BA­JO EL AGUA

El fo­tó­gra­fo es­pa­ñol Pa­blo Ge­no­vés ex­po­ne en la Ca­te­dral de San Pa­blo de Londres su se­rie “Ti­des”, for­ma­da por imá­ge­nes de igle­sias inun­da­das por el agua que mues­tran su preo­cu­pa­ción por el cam­bio cli­má­ti­co.

DT - - CONTENTO - TEX­TO RA­FAEL VIDAL.

Pa­blo Ge­no­vés re­co­pi­la pos­ta­les tu­rís­ti­cas y las so­me­te a inun­da­cio­nes para mos­trar el pa­so del tiem­po. Y eso ha he­cho con la ca­te­dral de Saint Paul en “Ti­des”.

Hay una escalera he­li­coi­dal que re­don­dea el fon­do del ves­tí­bu­lo. Hay una me­sa de ma­de­ra so­bre un es­ca­lón que fun­cio­na co­mo es­ce­na­rio. So­bre ella, una lám­pa­ra; tras ella, una si­lla va­cía. No es­tá el por­te­ro en es­te me­dio­día, pe­ro sí hay una plan­ta que fun­cio­na co­mo sus­ti­tu­to. Es­ta ima­gen es la que uno en­cuen­tra al lle­gar al por­tal del es­tu­dio de Pa­blo Ge­no­vés (Ma­drid, 1952), en la calle la Co­va­rru­bias de Ma­drid. Una ima­gen sin pre­sen­cia hu­ma­na (so­lo que­dan sus hue­llas) en la que so­lo fal­ta el agua para con­ver­tir­se en una de las fo­to­gra­fías del ar­tis­ta. Pa­blo par­te ar­qui­tec­tu­ras del pa­sa­do que ex­trae de pos­ta­les an­ti­guas y lue­go ma­ni­pu­la por or­de­na­dor para con­ver­tir­las en rui­nas, siem­pre ame­na­za­das por el agua y los ele­men­tos. Y es­te ves­tí­bu­lo geo­mé­tri­co de los años cin­cuen­ta po­dría ser una de las vie­jas pos­ta­les de las que na­ce la fic­ción. Así, al atra­ve­sar la puer­ta de la calle uno en­tra en un sue­ño o, lo que es lo mis­mo, en una fo­to­gra­fía de Pa­blo Ge­no­vés, que sir­ve co­mo ex­pe­rien­cia pre­via a co­no­cer­lo en su es­tu­dio. En él nos re­ci­be con agua de Pue­bla de Sa­na­bria (siem­pre el agua) y va­rias de sus obras vi­gi­lán­do­nos des­de las pa­re­des. ¿Re­cuer­das cuál fue tu pri­mer con­tac­to con la fo­to­gra­fía? Em­pe­cé ha­cien­do fotos de los cua­dros de mi pa­dre. Es cu­rio­so por­que mi pro­ce­so crea­ti­vo de apro­piar­me de otras imá­ge­nes creo que vie­ne de ahí. Cla­ro, es una fo­to de una ima­gen, un si­mu­la­cro, un se­gun­do gra­do de la co­pia. To­tal­men­te. Vi­ví du­ran­te un tiem­po de eso y de fo­to­gra­fía in­dus­trial, y apren­dí to­das las téc­ni­cas en analó­gi­co. Y en los ochen­ta me lan­cé a la fo­to­gra­fía ar­tís­ti­ca. De he­cho, for­mo par­te de la pri­me­ra ge­ne­ra­ción que em­pe­zó a ex­po­ner fo­to en AR­CO, a co­mien­zos de los no­ven­ta. An­tes, los gran­des fo­tó­gra­fos so­lo vi­vían de ven­der edi­to­ria­les, y no­so­tros in­ven­tá­ba­mos la his­to­ria de la co­lec­ción fotográfica en Es­pa­ña. ¿Y re­cuer­das cuál fue tu pri­me­ra cá­ma­ra? Cla­ro, me la re­ga­la­ron en la co­mu­nión. Aun­que mi fa­mi­lia no es cre­yen­te, mi abue­la se em­pe­ñó en que la hi­cie­se, y al me­nos re­ci­bí la cá­ma­ra [ri­sas]. Aún la con­ser­vo.

