“A ve­ces hay que dar el sal­to aun­que no ha­ya red de­ba­jo”

El Dia de Cordoba - - Programación Televisión - Fran­cis­co A. Gallardo

–Es­tá gra­ban­do en Má­la­ga la se­rie Toy Boy en la que in­ter­pre­ta a una em­pre­sa­ria. ¿Ne­ce­si­ta un cam­bio de re­gis­tro en la te­le­vi­sión?

–En Toy Boy, pa­ra An­te­na 3, ten­go un as­pec­to di­fe­ren­te y ha­go un pa­pel que no re­cuer­da a na­da de lo que ha­bía he­cho has­ta aho­ra. Es un cam­bio de ima­gen tan po­ten­te que no me van a re­co­no­cer mu­chos. Ne­ce­si­ta­ba cam­biar, por mí mis­ma y tam­bién por los de­más. Hay que ha­cer otras co­sas. –Siem­pre en mo­vi­mien­to. –Yo me sien­to una eter­na apren­diz.

–¿Le ha­bía co­gi­do ma­nía a la co­me­dia tras sie­te tem­po­ra­das en La que se ave­ci­na?

–No di­ría que le co­gí ma­nía, pe­ro sí que ha­bía que cam­biar. Yo le ten­go ca­ri­ño al per­so­na­je de Ju­dit, co­mo le su­ce­de a tan­tos es­pec­ta­do­res, pe­ro creo que te­nía to­da su his­to­ria con­ta­da. Te­nía la in­tui­ción de que no me lla­ma­ban pa­ra otras co­sas por­que es­ta­ba en­ca­si­lla­da en Ju­dit. Así que era me­jor ce­rrar aquel pa­pel y ver qué po­día en­con­trar. –¿Se fue de La que se ave­ci­na sin nin­gún otro pro­yec­to a mano?

–Fue así. A ve­ces hay que dar el sal­to aun­que no ha­ya red de­ba­jo. Hay que for­zar que pa­sen co­sas. Me fui con mie­do, pe­ro con con­fian­za.

–¿En Ca­ba­ret lo dio to­do? –Can­ta, bai­lar. Hay que ser mul­ti­ta­rea.

–Una ga­lle­ga in­ter­pre­ta aho­ra a una em­pre­sa­ria mar­be­llí que se lla­ma Ma­ca­re­na...

–Mi per­so­na­je en Toy Boy es un ti­bu­rón del mun­do em­pre­sa­rial y po­lí­ti­co. Lo que desea es que na­die pon­ga en cues­tión su po­der. Se im­po­ne a to­dos. Si mi pa­pel fue­ra el de un hom­bre se­ría muy cri­ti­ca­ble por su ac­ti­tud, lo re­co­noz­co.

–¿Pa­ra con­ser­var el po­der hay que ser mal­va­do? –En el ca­so del per­so­na­je de Ma­ca­re­na es una mu­jer fir­me, au­to­ri­ta­ria. Se po­ne a la de­fen­si­va de los de­más, pe­ro no es una mu­jer mal­va­da. Ser im­pla­ca­ble, co­mo es es­te ca­so, no quie­re de­cir que seas una ma­la per­so­na.

–En es­ta se­rie de la pro­duc­to­ra Plano a Plano que ve­re­mos la pró­xi­ma tem­po­ra­da en An­te­na 3 us­ted tie­ne un hi­jo de 17 años. –En es­ta se­rie re­pre­sen­to más edad de la que ten­go, aun­que por mi edad po­dría te­ner un hi­jo de 17 años. Pe­ro en la vi­da real ni si­quie­ra me he es­tre­na­do co­mo ma­dre. Es un ras­go más de ese cam­bio de re­gis­tro que ne­ce­si­ta­ba. –El pro­ta­go­nis­ta de Toy Boy es Je­sús Mos­que­ra, fut­bo­lis­ta que ha­ce unos años ju­ga­ba con el Be­tis B y el An­te­que­ra. ¿Có­mo cree que fun­cio­na es­te ma­la­gue­ño que ha cam­bia­do el cés­ped por el pla­tó?

