CA­PU­LLOS

El Dia de Cordoba - - Opinión -

YA sa­ben, la pri­ma­ve­ra, la san­gre al­te­ra. Más allá de eso, no ca­be du­da –a ex­cep­ción del cam­bio cli­má­ti­co– que es la es­ta­ción de las f lo­res, los olo­res. Los ár­bo­les es­tán verdes, apa­re­cen nuevos co­lo­res y to­do eso que nues­tros niños y niñas nos han traí­do en las fi­chas del se­gun­do tri­mes­tre de la guar­de. To­do eso, que pu­die­ra pa­re­cer idí­li­co, tie­ne con­tra­par­ti­da, co­mo no po­día ser de otra for­ma. Pre­gun­ten a los alér­gi­cos, fí­jen­se en los es­tor­nu­dos, pro­pios y aje­nos, en esas to­ses ba­jo el pa­seo a la som­bra de nues­tros in­fi­ni­tos pla­ta­ne­ros, en los res

fria­dos por las os­ci­la­cio­nes de la tem­pe­ra­tu­ra y en la peor de las apa­ri­cio­nes, los ca­pu­llos. No re­cuer­do las pri­ma­ve­ras de otros años, pe­ro és­ta, ha si­do em­pe­zar a in­ha­lar azahar y to­par­me con ca­da ca­pu­llo, que me ha he­cho to­mar con­cien­cia de lo pri­ma­ve­ral del mo­men­to. Tan­to que, pe­se a lo gra­to de las nue­vas tar­des, a lo en­can­ta­dor de las nue­vas so­bre­me­sas al sol, por un mo­men­to, me he sen­ti­do has­tia­da de la es­ta­ción.

Los gu­sa­nos de se­da se en­cie­rran en el ca­pu­llo an­tes de pa­sar al es­ta­do de nin­fa, en el ca­pu­llo lle­van a ca­bo las lar­vas su me­ta­mor­fo­sis. Y por su­pues­to, son ca­pu­llos, las f lo­res que aún no han aca­ba­do de abrir sus pé­ta­los. Más allá de las acep­cio­nes que nos ofre­ce el dic­cio­na­rio, yo les pres­to otras. Mis ca­pu­llos son esos que nos atas­can, que ha­cen de lo que no lo es, un pro­ble­ma; los que, sin ser ne­ce­sa­rio, ni ha­ber cau­sa que lo jus­ti­fi­que son tre­men­da­men­te des­agra­da­bles y mal edu­ca­dos. Los que no sa­lu­dan y los que ja­más agra­de­cen. Ya sa­ben, a esos a los que les cues­ta tan­to tan­to ser agra­da­bles. En es­to, el dic­cio­na­rio re­sul­ta es­pe­ran­za­dor, pa­re­ce que lo de ca­pu­llo es al­go tran­si­to­rio, un es­ta­do an­tes del cam­bio de­fi­ni­ti­vo. Que no hay ca­pu­llo eterno, in­ter­pre­to.

Soy po­si­ti­va por na­tu­ra­le­za pe­ro re­co­noz­co que, cuan­do vi­sua­li­zo las ca­ras, los ges­tos, las ac­ti­tu­des de mis ca­pu­llos, me cues­ta ima­gi­nár­me­los rom­pien­do en flor, f lo­re­cien­do. Me in­ten­to aga­rrar a lo de la me­ta­mor­fo­sis e ima­gi­nar­me ti­pos muy sa­laos pa­ra la pri­me­ra quin­ce­na de ve­rano. El ca­len­da­rio es­co­lar les po­ne por de­lan­te un nue­vo tri­mes­tre pa­ra sa­lir de ese es­ta­dio con­duc­tual; que se lo mi­ren, se lo pro­pon­gan o, al me­nos, que se lo plan­teen. Que ser agra­da­ble, no fas­ti­diar, no de­jar al de al la­do o al de en­fren­te con tan mal sa­bor de bo­ca, se­ría evo­lu­cio­nar. Que aho­rrar­nos sus im­per­ti­nen­cias pu­die­ra no es­tar tan mal. Que nun­ca es tar­de pa­ra des­ca­pu­llar.

Los gu­sa­nos de se­da se en­cie­rran en el ca­pu­llo an­tes de pa­sar al es­ta­do de nin­fa

BER­TA APA­RI­CIO

@ber­ti­vi­ri

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