­tras ca­rre­te­ras se ha mul­ti­pli­ca­do por 10, ya que cir­cu­la­mos con más pru­den­cia, so­mos más cons­cien­tes y te­ne­mos un po­qui­to de res­pe­to (por no de­cir mie­do) a los ra­da­res, cá­ma­ras y po­li­cías va­rias.

Las ave­rías, muy nu­me­ro­sas an­ta­ño, eran de lo más va­ria­das, de he­cho mu­chas de ellas las so­lu­cio­ná­ba­mos “in si­tu”, como cuan­do se pe­ga­ban los pla­ti­nos, o se em­bo­za­ban los chi­cles, o se rom­pía al­gu­na co­rrea de ser­vi­cios, se fun­día al­gún fu­si­ble… es­tos au­tos eran muy fá­ci­les de re­pa­rar, sus me­cá­ni­cas eran sencillas y su ac­ce­si­bi­li­dad era real­men­te bue­na si la com­pa­ra­mos con un co­che de aho­ra. De acuer­do, hoy es muy ra­ro que un co­che nos de­je ti­ra­dos ( siem­pre y cuan­do es­te man­te­ni­do y mí­ni­ma­men­te cui­da­do), pe­ro si és­te se pa­ra, no hay ca­si na­da que se pue­da ha­cer en ca­rre­te­ra, ya que hoy en día los co­ches son or­de­na­do­res con rue­das. No lle­van un dis­tri­bui­dor con pla­ti­nos; lle­van sis­te­mas de en­cen­di­do di­gi­ta­li­za­dos y co­man­da­dos por la uni­dad de man­do; no lle­van un car­bu­ra­dor; lle­van sis­te­mas de in­yec­ción y de re­cir­cu­la­ción de ga­ses tam­bién co­man­da­dos por la uni­dad de man­do; en la ma­yo­ría cam­biar una co­rrea es una odi­sea que se de­be ha­cer en ta­ller; en al­gu­nos mo­de­los ac­tua­les pa­ra cam­biar una bom­bi­lla hay que des­mon­tar el fa­ro y pa­ra sa­car és­te hay que ex­traer el pa­ra­gol­pes. Hoy en día los co­ches es­tán di­se­ña­dos pa­ra que el usua­rio se li­mi­te a ma­ni­pu­lar los man­dos que ten­ga a su al­can­ce en el sal­pi­ca­de­ro, le pon­ga com­bus­ti­ble y po­ca co­sa más. Lue­go no es de ex­tra­ñar que, ca­da vez que veo un co­che de los de an­tes, me gi­re y lo mi­re y re­mi­re con nos­tal­gia.

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