SELF MA­DE. Ve­nus Wi­lliams ha­bla de su fa­ce­ta de em­pre­sa­ria.

La te­nis­ta com­bi­na su pa­sión por el de­por­te con el di­se­ño de mo­da. * VE­NUS WI­LLIAMS es la fun­da­do­ra de la mar­ca Ele­Ven.

Cosmopolitan España - - Sumario -

Ade­más de ga­nar 11 tor­neos Wim­ble­don y de ser un re­fe­ren­te in­dis­cu­ti­ble del te­nis fe­me­nino en el mun­do, Ve­nus Wi­lliams (Ca­li­for­nia, 1980) se ha con­ver­ti­do en una bu­si­ness wo­man: es­tá de­trás de la fir­ma de ro­pa de­por­ti­va Ele­Ven by Ve­nus Wi­lliams y ha fun­da­do V Starr In­te­riors, un es­tu­dio de di­se­ño de in­te­rio­res. Un lar­go y di­ver­so cu­rrí­cu­lum que de­mues­tra que si quie­res, pue­des. La aho­ra em­pre­sa­ria te cuen­ta có­mo cum­plir tus sue­ños. El pri­mer pa­so es no ren­dir­te nun­ca. Y fun­cio­na.

* ¿Dón­de me pue­do for­mar si quie­ro crear una fir­ma de mo­da?

Si em­pie­zas un negocio des­de ce­ro, es­tás obli­ga­da a ha­cer mil co­sas, así que de­be­rás apren­der rá­pi­do. Pe­ro pre­pa­rar­te no sig­ni­fi­ca ir a la uni­ver­si­dad: se tra­ta de sa­lir a la ca­lle y co­no­cer a gen­te, leer to­do lo que pue­das y com­pren­der có­mo otros di­rec­ti­vos ma­ne­jan sus em­pre­sas. En un par­ti­do de te­nis, si pier­do es co­sa mía, pe­ro aquí es­tá en jue­go el sus­ten­to de mis em­plea­dos. Aho­ra siem­pre ten­go un plan b, y en cuan­to de­tec­to que al­gu­na co­sa no es­tá fun­cio­nan­do, la cam­bio y si­go avan­zan­do.

* Siem­pre es im­por­tan­te te­ner un apo­yo. ¿Dón­de hay que bus­car­lo?

Pa­ra mí, eso de per­der el tiem­po o ser va­ga no exis­tió nun­ca, ni de pe­que­ña. Co­noz­co el po­der del tra­ba­jo du­ro. La fi­lo­so­fía de mi pa­dre era: «Si quie­res al­go, en­cuen­tra la ma­ne­ra de ha­cer­lo». Cuan­do ini­cias una ta­rea, qui­zás no se­pas có­mo aca­ba­rás, pe­ro tie­nes que dar el pa­so. Me in­cul­ca­ron se­gu­ri­dad. En ca­sa me de­cían que po­dría ha­cer cual­quier co­sa, así que les creí. Por eso de­bes ser tu ma­yor ani­ma­do­ra, y si no lo eres, tie­nes que fin­gir­lo y de­cír­te­lo a ti mis­ma. Bien al­to. Re­pí­te­te una y otra vez que tú pue­des. To­do el mun­do de­be­ría ha­blar­se y mo­ti­var­se.

* ¿Qué lec­ción has apren­di­do que pue­da ser­vir de ayu­da a otras jó­ve­nes?

Fra­ca­sar no es ma­lo, es una opor­tu­ni­dad pa­ra mi­rar­te a ti mis­ma y ver qué ha fa­lla­do. Y no de­bes bus­car cul­pa­bles. Pue­des equi­vo­car­te una y otra vez, de mil ma­ne­ras, y eso es acep­ta­ble siem­pre que apren­das de ello. Des­pués de un par­ti­do, lo eva­lúo to­do: cuál era mi es­ta­do men­tal o si co­me­tí fa­llos téc­ni­cos, y a par­tir de ahí tra­ba­jo aún más du­ro. Lo uti­li­zo co­mo una ga­so­li­na, por­que si pier­do, me en­fa­do mu­cho.

* Un tru­co pa­ra su­pe­rar­se día a día...

Ca­da ma­ña­na tie­nes que le­van­tar­te y sa­lir de la ca­ma, así que, ¿por qué no ha­cer­lo lo me­jor po­si­ble? Mi her­ma­na Se­re­na di­ce que no va­le con es­tar ahí: hay que com­pe­tir. Odio las reunio­nes y los emails. Ni si­quie­ra me va el car­dio… ¡due­le! Pe­ro to­dos te­ne­mos que ha­cer co­sas que no nos gus­tan y cuan­do ter­mi­nas, te sien­tes ge­nial. Y por lo me­nos, así pue­do mi­rar­me al es­pe­jo y de­cir: «No lo he lo­gra­do, pe­ro lo di to­do». La co­mo­di­dad no va­le. Si es­tás có­mo­da, sim­ple­men­te eres una flo­ja.

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