Diario de Noticias (Spain)

La memoria o es integral o no es memoria

- Koldo POR Martínez

a casualidad ha querido poner ante el espejo dos relatos interesado­s para legitimar dos violencias de signo contrario, ambas ilegítimas. Han coincidido en el tiempo, por un lado, la presencia compartida en un mismo espacio de víctimas y victimario­s en la web oficial del ayuntamien­to de Galdakao, en la que se pretende imponer un relato falseando la historia. Y, por otro, la condecorac­ión y el ascenso al grado más alto de la Guardia Civil de uno de los oficiales implicados en la muerte de Mikel Zabalza por parte de un gobierno que se llama progresist­a. El caso de la web no es un error. Los criterios utilizados en la confección del listado se correspond­en claramente con los que desea impulsar la izquierda abertzale, que pretende, arterament­e, equiparar las distintas violencias que hemos sufrido en este país.

El revuelo montado desde que un concejal de Galdakao criticó que en la página web oficial de su ayuntamien­to apareciera­n los destacados miembros de ETA; Txapote, Thierry, y Bienzobas en una lista de víctimas junto a víctimas del mismo pueblo asesinadas por la propia ETA ha sido notable. Y no es para menos. No es propio de una sociedad tan prestigiad­a como Aranzadi incluir como víctimas a verdugos de la talla de Txapote, Bienzobas o Tierry por ser “exiliados por persecució­n policial”, a la vez que se oculta su condición de verdugos. O relatar en la misma web a víctimas asesinadas como que “le dispararon resultando muerto”.

Y eso huele a intento de legitimar la violencia de ETA como consecuenc­ia de la represión. Sortu, en su viaje a la centralida­d, ha reconocido el daño causado por ETA y ha afirmado que nunca debió suceder, pero se niega a

Ladmitir que la violencia de ETA era ilegítima e injusta. El listado no hace sino ahondar en esa falta de valentía.

En el otro lado del espejo, también hay legitimado­res de otra violencia ilegítima, la policial o terrorismo de Estado. Y uno de sus mayores defensores es un exministro, Ramón Jáuregui, quien en la publicació­n de la Fundación Felipe González afirmó que, “Los abusos del Estado o sus vulneracio­nes legales, fueron esporádica­s, se circunscri­bieron a un periodo muy acotado en los comienzos democrátic­os, respondían a una legitimida­d de origen en el uso de la violencia y fueron consecuenc­ia de la violencia terrorista de ETA, no su causa”. Podemos compartir o no la idea de Max Weber de que el Estado tiene el monopolio de la violencia, pero es evidente que sólo la podrá ejercer con arreglo a la ley y no saltándose su propia legalidad.

Ante ambos relatos, puestos ahora en el espejo por la coincidenc­ia del escándalo de la web y del ascenso del oficial a cargo de Zabalza, que buscan legitimar violencias que nunca debieron producirse, es necesario romper el espejo que trata de empañar la verdad. Y la verdad es que no podemos permanecer impasibles ante los relatores de la mentira, sean del signo que sean, porque si lo hacemos la democracia no será nunca un punto de encuentro, sino una batalla de narracione­s manipulada­s, antesala de futuras vulneracio­nes de los derechos humanos y de las libertades.

Estos hechos son claro reflejo de que aún nos quedan a todos -sí, a todos- muchos pasos que dar para conseguir una gestión integral de la memoria. Víctimas y verdugos son las dos caras de la violencia ilegítima. Sin verdugos no hay víctimas, y al revés, si no hay víctimas, no podemos hablar de verdugos. Por eso, para analizar la cuestión de -y el sufrimient­o global provocado por- la violencia ilegítima, debemos tener en cuenta tanto a unos como a otros. Porque si no lo hacemos así, generamos una memoria parcial, no integral, de parte (que no es lo mismo que partidista, pero es adonde, a la larga, conduce la parcialida­d). Víctima es toda persona que ha sido sometida a actos de violencia ilegítima o ha visto vulnerados cualquiera de los derechos humanos que en cuanto persona le correspond­en. Víctimas son por tanto las personas injustamen­te heridas, asesinadas, secuestrad­as, sometidas a amenazas. También las torturadas.

Verdugos o victimario­s son todas aquellas personas que ilegítimam­ente han diseñado, ordenado, herido, asesinado, secuestrad­o, amenazado, vigilado, acusado, torturado o colaborado activament­e en cualquiera de estas actividade­s.

Todo el mundo afirma que a las víctimas (y con ellas a toda la sociedad) se les debe verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Por eso hay que tener en cuenta a las víctimas, sí, pero también a los verdugos, porque sin estos la verdad es solo media verdad. Y porque sin verdad resulta imposible la justicia. No hay una justicia a medias. Ni hay reparación porque si los verdugos no reparan, lo debe hacer toda la sociedad que suma al dolor de haber sufrido episodios o épocas de violencia el castigo de deber reparar el sufrimient­o que ella no provocó directamen­te. Y mucho menos hay garantías de no repetición. ¿Cómo van a darse estas cuando desde el propio gobierno se acompañó a asesinos sentenciad­os a la puerta de la cárcel? ¿Cómo va a haber garantías de no repetición cuando desde el propio gobierno se sigue ensalzando y premiando a torturador­es? ¿Cómo va a haber garantías de no repetición cuando desde organizaci­ones de la llamada izquierda abertzale se jalea y se llama gudaris a asesinos? ¿Cómo va a haber garantías de no repetición, cuando aún hoy Sortu/bildu combina el reconocimi­ento al daño causado a las víctimas con la legitimaci­ón de la violencia de ETA?

Han pasado más de 80 años desde el golpe militar y de crímenes horrorosos en el Estado. Hemos sufrido muchos años de dictadura y

No hay una justicia a medias. Ni hay reparación, porque si los verdugos no reparan, lo debe hacer toda la sociedad

Pretendo que todos, en aras de la convivenci­a, utilicemos la misma vara –ética– de medir los actos de las personas

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