Car­ta

Conde Nast Traveler (Spain) - - CONTENIDOS - Da­vid Mo­ra­le­jo, director. @dmo­ra­le­jo

Por aquí, sí. Por es­tas pá­gi­nas. Na­da y no pa­res. Tie­nes el ve­rano en­tre las ma­nos y en Condé Nast Tra­ve­ler que­re­mos que te em­pa­pes de él, por eso lo he­mos inun­da­do de azu­les en­tre ho­te­les a pie de mar, acan­ti­la­dos de mi­ra quién sal­ta y pis­ci­nas wow de esas que, cuan­do lle­gas a des­tino, te obli­gan a du­dar en­tre qué ha­cer pri­me­ro, si el check in o el bom­ba va. Haz lo se­gun­do; cá­la­te. Pe­ro, y aquí de­be­mos mo­jar­nos de ver­dad, cui­da del des­tino que eli­jas co­mo si fue­ra tu­yo... por­que lo es. En es­tas mis­mas pá­gi­nas con­ta­mos que ca­da año lle­gan a nues­tros ma­res nue­ve mi­llo­nes de to­ne­la­das de re­si­duos, es­pe­luz­nan­te ci­fra que no ha­ce sino dis­pa­rar otra peor aún, esas cien to­ne­la­das que ya flo­tan sin freno. Re­cien­te­men­te nos desa­yu­na­mos con la no­ti­cia –me­jor di­cho, el bo­fe­tón– de la ballena pi­lo­to que mu­rió en Tai­lan­dia aho­ga­da por los ocho ki­los de bol­sas de plás­ti­co que ato­ra­ban su es­tó­ma­go, y en Condé Nast ya he­mos de­ci­di­do evi­tar el uso de bo­te­llas de agua de plás­ti­co y mi­ni­mi­zar to­do lo po­si­ble el im­pac­to de los re­si­duos no bio­de­gra­da­bles en nues­tro con­su­mo dia­rio. Por­que la culpa es tu­ya. Y mía. De to­dos. Por eso, y no pre­ten­do ir de me­sías, re­cuer­do con ca­ri­ño aquel ve­rano en el que mi bue­na ami­ga Paz y yo, abu­rri­dos del chi­rin­gui­to ibi­cen­co en el que los de­más ses­tea­ban, nos pu­si­mos a ba­rrer la pla­ya en su sen­ti­do más li­te­ral. Co­li­llas, la­tas, vi­drios... de to­do en­con­tra­mos y to­do lo re­co­gi­mos mien­tras al­gu­nos nos mi­ra­ban con ca­ra de “pa­ra qué per­de­rán el tiem­po esos dos... si ma­ña­na es­ta­rá igual”. No, ma­ña­na es­ta­rá peor. A no ser que to­dos nos con­cien­cie­mos y en el pa­seí­to por la are­na, ese que bron­cea, fi­ja y da es­plen­dor –o por la mon­ta­ña, lo mis­mo da– va­ya­mos bol­sa en mano y bien aten­tos pa­ra no es­qui­var la reali­dad. Pa­ra no ob­viar­la.

Di­cho es­to, el ve­rano es­tá, có­mo no, pa­ra dis­fru­tar­lo. Pa­ra ima­gi­nar que al fi­nal del cuento de Roh­mer apa­re­ces tú pa­sean­do por Di­nard con un jer­sey de ra­yas ma­ri­ne­ras por­que Bre­ta­ña es lo que tie­ne, ve­ra­nos de jer­sey. O pa­ra cru­zar a Pa­na­má y dar­te un bro­cha­zo de co­lor en el cas­co vie­jo de la ca­pi­tal, ese que ca­da día tie­ne al­go nue­vo que con­tar más allá de los ras­ca­cie­los y un Ca­nal que siem­pre ro­ba plano. O pa­ra ir al Et­na y com­pro­bar que el fue­go del vol­cán no só­lo avi­va las fra­guas de He­fes­to, azu­za­das por gi­gan­tes y cí­clo­pes, sino que da su ra­zón de exis­tir a to­da una comunidad de ar­te­sa­nos. Y sí, tam­bién nos atre­ve­mos a rom­per el ta­bú de Be­ni­dorm con un aná­li­sis de su ur­ba­nis­mo y va­lor ar­qui­tec­tó­ni­co más allá del kitsch (o no); a re­crear, o al me­nos in­ten­tar­lo, la ju­ga­da de un Mó­na­co que ayer tu­vo y hoy re­tie­ne; a guiar­te por Bos­ton pa­ra que, cuan­do a la vuel­ta te pre­gun­ten qué has vis­to, suel­tes un

speech digno de Har­vard. Aho­ra co­rre, que hoy mis­mo co­mien­za el me­jor ve­rano de tu vi­da. To­do por aquí.

De iz­da. a dcha., ho­tel Martínez, en Can­nes; pla­ya de Ba­kio, en Biz­kaia; co­mi­da en la isla de Sain­te Mar­gue­ri­te; res­tau­ran­te del Hô­tel de Be­rri, en Pa­rís, con frescos de Hip­poly­te Ro­main.

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