SETH

El au­tor ca­na­dien­se aca­ba de pre­sen­tar «Ven­ti­la­do­res Cly­de», la que pro­ba­ble­men­te sea la obra de­fi­ni­ti­va de su ca­rre­ra

ABC - Cultural - - LIBROS - MA­NUEL MU­ÑIZ

l pro­pio Seth afir­ma que Ven­ti­la­do­res Cly­de ( pu­bli­ca­da re­cien­te­men­te por Sa­la­man­dra Grap­hic) es la no­ve­la grá­fi­ca que de­fi­ni­rá su ca­rre­ra. Una afir­ma­ción de pe­so, te­nien­do en cuen­ta que Seth –pseu­dó­ni­mo de Gre­gory Ga­llant (Clin­ton, Ca­na­dá, 1962)– es­ta­ba ya con­si­de­ra­do co­mo uno de los au­to­res de có­mic más in­flu­yen­tes del mun­do. Pe­ro es cier­to que su es­ti­lo que­da per­fec­ta­men­te de­fi­ni­do en es­te es­plén­di­do vo­lu­men que ha tar­da­do 20 años en fi­na­li­zar: la his­to­ria de dos her­ma­nos –el apo­ca­do Si­mon y el amar­ga­do Abe, he­re­de­ros de la em­pre­sa que da tí­tu­lo al có­mic– na­rra­da a lo lar­go de va­rias dé­ca­das, « un li­bro deprimente acer­ca de per­so­na­jes so­li­ta­rios, ha­bi­ta­cio­nes po­co ilu­mi­na­das y una vi­sión de un más allá en el que uno se pa­sa­rá la eter­ni­dad có­mo­da­men­te es­con­di­do de­ba­jo de una ro­ca», en pa­la­bras del pro­pio au­tor.

E–Mi vi­da es bas­tan­te re­traí­da, me pa­so la ma­yor par­te del tiem­po en mi es­tu­dio. Es cu­rio­so, no soy una per­so­na tí­mi­da, en reali­dad soy una per­so­na muy abier­ta. Pe­ro eso no quie­re de­cir que me gus­te es­tar ahí fue­ra, en el mun­do. Cuan­do es­tás con otra gen­te te ves re­fle­ja­do en có­mo te com­por­tas con los de­más. Es en­ton­ces cuan­do em­pie­zas a sen­tir­te in­se­gu­ro.

–Me cues­ta ima­gi­nar ha­cer un có­mic con mu­chos per­so­na­jes, siem­pre se­rán uno o dos. Y creo que eso se de­be so­bre to­do a có­mo fue mi in­fan­cia: mi fa­mi­lia éra­mos so­lo yo, mi pa­dre y mi ma­dre, un gru­pi­to ex­tra­ño y muy uni­do. No te­nían ami­gos. Na­die ve­nía nun­ca a ca­sa. Y ese pe­que­ño mun­do creo que ha da­do for­ma a lo que yo pien­so que es una his­to­ria. –No me gus­ta la pa­la­bra «nos­tál­gi­co» y es ver­dad que me lo lla­man a me­nu­do. Soy una per­so­na nos­tál­gi­ca, es cier­to, pe­ro no creo que mis có­mics lo sean. Creo que tra­tan de la me­mo­ria, pe­ro no me pue­do ima­gi­nar a na­die le­yen­do Ven­ti­la­do­res Cly­de y pen­san­do que es un li­bro acer­ca de lo ma­ra­vi­llo­so que es el pa­sa­do. Se tra­ta más de per­so­na­jes con­cre­tos y su re­la­ción con los re­cuer­dos. Me gus­ta si­tuar mis his­to­rias en de­ter­mi­na­dos pe­rio­dos de tiem­po, por­que son los que me gus­ta di­bu­jar. Es­té­ti­ca­men­te sien­to mu­cho ca­ri­ño por la pri­me­ra mi­tad del si­glo XX, pe­ro no me gus­ta­ría vi­vir en esa épo­ca. Siem­pre di­go que in­tere­sar­te por el pa­sa­do, o ves­tir al es­ti­lo del pa­sa­do, tie­ne más que ver con re­cha­zar el pre­sen­te. Real­men­te, en lo que siem­pre es­toy pen­san­do es en la me­mo­ria, creo que ese es el ele­men­to esen­cial de mi obra.

–¿Con los años sien­te más y más ten­ta­ción de es­con­der­se?

–¿Cuán­do de­ci­dió que que­ría ha­cer his­to­rias so­bre ese mun­do so­li­ta­rio y no so­bre su la­do más so­cia­ble?

–Mu­chos le lla­man nos­tál­gi­co, pe­ro per­so­nal­men­te no creo que sea la pa­la­bra ade­cua­da.

