Joaquin Phoe­nix

Dapper - - SUMARIO -

Lo pi­lla­mos de buen hu­mor y nos ha­bla de ‘No te preo­cu­pes, no lle­ga­rá le­jos a pie’, la úl­ti­ma cin­ta de Gus Van Sant

Ci­tan­do a Fo­rrest Gump… una en­tre­vis­ta con Joaquin Phoe­nix es co­mo una ca­ja de bom­bo­nes, nun­ca sa­bes lo que te va a to­car… Hay días bue­nos y ma­los con él. En­cuen­tros en­fa­da­dos. Ra­tos en los que no abri­rá la bo­ca, qui­zá ni se qui­te las ga­fas de sol. Y otros, co­mo es­te aquí trans­cri­to, ocu­rri­do tras la pre­sen­ta­ción en el Fes­ti­val de Ber­lín de su pró­xi­ma pe­lí­cu­la, No

te preo­cu­pes, no lle­ga­rá le­jos a pie, de Gus Van Sant, en los que ha­bla lar­go y ten­di­do. ¿De qué de­pen­de? Unos di­rán que son las dis­tan­cias cor­tas. Lo que me­nos le gus­ta a Phoe­nix son las rue­das de pren­sa. Eso es cier­to. Cuan­ta me­nos gen­te ten­ga de­lan­te, más có­mo­do se sen­ti­rá. De he­cho, aquí em­pe­zó por dis­cul­par­se, a su ma­ne­ra.

“¿Es­ta­bas en la rue­da de pren­sa es­ta ma­ña­na? ¿Quién va a las rue­das de pren­sa? ¿Hay un ti­po de pe­rio­dis­ta que so­lo va a rue­das de pren­sa? –se ríe–. Yo no pue­do evi­tar­lo. En las rue­das de pren­sa me sien­to siem­pre co­mo en un show. Me sien­to ahí y veo a to­da esa gen­te cam­bian­do de sitio. Uno en­fa­da­do con otro por­que le ha ro­ba­do el sitio. Co­mo si sin­tie­ra que su pu­bli­ca­ción es mu­cho más im­por­tan­te y me­re­ce la pri­me­ra fi­la. Es una lo­cu­ra. Des­pués de 25 años ha­cien­do es­to, pen­sé que me acos­tum­bra­ría, pe­ro no. Gus [Van Sant, el di­rec­tor] po­día ha­blar tran­qui­la­men­te, pe­ro yo no. Oja­lá pu­die­ra. Sé que la gen­te pien­sa que es­toy en­fa­da­do, pe­ro sim­ple­men­te pre­fe­ri­ría es­tar en otro lu­gar, no por­que pien­se que son ma­las pre­gun­tas. Pe­ro me sien­to co­mo si tu­vie­ra que ha­cer un pa­pel, y no me sa­le. Soy su­per­sen­si­ble y me doy cuen­ta de to­do lo que pa­sa en la sa­la, me dis­trai­go y me sien­to in­có­mo­do”.

¿Por eso no le gus­tan los fes­ti­va­les o las rue­das de pren­sa? Su pre­sen­cia en ellos siem­pre crea no­ti­cias.

Has­ta es­te año en Ber­lín no en­ten­día por qué na­ri­ces le gus­ta­ba a la gen­te ir a los fes­ti­va­les de ci­ne, por­que pa­ra mí siem­pre son ir a una ciu­dad y me­ter­me en un ho­tel a ha­cer en­tre­vis­tas. Pe­ro en Ber­lín acom­pa­ñé a Gus a un en­cuen­tro con es­tu­dian- tes a ha­blar de No te preo­cu­pes, no lle­ga­rá

le­jos a pie y del res­to de su ci­ne y fue muy bo­ni­to. Y lue­go vol­ví al ho­tel a que me hi­cie­ran fo­tos y en­tre­vis­tas [se ríe].