De­sa­pa­re­ce un ins­tan­te y re­apa­re­ce con esa vie­ja cá­ma­ra fotográfica de la in­fan­cia, la pri­me­ra he­rra­mien­ta con la que Pa­blo cap­ta­ba el mun­do. Un apa­ra­to rec­tan­gu­lar, geo­mé­tri­co, sín­to­ma de su tiem­po, y con el que em­pe­zó a do­mi­nar el analó­gi­co, un for­ma­to que mar­có el ini­cio de su ca­rre­ra. “Em­pe­cé in­ten­tan­do jun­tar pin­tu­ra y fo­to­gra­fía”, me di­ce, “pro­yec­ta­ba so­bre ob­je­tos mis pin­tu­ras y fo­to­gra­fia­ba la pro­yec­ción, era al­go muy fan­tas­mal”. De nue­vo, la mez­cla de dos obras, de dos tem­po­ra­li­da­des. “Pe­ro cuan­do lle­gó el pho­tos­hop aban­do­né es­te tra­ba­jo”. ¿Y cuán­do em­pe­zas­te a ha­cer co­lla­ges? Josep Re­nau, el que en­car­gó el Guer­ni­ka era ami­go de mi pa­dre, y un día me ha­bló de sus ar­chi­vos de fo­to­gra­fías en­con­tra­das. Co­no­cer­lo me cam­bió, ¡qué cu­rio­so po­der ha­cer fo­to­gra­fía des­de lo ya re­pro­du­ci­do! ¿Y có­mo vi­vis­te el pa­so a lo di­gi­tal? Para mí fue un cam­bio para bien. El pro­ce­so mar­ca de­ma­sia­do la fo­to, te ata en lo crea­ti­vo y el pho­tos­hop me li­be­ró, era un po­co co­mo pin­tar. El pho­tos­hop es­tá de­nos­ta­do por la pu­bli­ci­dad so­bre to­do. Y tam­bién hay mu­cho apo­ca­líp­ti­co del ar­te. Exac­to, aun­que siem­pre uso un pho­tos­hop muy bá­si­co que te ha­ga du­dar de la ima­gen. Si es real, te me­tes; si hay mu­cho pho­tos­hop, no te me­tes. En mis fo­to­gra­fías bus­co que al­guien en­tre po­co a po­co y, una vez en su in­te­rior, te con­vier­tes en ese si­tio que te es­toy con­tan­do, y te da igual que sea ver­dad o men­ti­ra. Con el pho­tos­hop lle­go a si­tios que no po­dría al­can­zar de otro mo­do. ¿Por qué eli­ges imá­ge­nes de pa­la­cios? Tie­ne que ver con el si­tio del ar­te so­ña­do, por­que es un si­tio de gla­mour. Aun­que nun­ca los vi­si­to, pre­fie­ro que sean so­lo imá- ge­nes. En reali­dad, es el pa­la­cio que lle­vas den­tro de ti. Si lo en­cuen­tras lo vul­ga­ri­zas, por­que pien­sas que no se po­dría inun­dar. Es el si­tio de los sue­ños que te con­ta­ron de ni­ño, el pa­la­cio de la prin­ce­sa, de los cuen­tos de ha­das, que es el si­tio del ar­te. ¿Y có­mo es la bús­que­da de las pos­ta­les? Me voy a mer­ca­di­llos de to­do el mun­do y me pa­so ho­ras bus­can­do, has­ta ten­go que lle­var­me co­mi­da por­que me ma­reo [ri­sas].

De­sa­pa­re­ce y re­gre­sa con uno de sus te­so­ros: su co­lec­ción de pos­ta­les de to­das dis­tin­tos años del cas­ti­llo de Neusch­wans­tein, en Ba­vie­ra. “Es la his­to­ria de có­mo la fo­to­gra­fía con­fi­gu­ra la his­to­ria de un lu­gar”, me di­ce. “De le­jos es pre­cio­so, pe­ro cuan­do lo vi­si­tas por den­tro ves que es un car­tón pie­dra del s. XIX. Es­tas pos­ta­les son un sím­bo­lo de có­mo una mier­da de si­tio, si se fo­to­gra­fía bien, se con­vier­te en icono”, co­men­ta en­tre ri­sas. Y esas pos­ta­les tam­bién son la his­to­ria de nues­tra mi­ra­da y de nues­tras for­mas de ha­cer tu­ris­mo, pien­so. ¿Y por qué con­vier­tes to­do en rui­nas? No lo sé, pue­des sa­car mu­chos sig­ni­fi­ca­dos pe­ro cuan­do tra­ba­jo vie­ne pri­me­ro la ima­gen y des­pués la idea. Por esas imá­ge­nes cir­cu­la mi preo­cu­pa­ción por mi pro­pia muer­te, y por su­pues­to el cam­bio cli­má­ti­co. Por eso es­tán ame­na­za­dos por el agua. Cla­ro, que es vi­da y muer­te. Yo es­tu­ve a pun­to de aho­gar­me de ni­ño en Ibi­za, tu­vi­mos un ac­ci­den­te tí­pi­co de ma­dri­le­ños idio­tas, el vien­to se lle­vó nues­tra bar­qui­ta y per­di­mos la cos­ta. De ahí vie­ne mi ob­se­sión con el agua, aun­que lo des­cu­brí ha­ce po­co. El agua es­tá gra­ba­da en tu sub­cons­cien­te. ¿Y por qué no hay per­so­nas en tus obras? Es el mun­do que po­dría­mos ver una vez que los hu­ma­nos ha­yan de­ja­do de exis­tir.

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