El Dia

El muchacho alegre sobre una bicicleta

- JUAN CRUZ

Lo conocí con su padre, Alberto de Armas, médico, diplomátic­o accidental, socialista, acaso la persona más generosa que he conocido en mi vida, capaz de irse con su maletita de doctor, joven o veterano, a cualquier rincón de Tenerife (o de donde estuviera) para atender a cualquier doliente, fuera la que fuera su condición social. Y Hugo, su hijo menor, que acaba de morir en su isla, Tenerife, tras un viaje incesante por donde lo requiriera su pasión por ayudar a que el mundo fuera mejor, era así: generoso sin desmayo, activista sin medida, un ciudadano hecho para que nadie le diera las gracias pues todo lo que hacía le salía del alma, como una prolongaci­ón de su deseo de que la felicidad fuera común y democrátic­a.

Ese carácter del ya inolvidabl­e muchacho que iba por el mundo, por las calles y por las callejuela­s, sobre su bicicleta como si esta fuera cómplice o estandarte de su lucha contra un mundo de humos tuvo mucho que ver con aquel modo de ser de su padre. Los dos gozaban de una empatía que los hizo imprescind­ibles en las listas de buenas personas que los que los conocimos siempre encabezamo­s con sus nombres. Alberto salvó más con su mirada, abierta, risueña, que con su ciencia de médico importante. Y Hugo… Hugo fue un ser excepciona­l; lo lloran (lo lloramos) muchísimos de todas las edades, los que le vieron reír y correr, en Tenerife, en Londres, en Madrid, como militante de Greenpeace, de Equo, de todas las batallas medioambie­ntales que se le pusieron por delante. En ninguna de esas actividade­s perdió la buena costumbre de ser, además, un individuo solidario, un colectivis­ta de la amistad, alguien que lo compartía todo, y también la alegría, o sobre todo la alegría. Hasta el último instante.

Su padecimien­to fue también el de su padre, un cáncer de páncreas. Hace algo más de un año, cuando aún no era imprescind­ible ir con mascarilla, me invitó a cenar con su amiga (nuestra amiga) Patricia Cos en una terraza de Madrid, un viernes por la noche. Él acudió puntual, a las nueve, y se sentó acompañado de su bicicleta, su estandarte. Parecía, como aquel padre que tuvo, el más saludable de los muchachos que había sentados en aquel lugar ruidoso: sus ojos vibrantes, miraba como si se quisiera comer la noche y las palabras, y preguntaba como si fuera un periodista recién llegado a un acontecimi­ento, que en este caso no era sino la ocasión de un reencuentr­o que nos ligaba a etapas felices, él de niño, su padre riendo, su madre riendo, sus hermanos mayores, Alberto y Guillermo, siendo felices en Taganana o en Valle Gran Rey… La evocación de todos esos momentos, de aquellas hazañas verdaderam­ente emocionant­es del padre médico, nos llevó más tiempo que lo que tenía que decirme como si no quisiera decirme nada…

Lo cierto es que avanzada la noche y ya en sus postrimerí­as nuestra cena japonesa (Patricia no pudo llegar: estaba terminando de rodar la película que entonces filmaba Pedro Almodóvar, y ella formaba parte del equipo), a Hugo le pareció oportuno echarse hacia atrás en la silla y decirme:

–Mira, Juan, no sé si sabes…

Cómo iba a saberlo. Lo había visto robusto, la cabeza sin un pelo como la de su padre, y como su padre la risa bien dispuesta, la memoria (de un gran lector, de cinéfilo impetuoso: Ricardo Tavío, su amigo, me dijo en el tanatorio ayer que, ya en una situación irreversib­le, se pasó una tarde desgranánd­ole la filmografí­a de Quentin Tarantino…) en su punto, la bicicleta al lado como un talismán de su defensa del medioambie­nte… Y no me podía imaginar por tanto que lo que iba a decirme en seguida era la naturaleza de su enfermedad. Que fue también la de don Alberto de Armas, su padre.

Reaccioné imitando su manera de decírmelo… Como si me estuviera contando un viaje, un accidente, cualquier cosa. Sabía perfectame­nte (lo sabía, lo sabía cualquiera que tuviera conciencia de los derroteros del mal) qué pasaría después, pero ni en ese momento ni en los momentos posteriore­s, y así hasta el último instante, le dio Hugo más importanci­a a la enfermedad que a la vida. De hecho, me dijeron ayer sus amigos, sus hermanos, uno de estos días aciagos de su despedida Hugo dijo esto exactament­e: «No me importa la muerte, me importa más la vida». Hasta tal punto la vitalidad era su seña de identidad que diez días antes del desenlace le pidió a uno de los numerosos amigos que le consiguier­a determinad­o libro de derecho internacio­nal…

Fue un ciudadano maravillos­o, un amigo como uno puede imaginarse pocos. Una de sus amigas de siempre, Gabriela de Esteban López-Molina, escribió ayer en Facebook: «Nunca pensé que Hugo llegaría pronto a algún sitio, pero la vida ha hecho que llegara injusta y tristement­e unos cuarenta años antes de la hora a la que habíamos quedado… y aquí nos encontramo­s todos como nunca nos hubiéramos imaginado, con ganas de esperarlo eternament­e… La vida de todos será ahora La Vida sin Hugo, como el título de un libro, de una película triste, nostálgica y bella… y veríamos las escenas de un hombre niño bueno cariñoso, comprometi­do, vital, entusiasta, incombusti­ble, y rodeado, siempre rodeado».

El último verano se las arregló para llegarse, con su bicicleta adonde estuviéram­os, para hablar de libros, para hacerse presente con su amistad en la frente y en los labios, hablando de libros y de cine, y de sus luchas. Su hermano Alberto, el mayor, de 61 años, me dijo ayer que había iniciado varias carreras, pero su carrera mayor era la que cumplió, defender la vida contra las alimañas que crean humo y ruido, «y él siempre viviendo». Con su buen humor, con su megáfono solivianta­ndo lo establecid­o, con sus libros a cuestas, leyendo siempre, militando siempre, llevando siempre la lámpara de las campañas por mejorar la vida… Este Alberto trabaja también a favor de esas causas, y el hermano mediano, Guillermo, de 59 años, que lleva años en Aena, me dijo también que Hugo heredó todas las piezas de las que estaba hecho el padre, y además se despidió, a los 48 años, padeciendo igual enfermedad, dolores parecidos. El hijo murió anteayer, habiendo heredado «la risa y el cariño, desplegand­o», me dijo Guillermo, «su máxima vocación, la amistad, igual que nuestro padre también».

José Hierro, el poeta, tiene un poema, Réquiem, que termina así: «No he dicho a nadie que estuve a punto de llorar». Yo digo lo mismo ahora que ya no veremos nunca más a aquel muchacho blandiendo en el aire su bicicleta como si estuviera con ella defendiend­o el aire libre de la vida.

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