Ha­ce unos años en la pro­mo­ción do­ble que hi­zo en su rein­ser­ción en Holly­wood, con Pu­ro vi­cio y Her, era mu­cho más di­rec­to y frío: “Siem­pre pen­sé que ser ac­tor es ac­tuar, so­lo ac­tuar. Y cuan­do vas cre­cien­do te das cuen­ta de que tam­bién tie­nes que ser una ma­rio­ne­ta. Yo no dis­fru­to las al­fom­bras ro­jas y esas co­sas, no me con­ver­tí en ac­tor pa­ra eso, ni creo que na­die lo ha­ya he­cho”. Com­pa­ra­do con en­ton­ces, hoy es­tá mu­cho más re­la­ja­do y sa­be su lu­gar. Joaquin Phoe­nix tie­ne un buen día.

¿Le en­can­tan las pro­mo­cio­nes, no?

[Se ríe an­te la iro­nía] Es so­lo que… me sien­to mal por ellos (pe­rio­dis­tas/fo­tó­gra­fos). En los pho­to­calls, por ejem­plo, me­ten a los fo­tó­gra­fos ape­lo­to­na­dos en una sa­la a es­pe­rar­nos du­ran­te no sa­ben ni cuán­to tiem­po. Ellos es­tán ahí pa­ra ha­cer sus fo­tos. Y en­tien­des su en­fa­do en plan: “Lle­vo aquí 30 mi­nu­tos es­pe­ran­do, mira aquí”. Pe­ro cuan­do es­tás en el otro la­do, lo que ves son 60 per­so­nas gri­tán­do­te. Jus­to le de­cía hoy a Gus: “Al­guien tie­ne que en­con­trar otra for­ma de que es­to sea más có­mo­do pa­ra to­dos, por­que pa­ra los fo­tó­gra­fos tam­po­co es la si­tua­ción ideal”.

Pe­ro ya le tie­nen que gus­tar los fes­ti­va­les: el año pa­sa­do ga­nó el Pre­mio a Me­jor Ac­tor en Can­nes. ¿Los pre­mios no le im­por­tan?

No es que no me im­por­ten… Pe­ro ten­go una for­ma te­rri­ble de ver­lo… Soy tan cí­ni­co que, cuan­do me di­cen que ga­né en Can­nes, pien­so que de­bió de ser un año de muy ma­las pe­lí­cu­las. Ese es el pri­mer pen­sa­mien­to que me vie­ne. Es im­po­si­ble que me dé por pen­sar: “Ah, qui­zá he he­cho un buen tra­ba­jo”. O: “Es­te ju­ra­do de gen­te cu­yo tra­ba­jo ad­mi­ro y res­pe­to han va­lo­ra­do mi tra­ba­jo”. Si hi­cie­ra eso en­se­gui­da me re­ga­ña­ría a mí mis­mo por pen­sar así.

“SOY TAN CÍ­NI­CO QUE, CUAN­DO ME DI­CEN QUE GA­NÉ EN CAN­NES, PIEN­SO QUE DE­BIÓ DE SER UN AÑO DE MUY MA­LAS PE­LÍ­CU­LAS”

Eso sig­ni­fi­ca que me es­toy ha­cien­do viejo y to­do mi tra­ba­jo em­pe­za­ría a ser as­que­ro­so. En­ton­ces vuel­vo a ser du­ro con­mi­go mis­mo y a de­cir­me que ten­go que tra­ba­jar muy du­ro. Así fun­cio­na mi ce­re­bro.

Aun así, en­tre su fil­mo­gra­fía, hay gran­des pe­lí­cu­las. Sus elec­cio­nes se­rán cons­cien­tes.

Sí, eso in­ten­to. Pe­ro, sin­ce­ra­men­te, no pue­do ex­pli­car por qué ha­go las pe­lí­cu­las que ha­go, más allá de que me de­jo guiar por el di­rec­tor. Es más bien un sen­ti­mien­to que me lle­va por de­lan­te. Leo al­go y pien­so: “Ten­go que ha­cer­lo, ten­go que vi­vir es­ta ex­pe­rien­cia”. Pue­de que sea al­go nue­vo pa­ra mí o pue­de que no sea tan nue­vo. No pien­so en si va a ser bue­na o en si al­guien va a ir a ver­la. Es so­lo la ne­ce­si­dad de vi­vir esa ex­pe­rien­cia.

