“Mi ma­dre me en­se­ñó que ha­bía que mo­rir­se vi­va”

El Dia de Cordoba - - Programación Televisión - Ja­vier Ron­chel

–En al­gu­na oca­sión ha di­cho que le gus­ta­ría in­ter­pre­tar a una ma­du­ra que se li­ga a un tío de 40.

–Cla­ro que sí. Yo soy una mu­jer ma­du­ra y sé que lo soy, pe­ro me nie­go a pen­sar que por te­ner 68 años he de­ja­do de ser una mu­jer atrac­ti­va o que no pue­do in­tere­sar a un hom­bre más jo­ven.

–Ha­ce unos años ha­bría si­do un es­cán­da­lo. ¿Y aho­ra? –Ha­ce unos años era im­pen­sa­ble. Aho­ra te­ne­mos que se­guir cre­cien­do mu­cho en es­ta so­cie­dad y se­guir cam­bian­do. Es­to es así y no hay quien lo pa­re. Y tam­po­co a las ma­du­ras.

–¿Tie­ne mu­cho de qué li­be­rar­se to­da­vía la mu­jer?

–Las mu­je­res te­ne­mos mu­cho de qué li­be­rar­nos o los hom­bres tie­nen mu­cho que apren­der. Es la du­da.

–¿Y cuál es el ca­mino pa­ra con­se­guir una co­sa u otra? –No sé qué más hay que ha­cer. En mi ofi­cio, teó­ri­ca­men­te, es­ta­mos en igual­dad pe­ro no es así. Y las ac­tri­ces, por su­pues­to, a par­tir de los 40 des­apa­re­ce­mos del au­dio­vi­sual. A mis años se su­po­ne que es­toy pa­ra ha­cer de abue­la –y soy abue­la y es­toy or­gu­llo­sí­si­ma de ser­lo–, pe­ro me nie­go a que sea ese el rol que me ad­ju­di­quen. Mi ma­dre me en­se­ñó que ha­bía que mo­rir­se vi­va y es­toy en ello. –¿Dón­de es­ta­ba Lui­sa Ga­va­sa ha­ce 40 años, en los al­bo­res de la de­mo­cra­cia? –Ya te­nía una ca­rre­ra y me­dia ter­mi­na­da y era ac­triz pro­fe­sio­nal. Yo era in­de­pen­dien­te y vi­vía so­la, pe­ro to­da­vía ha­bía mu­je­res que no po­dían com­prar un pi­so o abrir una cuen­ta co­rrien­te sin per­mi­so de su ma­ri­do; y no po­días ir­te a un ho­tel con un se­ñor sin en­se­ñar el Li­bro de Fa­mi­lia. Y si eras ac­triz, eras pu­ta, y si eras ac­tor, ma­ri­cón. A eso nos en­fren­tá­ba­mos en los 70. Por suer­te, tu­ve unos pa­dres que me edu­ca­ron con li­ber­tad ab­so­lu­ta y así he edu­ca­do a mi hi­jo. –Así de­bió ser me­nor el im­pac­to en ca­sa al anun­ciar que que­ría ser ac­triz...

–Ya ha­bía ter­mi­na­do Fi­lo­lo­gía In­gle­sa y mi pa­dre me su­gi­rió que po­día ma­tri­cu­lar­me en Periodismo en Madrid. Cuan­do le di­je que iba a ser ac­triz pro­fe­sio­nal fue la pri­me­ra vez que le ví llo­rar con una amar­gu­ra tre­men­da, asus­ta­do. Y le di­je: “Pa­pá, si me equi­vo­co en la vi­da por obe­de­cer­te, no te lo per­do­na­ré nun­ca; de­ja que me equi­vo­que por mí”. Al día si­guien­te, mis pa­dres me con­tes­ta­ron: “Es tu vi­da, llé­va­la ade­lan­te co­mo quie­ras. Te va­mos a apo­yar siem­pre. Te que­re­mos”. Cuan­do me die­ron el Go­ya sen­tí to­do aque­llo que ha­blé con mis pa­dres y me ha­bría gus­ta­do

que se hu­bie­ran aso­ma­do, un mi­nu­ti­co si­quie­ra, y que les pu­die­ra lle­gar la ener­gía de esa no­che, que era mi amor y mi gra­ti­tud ha­cia ellos por ha­ber­me de­ja­do ser quien yo que­ría ser. –El pri­mer pa­pel pro­ta­go­nis­ta en el ci­ne le lle­gó ya con 60 años.

