MÍAS, TU­YAS, NUES­TRAS

El Dia de Cordoba - - Pasarela - PI­LAR LARRONDO @pi­lar­la­rron­do

NO es re­li­gión, es tra­di­ción. La Se­ma­na San­ta, con tan­tos de­vo­tos co­mo de­trac­to­res, es his­to­ria vi­va de las cos­tum­bres, de nues­tras cos­tum­bres. De las tu­yas y de las mías. De las que cuen­tan los abue­los a los nie­tos, de las que se in­cul­can a los hi­jos, de las que se res­pi­ran sin ser cons­cien­tes. Al me­nos así ocu­rre en mi tie­rra, don­de has­ta el más ateo se co­me unas to­rri­jas o guar­da con ce­lo aque­lla bo­la de ce­ra que hi­zo en su más tier­na in­fan­cia.

Aquí, en Se­vi­lla, la Se­ma­na San­ta pa­re­ce im­preg­nar­lo to­do du­ran­te

to­do el año. Aquí, co­mo mu­chos di­cen, cual­quier oca­sión es bue­na pa­ra sa­car a un Cris­to en pro­ce­sión. Al­go que has­ta al más jar­ti­ble pue­de lle­gar a can­sar. Pe­ro es que aquí, per­dón por mi in­sis­ten­cia, la Se­ma­na San­ta es un ba­ti­bu­rri­llo de sen­ti­mien­tos en­con­tra­dos. La eter­na dua­li­dad que de­fi­ne al ser hu­mano. Aquí que­re­mos playa na­da más lle­gar el Do­min­go de Ra­mos por­que ya es­ta­mos har­tos de cor­ne­ta y tam­bor (y eso que to­da­vía no han so­na­do), pe­ro se nos en­co­ge un pe­lliz­co en el pe­cho al ver sa­lir a la Ma­ca­re­na la ma­dru­gá del Jue­ves San­to es­tan­do le­jos de su ba­sí­li­ca. Y no por no ver­le la ca­ra y sen­tir su mi­ra­da, más bien por trai­cio­nar de al­gu­na ma­ne­ra esos re­cuer­dos que nos man­tie­nen vin­cu­la­dos a una ima­gen. Por­que de ni­ño la vis­te a so­las con tu ma­dre, cuan­do na­die la mi­ra­ba y só­lo ella os veía, por­que de ni­ño ho­ras an­tes de su sa­li­da se res­pi­ra­ba fa­mi­lia. Cuan­do se es pe­que­ño to­do ocu­rre sin ser juz­ga­do, sin crí­ti­ca ni re­fle­xión. Su­ce­de, sin más. Su­ce­de y te im­preg­na de por vi­da. Por eso, en la pri­me­ra re­vi­rá de la Vir­gen la Sa­lud en­tre in­cien­sos y azaha­res y ro­dea­da de vecinos, un re­cuer­do te in­va­de y la ves a ella con su pa­ñue­lo tur­que­sa sen­ta­da en la es­qui­na es­pe­ran­do ver a su vir­gen. Y crees es­cu­char­la, Pi­li­li, pí­de­le al­go a la Vir­gen. Por eso llo­ras en esa le­van­tá en la que piden por Fu­lano, que es­te año es­tá ma­lo y no ha po­di­do ve­nir a ver­la. Por eso te emo­cio­nas cuan­do los críos se arre­mo­li­nan en la ram­pi­ta del Sal­va­dor, por­que tú un día fuis­te ese ni­ño al que, en­tre pa­seo y pa­seo, le ha­bla­ron del pe­lí­cano del Amor, la ro­sa de San­ta Mar­ta o el Za­queo en la Bo­rri­qui­ta. Ese ni­ño que tor­tu­ró a su fa­mi­lia apo­rrean­do un tam­bor el Vier­nes San­to, Ni­ño, que se ha muer­to el Se­ñor, el mis­mo que sa­be que un día an­tes hay que que­rer­se mu­cho por­que su pa­dre año tras año le re­cuer­da que es el Día del Amor Fra­terno. Por eso no es re­li­gión, ni si­quie­ra las cos­tum­bres de una ciu­dad, son las his­to­rias de aque­llos que la ha­bi­ta­mos y du­ran­te una se­ma­na te­ne­mos los sen­ti­mien­tos a flor de piel.

M. G.

Ma­nua­li­dad in­fan­til rea­li­za­da en Se­ma­na San­ta.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.