¿Se sien­te de­cep­cio­na­do cuan­do ve des­pués sus pe­lí­cu­las, aun­que la ex­pe­rien­cia fue­ra bue­na?

Siem­pre es de­cep­cio­nan­te. No he vis­to una pe­lí­cu­la mía des­de ha­ce mu­cho tiem­po por­que nun­ca es co­mo lo que vi­ví ha­cién­do­la. Nun­ca. Tam­po­co he vis­to No te preo­cu­pes, no lle­ga­rá le­jos a pie.

¿Qué sin­tió cuan­do le­yó ese guion? ¿Por qué qui­so vi­vir la ex­pe­rien­cia de es­ta pe­lí­cu­la en la que se pa­sa la mi­tad del tiem­po con­fi­na­do a una si­lla de rue­das?

El hu­mor era al­go nue­vo por mí. Cuen­ta al­go te­rri­ble [in­ter­pre­ta al di­bu­jan­te có­mi­co John Ca­llahan, que se que­dó te­tra­plé­ji­co en un ac­ci­den­te de co­che], y aun así tie­nes que en­con­trar una for­ma de ver el hu­mor en al­go así. No ver­lo so­lo co­mo al­go trá­gi­co, sino es­pe­ran­za­dor, co­mo un ca­ta­li­za­dor pa­ra su gran crea­ti­vi­dad.

¿Y có­mo fue la ex­pe­rien­cia de ro­dar en una si­lla de rue­das y no po­der mo­ver su cuer­po?

Bueno, John se mo­vía de otra for­ma, es­ta­ba en cons­tan­te mo­vi­mien­to. Su for­ma de di­ver­tir­se, por ejem­plo, era ir a to­da ve­lo­ci­dad con su si­lla eléc­tri­ca por las ca­lles de Portland. Fui a Ran­cho Los Ami­gos, el hos­pi­tal de reha­bi­li­ta­ción don­de es­tu­vo él y, al ver ví­deos de él y de otros en­fer­mos con la di­rec­to­ra de te­ra­pia ocu­pa­cio­nal del cen­tro, me sor­pren­dió ver có­mo reac­cio­na­ban. Y me ex­pli­có que in­ten­ta­ban evi­tar los do­lo­res de pa­sar tan­to tiem­po pos­tra­dos en la ca­ma. Yo pen­sa­ba que no sen­tían do­lor en la par­te del cuer­po in­mó­vil y me ex­pli­có que sí, que el do­lor en­cuen­tra su for­ma de sa­lir. Aque­lla con­ver­sa­ción fue cla­ve pa­ra mí, pa­ra en­ten­der el mo­vi­mien­to de John en la si­lla, siem­pre in­ten­tan­do evi­tar ese do­lor cons­tan­te.

Ha di­cho que, en reali­dad, la dis­ca­pa­ci­dad de Ca­llahan era su adic­ción al al­cohol.

Sí, eso creo. Él lo vio así, y cuan­do la su­peró des­blo­queó las puer­tas de su crea­ti­vi­dad. Por­que él ha­bía di­bu­ja­do de jo­ven, pe­ro lue­go ca­yó en es­ta es­pi­ral de au­to­des­truc­ción y pa­ró. Des­pués em­pie­za su pe­rio­do so­brio y una no­che em­pe­zó a di­bu­jar sin po­der pa­rar. No sé cuál es tu pro­ce­so cuan­do es­cri­bes, pe­ro yo sí sé a qué se re­fie­re, cuan­do se te ocu­rre al­go, que ca­si te sa­le del cuer­po, de ma­ne­ra in­cons­cien­te. En esos mo­men­tos, se te olvida el do­lor, o tus preo­cu­pa­cio­nes y ob­se­sio­nes. Te de­jas lle­var por ese flu­jo de crea­ti­vi­dad y to­do lo de­más des­apa­re­ce. Al me­nos, eso es lo que me pa­sa a mí. Es un mo­men­to de li­be­ra­ción.

