Tre­ce tris­tes ve­ces

Diario de Sevilla - - Andalucía -

que iban a esos lo­ca­les por­que allí se ejer­cía el ofi­cio más an­ti­guo del mun­do y de­bie­ron pen­sar que, pa­ra afron­tar el cam­bio de mo­de­lo pro­duc­ti­vo, lo me­jor se­ría em­pe­zar des­de el prin­ci­pio: co­no­cien­do cuál fue el pri­mer trabajo y, a par­tir de ahí, afron­tar con ga­ran­tías la evo­lu­ción que nos ha lle­va­do al mer­ca­do la­bo­ral del fu­tu­ro.

Sa­lir a echar unas ri­sas des­pués de un lar­go día de trabajo no es­tá mal vis­to. Y el que di­ce unas ri­sas, di­ce cual­quier co­sa que ayu­de a con­fra­ter­ni­zar. Ade­más, al­guien po­dría de­cir que, en cuatro años y me­dio, no sa­le ni a tres vi­si­tas al pros­tí­bu­lo por ejer­ci­cio eco­nó­mi­co. Un re­vol­cón al tri­mes­tre. Ya, ya, us­te­des di­rán que el pro­ble­ma es que pa­ga­ron con la tar­je­ta ofi­cial. ¿Pe­ro quién no co­me­te un error? O dos, o tres, o cuatro, o has­ta 13 erro­res. Con las co­pas y el pan­ta­lón ba­ja­do; el tra­jín de es­ca­le­ras arri­ba, es­ca­le­ras aba­jo; con el día de lo­cos que ha­bían te­ni­do; lo mis­mo co­gían la car­te­ra y, en vez de pa­gar con la tar­je­ta per­so­nal, lo ha­cían con la ofi­cial. Pe­ro lo im­por­tan­te es lo im­por­tan­te, nos di­rán. Y lo esen­cial es que el hom­bre se da­ba cuen­ta del error y acu­día unos días des­pués a sub­sa­nar­lo con el ta­co en me­tá­li­co en el bol­si­llo.

¿Y por qué los pu­ti­clu­bes? Es evi­den­te. ¿Dón­de iban a en­con­trar un cen­tro de trabajo don­de con­flu­ye­ran to­dos y ca­da uno de los efec­tos más per­ver­sos de la re- for­ma la­bo­ral: em­plea­das en una si­tua­ción de se­mi­es­cla­vi­tud, jor­na­das ma­ra­to­nia­nas de trabajo, sin al­tas en la Se­gu­ri­dad So­cial, em­pleo pre­ca­rio...? Así se ex­pli­ca es­ta afi­ción a los pros­tí­bu­los. Por sa­ber, por es­tu­diar el mer­ca­do del em­pleo en pri­me­rí­si­ma per­so­na. Igual iban pa­ra con­ven­cer a las tra­ba­ja­do­ras del lo­cal a que se apun­ta­ran a cur­sos de in­ser­ción la­bo­ral. Que na­die los con­fun­da con aque­llos otros que ofre­cían vol­que­tes de pu­tas pa­ra ce­rrar un ne­go­cio, nos di­cen. Los de la Faf­fe de­bían de ir a los pros­tí­bu­los a pro­fun­di­zar en el I+D. Que fue­ron cin­co ve­ces al mis­mo. Igual fue por­que un día se de­jó uno la car­te­ra. Y otro día, las ga­fas. Y otro día, las lla­ves del co­che ofi­cial. Cuan­do uno ges­tio­na mi­les de mi­llo­nes de eu­ros en di­ne­ro pú­bli­co, no se pue­de es­tar pen­dien­te de to­do. Más aún, cuan­do ade­más com­pa­gi­nas un car­go tan im­por­tan­te con otras res­pon­sa­bi­li­da­des or­gá­ni­cas en el par­ti­do. Con tan­to pa­ra­do y con tan­to cur­so, vi­vían en un sin­vi­vir dia­rio.

Era di­fí­cil creer que po­dría ha­ber al­go más ver­gon­zo­so que uti­li­zar di­ne­ro pú­bli­co pa­ra pa­gar en un pros­tí­bu­lo. Pe­ro to­do es po­si­ble: ha­cer­lo más de una do­ce­na de ve­ces. Pro­vo­ca in­dig­na­ción y ver­güen­za que en una co­mu­ni­dad au­tó­no­ma co­mo An­da­lu­cía, con unas ta­sas de pa­ro que han lle­ga­do a al­can­zar a una de ca­da tres per­so­nas en edad de tra­ba­jar, los dos ma­yo­res ca­sos de co­rrup­ción que han sal­ta­do a la pa­les­tra ten­gan que ver con el di­ne­ro des­ti­na­do a los pa­ra­dos. Ya sea con el re­par­to de las in­dem­ni­za­cio­nes pa­ra aque­llos que se que­da­ron sin em­pleo (ERE) o con la crea­ción de una fun­da­ción pú­bli­ca pa­ra ges­tio­nar los cur­sos de for­ma­ción des­ti­na­dos a me­jo­rar la cua­li­fi­ca­ción de las per­so­nas sin trabajo (Faf­fe).

Sa­ber lo que ocu­rrió en la Faf­fe es una obli­ga­ción in­elu­di­ble de to­dos y ca­da uno de los par­ti­dos po­lí­ti­cos que con­for­men la pró­xi­ma le­gis­la­tu­ra en An­da­lu­cía, ocu­rrie­ran los he­chos ayer o ha­ce diez años. Fue­ran cuatro sin­ver­güen­zas, uno, o mil. Lo esen­cial es que hue­len que apes­tan mu­chas más co­sas de esa fun­da­ción. El ade­lan­to elec­to­ral cie­rra, sin que se ha­ya abier­to, la co­mi­sión de in­ves­ti­ga­ción que se ha­bía crea­do en el Par­la­men­to au­to­nó­mi­co pa­ra es­cla­re­cer este pu­ti­fe­rio con di­ne­ro pú­bli­co. Lo de las pu­tas es re­pug­nan­te, pe­ro hay otras mu­chas co­sas que ocu­rrie­ron que tam­bién pre­ci­san de una lar­ga in­ves­ti­ga­ción. Otra vez los con­tro­les no sir­vie­ron pa­ra con­tro­lar na­da.

JO­SÉ MA­NUEL ATENCIA

ROSELL

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