–Era una es­pi­ni­ta que te­nía pe­ro ven­go del tea­tro y he he­cho mu­chos pro­ta­go­nis­tas, tam­bién en te­le­vi­sión. Soy ac­triz, y pa­ra mí tra­ba­jar en

es­to es ser fe­liz; es lo que me gus­ta­ba, lo que me gus­ta ser y lo que se­gui­ré sien­do has­ta que me mue­ra. Nun­ca lo he vi­vi­do con frus­tra­ción. Gus­ta que te re­co­noz­can, y ten­go mu­chos pre­mios ma­ra­vi­llo­sos, pe­ro siem­pre he si­do una tía muy fe­liz, muy agra­de­ci­da a la vi­da, y lo si­go sien­do. –¿Ha ha­bi­do un an­tes y un des­pués de La no­via?

–Ya lo creo. An­tes no me co­no­cía na­die en el ci­ne. Ha si­do un plus pa­ra mi ca­rre­ra.

–Aho­ra se es­tre­na su par­ti­ci­pa­ción en La rei­na del sur, gran pro­duc­ción de Net­flix. –Ha si­do una ex­pe­rien­cia ma­ra­vi­llo­sa, es­toy con­ten­tí­si­ma. Me ha ser­vi­do pa­ra mu­chas co­sas. He po­di­do co­no­cer a gen­te muy in­tere­san­te en Co­lom­bia y va­lo­rar to­do lo que se ha­ce allí, con bue­ní­si­mos pro­fe­sio­na­les y bue­ní­si­ma gen­te. Net­flix es tre­men­do.

–¿Qué su­po­ne for­mar par­te del uni­ver­so Cam­peo­nes? –Un re­ga­lo de la vi­da. Cuan­do me hi­ce ac­triz pro­fe­sio­nal di cla­ses tam­bién en un co­le­gio de en­se­ñan­za es­pe­cia­li­za­da y tra­ba­ja­ba con ni­ños dis­ca­pa­ci­ta­dos. Fue una de las gran­des ex­pe­rien­cias de mi vi­da. Ese mun­do ya lo te­nía in­cor­po­ra­do des­de los 26 años, pe­ro Cam­peo­nes me ha abier­to la puer­ta a la co­me­dia co­mo ac­triz y se lo agra­de­ce­ré siem­pre a Ja­vier Fes­ser por­que pen­sa­ba que iba a ser lor­quia­na de por vi­da, siem­pre de Ber­nar­da Al­ba. –¿Qui­zá Cam­peo­nes ha si­do un re­ga­lo pa­ra to­dos? –Lo que ha­ce Cam­peo­nes es abrir la mi­ra­da, otra mi­ra­da ha­cia una so­cie­dad que tie­ne que acep­tar que lo dis­tin­to tie­ne un lu­gar por de­re­cho. De re­pen­te la gen­te ha co­nec­ta­do; ha si­do co­mo un re­vul­si­vo y ha arra­sa­do. Lle­va­mos 50 se­ma­nas en pro­yec­ción en Madrid y ya es­tá en chino, en fran­cés, y unos ami­gos la han vis­to en Is­rael y tam­bién en Ale­ma­nia. –¿Qué ha­ce una fi­ló­lo­ga in­gle­sa can­tan­do en fran­cés? –[Ri­sas] Si soy sin­ce­ra, no lo voy a en­ten­der nun­ca. No es nor­mal que no se­pa ni una so­la can­ción en in­glés y, sin em­bar­go, siem­pre qui­se can­tar en fran­cés. Y la vi­da, tan ge­ne­ro­sa, me lo pu­so en ban­de­ja en Huel­va: Mar­cos Gual­da me pu­so en con­tac­to con su tío Jo­lís y mi sue­ño se hi­zo reali­dad ha­ce dos años, el 14 de abril, con can­cio­nes de Édith Piaf. Me hi­zo fe­liz por­que can­tar te co­nec­ta con el uni­ver­so, con el go­zo, y a una edad en la que mu­chas mu­je­res, con 66 años, creen que la vi­da se les ha ter­mi­na­do. Pa­ra mí em­pe­zó una nue­va eta­pa. –Tam­bién ha sa­li­do y en­tra­do mu­cho en pri­sión.

–Esa es otra de las ex­pe­rien­cias her­mo­sas de mi vi­da du­ran­te ca­si tres años, en Na­val­car­ne­ro, ha­cien­do ta­lle­res de poe­sía con pre­sos. La ONG que lo or­ga­ni­za­ba des­apa­re­ció y allí aca­bó to­do, pe­ro guar­do mo­men­tos de mu­cha emo­ción. –¿Al­gu­na otra vo­ca­ción tar­día por des­cu­brir?

–Me ha fal­ta­do otra vi­da pa­ra bai­lar. Me ha al­can­za­do és­ta pa­ra po­der can­tar, ¡pe­ro no me va a dar pa­ra el bai­le!

Can­tar me hi­zo fe­liz a una edad en la que mu­chas mu­je­res creen que la vi­da se les ha ter­mi­na­do”

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