Es­ta pe­lí­cu­la es su re­en­cuen­tro con Gus Van Sant, des­pués de

To­do por un sue­ño (1995), que tam­bién di­ri­gió a su her­mano en su pe­lí­cu­la más fa­mo­sa, Mi Idaho pri­va­do.

¿Fue más es­pe­cial por eso?

En aque­lla pe­lí­cu­la te­nía 19 años, y fue la pri­me­ra des­pués de cua­tro años pa­ra­do. Gus fue mi pri­mer di­rec­tor co­mo ac­tor adul­to. Has­ta ese mo­men­to, to­do el mun­do era: “Pon­te ahí, la luz, di es­to”. Pe­ro Gus, no. Gus me enseñó a no se­guir el guion al pie de la le­tra si no lo sen­tía así. Me abrió un mun­do. Aque­lla pe­lí­cu­la me cam­bió co­mo ac­tor y me ha­cía mu­cha ilu­sión vol­ver a tra­ba­jar con él. Lo ha­bía­mos in­ten­ta­do an­tes pe­ro no sa­lió.

Co­mo ac­tor, con la ca­pa­ci­dad de lle­gar a mi­llo­nes de per­so­nas, tie­ne el po­der de arro­jar luz so­bre de­ter­mi­na­das per­so­nas o pro­ble­mas. ¿Se plan­tea es­to cuan­do eli­ge per­so­na­jes?

A ve­ces, sí, quie­res, y, a ve­ces, so­lo lo ha­ces co­mo un via­je per­so­nal. En ge­ne­ral, odio las pe­lí­cu­las evan­ge­li­za­do­ras. Si es­tás ha­cien­do un tra­ba­jo que te ins­pi­ra y emo­cio­na, si lo ha­ces bien, qui­zá afec­te a otras per­so­nas, les ha­ga ver el mun­do de otra for­ma. Pe­ro no es­toy en la po­si­ción de de­cir­le a nin­gún idio­ta lo que de­be­ría ha­cer con su vi­da. Mi tra­ba­jo no es en­se­ñar na­da a na­die. Pe­ro ha­go es­tas pe­lí­cu­las, son co­sas que me in­tere­san y qui­zá le in­tere­sen a otros y los ins­pi­ren. Es to­do lo que pue­do ha­cer.

¿Có­mo es­tá vi­vien­do el mo­vi­mien­to #MeToo? En su ca­so, ha tra­ba­ja­do con nom­bres de los que han sa­li­do acu­sa­dos, Woody Allen, Ca­sey Af­fleck…

No voy a ha­blar de na­die en par­ti­cu­lar. Pe­ro creo que el mo­vi­mien­to es­tá cen­tra­do en bus­car jus­ti­cia y eso es muy im­por­tan­te en cual­quier as­pec­to de la vi­da, y en nues­tra in­dus­tria tam­bién. Cual­quier co­sa que te ha­ga re­con­si­de­rar la ma­ne­ra en la que te mue­ves en el mun­do y tra­tas a la gen­te es bueno y muy po­si­ti­vo. Los cam­bios que es­tán ocu­rrien­do son una de las co­sas más emo­cio­nan­tes que he pre­sen­cia­do en mi vi­da. Es co­mo cuan­do es­cu­cha­ba a mis pa­dres ha­blar so­bre los mo­vi­mien­tos de de­re­chos ci­vi­les o pa­ci­fis­tas, y me pre­gun­ta­ba có­mo se­ría vi­vir al­go así; creo que lo es­ta­mos vi­vien­do aho­ra mis­mo, y soy muy op­ti­mis­ta so­bre lo que va a pa­sar.

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