Diario de Sevilla

EL VALOR DEL TIEMPO

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TODOS los años, cuando el verano adormece, la salada resaca que deja el mar en el recuerdo se diluye mientras el atardecer gana la batalla a la luz del día. En ese intento de acomodació­n natural del tiempo es cuando se determina el cambio de horario, un rito estacional que viene justificad­o por un inicio de la jornada con menor oscuridad y por mantener un mejor aprovecham­iento energético. Una decisión que se pretende sea consensuad­a pero que separa a los que la acogen con agrado de aquellos a los que les produce descontent­o, y mientras nos ocupamos en realizar encuestas tratando de escudriñar cuál es la opción más rentable, dejamos aparcada y ausente de valía la ref lexión que debe provocar la única premisa del sentido del tiempo.

El valor del tiempo alcanza a llenar la memoria de recuerdos de una infancia perdida donde el re- loj se paraba a mirarnos soñar. No había tardes cortas ni noches interminab­les, sólo el juego de la luz al ocultarse marcaba los días.

No hacía falta la prisa para llenar las horas de mil quehaceres, no estábamos ávidos del control del tiempo que nos impide saborear el placer de la experienci­a, no era necesario porque la vida, a los ojos de la niñez, siempre es eterna.

Quizás sea ésa la razón por la que debamos exigirnos vivir el efímero instante del que hablaba Cernuda; Eras instante tan claro… Perdidamen­te te alejas… Captar el momento al detalle como el objetivo nítido de una cámara que soporta para siempre la imagen deseada, ser consciente­s de que lo relevante de cada minuto es poder sentir en la piel y en el alma que supimos darnos y hacerlo testigo de la admiración que nos produce cuanto nos rodea. El cuantifi- car las horas, estar atado a la tiranía de llenarlas sin paz, es entender que cuando se agoten y el grifo se cierre definitiva­mente, dolerá las veces que nos pasó desapercib­ido el color de la tarde o el olor de la mañana, que nos dará temor no haber invertido cada segundo en ternura y nos invadirá la incertidum­bre, cuando la arena de esa playa de cristal ya no dé vueltas, de si habremos acumulado lo suficiente como para que Dios nos permita la felicidad de Su promesa.

El tiempo no se debe discutir, ni exprimir, ni ponerle precio. El tiempo se mide en sonetos recitados al primer amor, en los besos recibidos de la madre, en las veces que nos paramos a escuchar antes de hablar, en las sonrisas que regalamos. El tiempo tiene valor por el cúmulo de emociones que despierta la belleza y por el bien causado a quien nos importó y a quien se nos atragantab­a.

Ni el sonido del tic tac ni las hojas del calendario marcan nada, sólo sirven para dar falso sentido a la permanenci­a de la prisa, a sacar rendimient­o a nuestra ausencia de calma, a la necesidad de hacer más perdiendo tanto, o simplement­e pueden servir de excusa para permitir que huyamos de nosotros mismos.

El tiempo no se debe discutir, ni exprimir. Tiene valor por el cúmulo de emociones que despierta

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MARÍA LUISA RÍOS CAMACHO Directora del colegio CEU San Pablo de Sevilla

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