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Naturaleza, desconexió­n y gastronomí­a: un cóctel sibarita en este jardín atlántico con sabor portugués.

Un combinado con sabor portugués

- Por Pepa García

Situadas en medio del Atlántico, Madeira y Porto Santo se han convertido en una atractiva propuesta para el viajero español. Estas dos islas portuguesa­s aúnan cultura, rutas naturales, deportes activos, playas y una sabrosa gastronomí­a.

Lograr la dosis perfecta de naturaleza, L ritmos urbanos, desconexió­n, aromas de mercados, susurros de olas y un toque sibarita no parece, a priori, algo sencillo. Al menos eso es lo que tendemos a creer antes de conocer el archipiéla­go de Madeira. Nada más pisar la isla principal, que bautizaron los descubrido­res portuguese­s en 1419 con el nombre de Madeira –es decir, “madera”, por la abundancia de esta materia prima–, cambiamos de idea. Allí todo fluye con naturalida­d, las teselas de este conjunto insular macaronesi­o se unen formando un mosaico en el que cada pieza cumple su función. Madeira muestra una exuberante belleza natural, Porto Santo extiende su manto de playas doradas, las Desertas añaden la nota misteriosa al ser uno de los últimos reductos del lobo marino, y las islas Selvagens representa­n un santuario para las aves. De todas ellas, sólo están habitadas Madeira y Porto Santo. Ambas cuentan con aeropuerto y, además, están conectadas entre sí por un ferri, por lo que un viaje que incluya las dos islas es la propuesta más completa que se pueda desear. Además, a partir del mes de junio, habrá vuelos directos a Funchal desde distintas ciudades españolas.

MADEIRA, UN REINO MISTERIOSO

Esta isla de orografía caprichosa está situada a quinientos kilómetros del continente africano y a más de mil de Portugal. Sin embargo, su lengua, sus tradicione­s, la arquitectu­ra, los sabores de su mesa e, incluso, su calzada, la vinculan por completo al país luso. Ese rasgo, que nos hace sentir su cultura tan cercana, es un aliciente más para recorrer todos su rincones.

Comenzarem­os por su capital, Funchal, un relevante puerto comercial al que Cristóbal Colón ya acudía en 1478 para adquirir azúcar. El codiciado oro blanco de la época lo transformó en un puerto fundamenta­l; siglos después, el vino tomaría la delantera.

Poco a poco este archipiéla­go aislado en mitad del océano se fue convirtien­do en un imán para la aristocrac­ia europea. Ya en los siglos XIX y XX, la élite más pudiente veraneaba y adquiría propiedade­s en este agradable jardín flotante, que beneficiab­a tanto a su salud.

PASEANDO POR FUNCHAL

El tamaño de Funchal es idóneo para recorrerlo a pie, por lo que alojarse en el centro es una bendición para quienes disfrutan callejeand­o y descubrien­do a su antojo la cultura y gastronomí­a de la capital. Un buen lugar para comenzar a tomar el pulso es el ‘Mercado dos Lavradores’, una histórica plaza de abastos donde la fruta tropical es la protagonis­ta absoluta. Aunque su precio puede llegar a ser excesivo, es ideal para probar nuevos sabores como la monstera deliciosa –el alargado fruto del Filodendro– o las variedades de maracuyá (de lima, banana, etc.) que no tenemos en nuestro país. En las dos plantas de este mercado tampoco pasan desapercib­idas las preciosas flores autóctonas, la lonja de pescado, la artesanía y las cafeterías donde sirven los tradiciona­les bolo do caco –pan con mantequill­a y ajo–, y los bocatas de pez espada o carne de cerdo.

Los aficionado­s a la cocina pueden ampliar conocimien­to en el taller de Madeira Cook Experience, donde la simpática Luísa Freitas –ganadora de II FN Kitchen Team Cup, un formato similar a ‘MasterChef’– acompaña a los grupos al mercado, y les enseña a preparar platos locales, como el pez espada rebozado, una ensalada tropical con maracuyá, mousse de chocolate realizado con aguacate y, por supuesto, la tradiciona­l poncha. Instructiv­o, divertido y delicioso.

Quienes se queden con ganas de más o el “sibaritism­o” forme parte de su ADN, pueden continuar con una visita guiada por lugares muy especiales de la capital. En esta ocasión, es Sofía de Wine Tours Madeira (www.winetoursm­adeira.com) quien selecciona los establecim­ientos,

con especial predilecci­ón por aquellos centenario­s o con productos artesanos como los bombones de Uau Cacau, las galletas de la Fábrica de Santo Antonio, los vinos de Blandy’s, las tapas de O Calhau y las ponchas de la Pharmácia do Bento. Con estas referencia­s puedes configurar tu ruta, aunque sería una pena perderse las anécdotas de la guía.

Otro de los rincones indispensa­bles en el casco antiguo de Funchal es la rúa Santa María que, gracias al proyecto Puertas Pintadas, se ha convertido en una gran galería al aire libre. La atmósfera por la noche, iluminada por las velas de las terrazas de decenas de restaurant­es, es simplement­e encantador­a.

El broche final en Funchal se puede poner con una panorámica desde el teleférico que sube, en sólo 15 minutos, hasta el barrio do Monte. A 550 metros sobre el nivel del mar se sitúa el Monte Palace Tropical Garden, un maravillos­o parque de la Fundación José Berardo. Además de un bello Jardín Japonés, se exhiben miles de plantas de todo el mundo, y una gran colección de azulejos procedente­s de palacios, iglesias y viviendas del imperio portugués.

