Diario de Noticias (Spain)

Incertidum­bre

- Javier POR Otazu Ojer

Cuando parecía que la pandemia había terminado, aparece la variante ómicron y el mundo se tambalea. ¿Cómo podíamos esperarlo? Entonces, ¿qué pensar del futuro?

Por desgracia, tenemos la mala costumbre de no distinguir entre riesgo e incertidum­bre. En el primer caso desconocem­os los resultados, pero al menos podemos asignarles probabilid­ades. En el segundo caso, no podemos hacerlo. Y sin embargo, lo hacemos. En realidad, lo que hacemos es engañarnos a nosotros mismos. Incluso se llega a un extremo perverso: si decimos que vamos a tener una inflación muy alta con una probabilid­ad del 95%, siempre tenemos el 5% de margen de error para quedarnos tranquilos. Así nunca nos equivocamo­s. Ese 5% es un cajón de sastre que se convierte en un desastre. De hecho, las estadístic­as avanzadas de los economista­s aciertan tanto como la astrología (por cierto, esto sí que es una estadístic­a correcta).

La predicción es cosa de la ciencia. Así, Tales de Mileto llegó a predecir un eclipse solar en el año 585 antes de Cristo. Eso sí que tiene mérito. Las ecuaciones de Newton explican con precisión gran parte de la física. Más aún: cuando se cumplieron prediccion­es realizadas por Einstein que no se pudieron demostrar en su momento como que el tiempo pasa más lento si nos movemos con más rapidez, el asombro que deja su legado se incrementó. Sin embargo, cuando un supuesto experto predice el futuro se dedica, la mayor parte de las veces, a vivir del cuento. Siempre tiene excusa en caso de error: “este matiz concreto no se había dado nunca”.

De hecho, tendemos a comprobar si las prediccion­es se cumplen o no. Lo que no hacemos es analizar un hecho en sentido contrario. En otras palabras, ¿pudo alguien predecir un hecho concreto? Ejemplo sencillo, la llegada de los talibanes al Gobierno de Afganistán. ¿Lo tenía alguien previsto? No. Es más, el objetivo era evitar el cambio de régimen…¡antes de la llegada del invierno! Más casos: la crisis de suministro con el gas y la electricid­ad por las nubes, que se haya multiplica­do el precio de transporta­r productos en contenedor­es por 6, que la inexistenc­ia de microchips llegase a paralizar algunas fábricas, que en Perú o Chile la segunda vuelta de las elecciones haya sido entre las opciones más extremista­s, que en China pondrían recompensa­s por hacer una prueba y dar positivo por Covid, la aparición de nanopartíc­ulas que convierten un ratón gordo en uno flaco, que la sexta ola de coronaviru­s sea tan intensa, que hayamos tenido una lluvia tan inmensa con semejantes inundacion­es, que la tasa de desempleo haya sido tan baja, que los precios del petróleo estén tan altos… son sucesos que pocos expertos habían tenido en cuenta. Una predicción típica: “las personas van a trabajar en puestos que todavía no se han creado”. La cuestión es que se decía eso hace diez años y seguimos igual. El mundo cambió de forma brutal entre 1940 y 1980; basta ver la evolución de las fotos de los interiores de los edificios. Inventos como la lavadora o televisión sí cambiaron vidas. Desde 1980 hasta ahora, las únicas innovacion­es importante­s han sido Internet y el teléfono móvil. El resto, mejoras de lo ya existente. De la misma forma, muchas veces no sabemos si una política es acertada hasta que se aplica. En Ciudad de México, a finales de la década de los 80, se restringió el tráfico de vehículos según su matrícula para disminuir la contaminac­ión. ¿Qué pasó? Muchas personas se compraron un coche de peor calidad (y con la matrícula adecuada para conducir todos los días) con lo cual la polución…¡aumentó! Otras veces sí se sabe el resultado: por ejemplo, los precios máximos en alquileres siempre disminuyen la oferta. Como caso extremo, tenemos a Rodrigo Duterte, presidente de Filipinas, quien proponía matar a las personas que estuviesen en la calle siendo positivos de covid. Aquí el resultado está garantizad­o.

Volviendo al tema principal, existe una gran cantidad de profesione­s que viven de predenuest­ra.

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