–Es asom­bro­so có­mo se ha im­pli­ca­do pa­ra con­ver­tir­se en un ac­tor pro­fe­sio­nal. Se es­tá pre­pa­ran­do muy bien. Es una gran opor­tu­ni­dad pa­ra él que es­tá sa­bien­do apro­ve­char. Al ter­cer día de ro­da­je es­ta­ba gra­ban­do con­mi­go unas es­ce­nas se­xua­les, de al­to vol­ta­je, y eso no es fá­cil pa­ra un de­bu­tan­te. Es nor­mal que te sien­tas in­có­mo­do, más por tu mun­do in­te­rior que por­que te es­tén vien­do, y sin em­bar­go lo so­bre­lle­vó con gran pro­fe­sio­na­li­dad. Je­sús tie­ne una gran sen­si­bi­li­dad y tam­bién una vo­ca­ción de es­fuer­zo, que se­rá por su tra­yec­to­ria de­por­ti­va, que agra­de­ce­mos los que ya lle­va­mos mu­chos años en es­to.

–¿La quí­mi­ca en­tre ac­to­res de­pen­de de la edad, de la ex­pe­rien­cia? –Y tam­bién de la per­so­na­li­dad de ca­da uno. Hay ve­te­ra­nos que son in­ca­pa­ces de mos­trar pro­xi­mi­dad y otros que ad­mi­ras por to­do lo que apren­des de ellos. Y hay tam­bién no­va­tos co­mo al­gu­nos de los jó­ve­nes de Toy Boy que apren­des de ellos por sus ga­nas de tra­ba­jar, de co­no­cer. En la pro­fe­sión de ac­tor hay que ser es­pon­ja aun­que creas que ya lo has visto to­do.

–¿Có­mo es en la fic­ción la re­la­ción de Ma­ca­re­na con Hu­go (el per­so­na­je que in­ter­pre­ta Mos­que­ra)? –Hu­go es su aman­te, co­mo un ju­gue­te pa­ra ella. Y él se con­vier­te en el pre­sun­to ase­sino de su ma­ri­do. Ése es el eje de Toy Boy. –¿Sa­be ya lo que su­ce­de­rá al fi­nal?

–In­ten­ta­mos ave­ri­guar­lo por nues­tra cuen­ta, pre­gun­tan­do qué sa­ben los de­más. En el ro­da­je de un th­ri­ller te po­nes a in­da­gar por tu cuen­ta por­que es co­mo si se tras­la­da­ra to­da la in­cer­ti­dum­bre de la fic­ción a la vi­da real.

–En el tea­tro re­pre­sen­ta ¿Quién es el se­ñor Sch­mitt? con el ac­tor de mo­da, Javier Gu­tié­rrez. ¿El tea­tro se con­vier­te en un re­fu­gio pa­ra am­bos? –Es don­de hay que es­tar, aun­que a ve­ces en la gi­ras no se­pas ni en la ciu­dad don­de te en­cuen­tras. Javier es tan fan­tás­ti­co co­mo se ima­gi­na to­do el mun­do. No só­lo lo pa­re­ce, es que es así de ca­ris­má­ti­co. Un gran ac­tor. Y en ¿Quién es el se­ñor Sch­mitt? hay que des­ta­car el tra­ba­jo de Ser­gio Pe­ris-Men­che­ta pa­ra di­ri­gir­nos.

–¿Al­gu­na obra que le gus­ta­ría re­pre­sen­tar? –Cual­quier obra clá­si­ca grie­ga. Con esos per­so­na­jes tan po­de­ro­sos. La esen­cia del tea­tro se en­cuen­tra ahí.

Mi per­so­na­je en ‘Toy Boy’ se po­ne a la de­fen­si­va. Ser im­pla­ca­ble no quie­re de­cir que seas una ma­la per­so­na”

ME­DIA­SET

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