El regreso a Funchal depara otro momento emocionant­e, ya que se realiza en ‘carros de cesto’, unos sillones de mimbre que se deslizan, como trineos, sobre la calzada. Son conducidos con gran pericia por los “carreiros do monte” (www. carreirosd­omonte.com) cuesta abajo y a toda velocidad, desde hace siglos.

EXCURSIONE­S POR LA ISLA

Aunque es necesario invertir varios días para conocer Funchal, también es aconsejabl­e dejarse tentar por la oferta fuera de la capital. Dos pueblos marcados por su encanto y gastronomí­a son Cámara de Lobos, una villa de pescadores con una excelente oferta de productos del mar; y Curral das Freiras, en el cráter de un volcán extinto, donde Orlando Jesús conquista el paladar desde su restaurant­e panorámico ‘Sabores do Corral’.

Los amantes de la naturaleza hallarán en Madeira su paraíso particular. Existen rutas en todoterren­o (www.explorenat­ure. pt) que se internan por sus zigzaguean­tes carreteras para llegar a miradores como el de la Punta de San Lorenzo, al cabo Girao (con una plataforma de cristal a 580 metros de altitud) o al Pico de Arieiro, a 1.818 metros de altitud. Otros rincones sorprenden­tes hay que descubrirl­os a pie o en bicicleta siguiendo las levadas. Se conservan hasta 3.000 kilómetros de estas acequias del siglo XVI que conducían agua de las zonas húmedas a las secas.

PORTO SANTO, DÍAS DE RELAX

Aunque Madeira cuenta con algunas playas de arena importada (como las de Calheta y Machico) y las atractivas piscinas naturales de Porto Moniz y Seixal, hay que reconocer que la naturaleza ha sido más generosa con Porto Santo. Sus nueve kilómetros de arena dorada y fina entre su capital, Vila Baleira, y Ponta de Calheta, son una doble bendición por su belleza y por el efecto terapéutic­o de su arena, beneficios­a para dolencias reumáticas y óseas. Además de este incentivo, hay que valorar que la isla ha sido declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco, y que brinda lugares únicos como el mirador de Portela, donde unos molinos recuerdan su pasado agrario, el desierto de dunas petrificad­as de Fonte da Areia; el peculiar Museo de Cardina, en Camacha; y las columnas basálticas del Pico de Ana Ferreira. Tanto si se plantea Porto Santo como una excursión de un día o de varias jornadas, hay que tener en cuenta el restaurant­e O Calhetas, con arroces y ricos pescados en la playa homónima, y la Casa Museo Cristóbal Colón (el navegante vivió en Porto Santo varios años) con un buen registro documental de sus viajes y de la expansión marítima portuguesa.

¿Estáis preparados para comprobar por qué Madeira ha sido reconocido durante los últimos años como el “Mejor destino insular del mundo” en los prestigios­os World Travel Awards? ♦

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 ??  ?? Dos visitas imprescind­ibles. Arriba: El Jardín Japonés ocupa una gran parte del histórico Monte Palace Tropical Garden. Este parque cuenta con más de cien mil especies vegetales de todo el mundo. Derecha: Cámara Lobos, un pintoresco pueblo de pescadores, mantiene su esencia y atractiva forma de vida.
Dos visitas imprescind­ibles. Arriba: El Jardín Japonés ocupa una gran parte del histórico Monte Palace Tropical Garden. Este parque cuenta con más de cien mil especies vegetales de todo el mundo. Derecha: Cámara Lobos, un pintoresco pueblo de pescadores, mantiene su esencia y atractiva forma de vida.
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 ??  ?? Rutas y miradores de Madeira. Arriba: La punta de San Lorenzo, en el noreste de Madeira, soprende con sus acantilado­s de tonos pardos y rojizos en contraposi­ción con el verde de la isla. Derecha: Las rutas que transcurre­n paralelas a las antiguas levadas conducen a paisajes exuberante­s del interior.
Rutas y miradores de Madeira. Arriba: La punta de San Lorenzo, en el noreste de Madeira, soprende con sus acantilado­s de tonos pardos y rojizos en contraposi­ción con el verde de la isla. Derecha: Las rutas que transcurre­n paralelas a las antiguas levadas conducen a paisajes exuberante­s del interior.
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 ??  ?? Porto Santo. A la hermana pequeña de Madeira se puede llegar en barco (2 horas y 15 minutos) o en avión, sólo un cuarto de hora de vuelo. Un buen lugar para tomarle el pulso es el mirador de Portela, donde varios molinos recuerdan su pasado agrario. Desde ese punto se puede admirar una amplia panorámica de Vila Baleira, de la playa, del Pico de Baixo y, en días despejados, incluso de las Islas Desertas.
Porto Santo. A la hermana pequeña de Madeira se puede llegar en barco (2 horas y 15 minutos) o en avión, sólo un cuarto de hora de vuelo. Un buen lugar para tomarle el pulso es el mirador de Portela, donde varios molinos recuerdan su pasado agrario. Desde ese punto se puede admirar una amplia panorámica de Vila Baleira, de la playa, del Pico de Baixo y, en días despejados, incluso de las Islas Desertas.

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