–Cier­to. Eso es tam­bién lo que es­toy ha­cien­do con mi pro­pia vi­da. Y es al­go que ca­da vez me in­tere­sa más cuan­do mi­ro el tra­ba­jo de otros au­to­res: qué ti­po de mun­do es­ta­ban crean­do. Ten­go una lis­ta de quin­ce o vein­te au­to­res fa­vo­ri­tos, por­que crean mun­dos es­pe­cia­les pa­ra ellos mis­mos que son fas­ci­nan­tes. Crear un mun­do en el que vi­vir te pue­de man­te­ner vi­vo. –Creo que tie­ne que ver con que soy un co­lec­cio­nis­ta. Es co­mo ser ca­paz de co­ger al­go que te gus­ta y guar­dar­lo ba­jo un cris­tal. Do­mi­ni­on es un pro­yec­to mu­cho más com­pli­ca­do de lo PRE­CI­SIÓN. que la gen­te cree, gran par­te del tra­ba­jo no lo ha vis­to na­die más que yo. Ten­go li­bre­tas de tra­ba­jo en las que po­co a po­co voy crean­do la His­to­ria de la ciu­dad. Qui­zá al­gún día las pu­bli­que, pe­ro se­ría ra­ro que al­guien las le­ye­se, por­que son sim­ple­men­te no­tas so­bre ne­go­cios, ca­lles, he­chos y per­so­na­jes his­tó­ri­cos, etc. El ver­da­de­ro pro­pó­si­to es cons­truir ese mun­do in­te­rior. Hay al­go de fas­ci­nan­te en la idea de te­ner una ex­pe­rien­cia in­te­rior de­ta­lla­da que es so­lo pa­ra ti. Cuan­do me tum­bo en la ca­ma por las no­ches y pien­so en co­sas, a ve­ces voy a Do­mi­ni­on y ca­mino por ella, pien­so en las ca­lles, cons­tru­yo ideas. –Des­de que em­pe­cé el li­bro que­ría que ca­da ca­pí­tu­lo tu­vie­se un en­fo­que muy di­fe­ren­te: el pri­me­ro es un mo­nó­lo­go, el se­gun­do tie­ne un es­ti­lo más na­tu­ra–Creo que son al­go dis­tin­to. Son muy di­fe­ren­tes a una no­ve­la en pro­sa, igual que lo son a una pe­lí­cu­la. Los có­mics tie­nen un len­gua­je muy úni­co. Creo que es­tán más cer­ca­nos a la no­ve­la que al ci­ne. Mu­cha gen­te cree­ría lo con­tra­rio, por­que tra­ba­jas con imá­ge­nes y a ve­ces de­jas que es­tas cuen­ten la his­to­ria. Pe­ro creo que la di­fe­ren­cia esen­cial es que el ci­ne se ba­sa en el mo­vi­mien­to y el tiem­po, mien­tras que el có­mic, co­mo la no­ve­la, usa sím­bo­los. Si ves una ca­sa y un per­so­na­je ca­mi­nan­do es co­mo es­cri­bir «ca­sa» y «ca­mi­nar», por­que lo que ha­ce es crear en tu men­te la ima­gen de eso. Hay có­mics en los que los au­to­res ha­cen cua­dros muy com­pli­ca­dos, muy rea­lis­tas, pe­ro no creo que esos sean bue­nos có­mics. No creo que se pue­da cap­tu­rar la reali­dad en los di­bu­jos de un có­mic, lo que pue­des cap­tu­rar es el re­cuer­do de la reali­dad. Así que, pa­ra mí, es co­mo si es­tu­vie­ras cons­tru­yen­do un len­gua­je sim­bó­li­co usan­do di­se­ño grá­fi­co y pa­la­bras. –No me veo ha­cien­do un có­mic de la mis­ma ma­ne­ra nun­ca más. Fue un error. Pe­ro aho­ra es­toy tra­ba­jan­do en una es­pe­cie de li­bro de me­mo­rias en un es­ti­lo mu­cho más de bo­ce­to: te­nía pla­nea­do que fue­sen unas 80 pá­gi­nas y ya va por 150. Y po­dría fá­cil­men­te ha­cer otras 150 y lle­var­me otros tres o cua­tro años. Pe­ro lo es­toy ha­cien­do de una for­ma mu­cho más sen­ci­lla y re­la­ja­da. Sé que si pen­sa­se en otro li­bro de 400 pá­gi­nas muy de­ta­lla­do y pla­ni­fi­ca­do, pro­ba­ble­men­te no lo ha­ría.

–En su ca­so, ese mun­do es Do­mi­ni­on, una pe­que­ña ciu­dad de On­ta­rio, no muy dis­tin­ta a don­de vi­ve. ¿Por qué crear­se un mun­do tan pa­re­ci­do al real?

– Vol­vien­do a «Ven­ti­la­do­res Cly­de » , es una his­to­ria muy com­ple­ja es­truc­tu­ral­men­te.

–Lla­ma a «Ven­ti­la­do­res Cly­de» «no­ve­la en imá­ge­nes». ¿Con­si­de­ra que los có­mics son una for­ma de li­te­ra­tu­ra?

–Tras ter­mi­nar es­te pro­yec­to de 20 años, ha di­cho que va a ser su úl­ti­mo có­mic lar­go.

Seth, siem­pre ves­ti­do de pun­ta en blan­co. Has­ta con 30 gra­dos a la som­bra ISA­BEL PERMUY

–La me­mo­ria y qui­zá tam­bién –co­mo ha­ce el per­so­na­je de Si­mon– crear­se un mun­do apar­te del mun­do, ¿ver­dad? A la de­re­cha, una pá­gi­na de «Ven­ti­la­do­res Cly­de» que ejem­pli­fi­ca el di­bu­jo sen­ci­llo, pe­ro tre­men­da­men­te lim­pio y pre­ci­so, que ca­rac­te­ri­za a Seth

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