“Lo de jo­ven pro­me­sa sue­na ya in­sul­tan­te”

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–¿Pa­ra cuándo una ca­lle con su nom­bre en To­ma­res, el pue­blo se­vi­llano en el que re­si­de?

–Fan­ta­seo con ello. En mis peo­res pe­sa­di­llas se lla­ma Pla­zo­le­ta Poe­ti­sa Sa­ra Me­sa.

–Pa­sa­ba mu­chas ho­ras en el Con­se­jo Au­dio­vi­sual de An­da­lu­cía re­vi­san­do emi­sio­nes te­le­vi­si­vas, mu­chas de Ca­nal Sur. ¿Es­to ha in­flui­do en la con­si­de­ra­ción al­go de­sa­pa­ci­ble del gé­ne­ro hu­mano que se ob­ser­va en sus no­ve­las?

–Ro­tun­da­men­te sí. Pe­ro no só­lo en Ca­nal Sur, ¿eh? La ob­ser­va­ción del gé­ne­ro hu­mano en ge­ne­ral, tan­to en las pan­ta­llas co­mo fue­ra de ellas, me re­sul­tó uti­lí­si­ma y de lo más es­ti­mu­lan­te li­te­ra­ria­men­te.

–A ini­cios de año de­ci­dió ju­gár­se­la pa­ra de­di­car­se só­lo a la es­cri­tu­ra. ¿Qué es lo que hi­zo el pri­mer día que ya no fue a tra­ba­jar?

–Dar­me de al­ta de au­tó­no­ma y re­sol­ver pa­pe­leos en la Se­gu­ri­dad So­cial. Muy tris­te, ya.

–¿Cuán­tos li­bros re­ga­ló de su pri­me­ra no­ve­la y cuán­tos de la úl­ti­ma?

–To­dos los que la editorial co­rres­pon­dien­te me dio por con­tra­to. Han cam­bia­do los des­ti­na­ta­rios, eso sí. ¡Pe­ro es que han pa­sa­do ya do­ce años!

–Al­gún crí­ti­co ha se­ña­la­do, so­bre su úl­ti­ma ce­le­bra­da no­ve­la, Un amor,

que si la hu­bie­ra es­cri­to un hom­bre lo ha­brían pues­to a cal­do. ¿Qué opi­na?

–En­tien­do el sen­ti­do en que lo di­ce el crí­ti­co, pe­ro no es­toy de acuer­do. Nor­mal­men­te a nin­gún hom­bre lo po­nen a cal­do por es­cri­bir na­da. Lle­van ha­cién­do­lo to­da la vi­da, va­mos, y a al­gu­nos en con­cre­to no les to­se na­die.

–“La es­cri­to­ra ma­dri­le­ña, la es­cri­to­ra an­da­lu­za”… ¿En qué que­da­mos?

–An­da­lu­za, an­da­lu­za.

–Es uno de los úl­ti­mos gran­des ha­llaz­gos del mí­ti­co edi­tor Jor­ge He­rral­de, con el que tie­ne una es­tu­pen­da re­la­ción. ¿Cuál es el con­se­jo con­fe­sa­ble más im­por­tan­te que le ha da­do? –Que en el res­tau­ran­te La An­cha de Ma­drid, don­de me ha invitado mu­chas ve­ces a co­mer, hay que pe­dir ta­cos de mer­lu­za en sal­sa de ca­la­mar. Por lo de­más, He­rral­de no da con­se­jos. Ha­ce pre­gun­tas.

–Vi­ve en Se­vi­lla, y no pien­sa mo­ver­se de aquí, aun­que se­gu­ro que ha te­ni­do mu­chas ten­ta­cio­nes. ¿Qué le apor­ta vi­vir ale­ja­da de los gran­des cen­tros li­te­ra­rios co­mo Ma­drid o Bar­ce­lo­na?

–Es que no he te­ni­do ten­ta­cio­nes. Los ver­da­de­ros cen­tros li­te­ra­rios son los li­bros. Lo de­más es fan­fa­rria.

–Su no­ve­la Ci­ca­triz te­nía el mis­mo nom­bre que un best-se­ller de Juan Gó­mez Ju­ra­do que sa­lió el mis­mo año. Un amor se lla­ma igual que la no­ve­la con la que Ale­jan­dro Pa­lo­mas ga­nó el Na­dal en 2018. ¿Se lla­ma­rá su pró­xi­ma no­ve­la Pa­tria?

–Ja­ja­ja. ¡Oja­lá! La Ci­ca­triz

de Gó­mez Ju­ra­do lle­gó me­ses des­pués de la mía y me pa­re­ció per­fec­to, fal­ta­ría más. Ni que por ti­tu­lar con una úni­ca pa­la­bra uno se con­vir­tie­ra en su due­ño y se­ñor. En el ca­so de Un amor, que Ale­jan­dro Pa­lo­mas me dis­cul­pe por­que es cier­to que su no­ve­la se ti­tu­la igual, pe­ro ocu­rre lo mis­mo... Ba­ra­jé la po­si­bi­li­dad de cam­biar­lo, pe­ro, uf, yo te­nía ese tí­tu­lo en la ca­be­za des­de 2016. ¡Y es tan sim­ple, tan cor­to! Va­ya, otra co­sa se­ría ti­tu­lar mi no­ve­la El cie­lo es­tá Ló­pez o Ma­nías y me­lo­ma­nías mis­ma­men­te, co­mo los li­bros del gran Hipólito G. Na­va­rro. Ahí me­re­ce­ría la cár­cel por pla­gio. De to­dos mo­dos, lo que im­por­ta de un li­bro es lo que hay guar­da­do en­tre las cu­bier­tas. –Su nom­bre y su ape­lli­do

–Es lo mis­mo to­do el tiem­po: pa­la­bre­ría hue­ca, el al­ta­voz de los me­dios, me­da­lli­tas... pe­ro ca­da vez más gen­te co­mien­do de la ba­su­ra. Si no han apren­di­do de los erro­res en la ges­tión es por­que no les da la ga­na: ha­ce mu­cho tiem­po que se es­tán se­ña­lan­do cuá­les son los fa­llos.

–Ha te­ni­do idas y ve­ni­das con las redes so­cia­les. ¿Por qué tan­to vai­vén?

–Han si­do más ve­ni­das que idas. Só­lo tu­ve una cuen­ta de Fa­ce­book y ha­ce años que la ce­rré. Ni Twit­ter ni Ins­ta­gram... Vi­vo mu­cho me­jor así. Y ade­más, así me qui­to de la ten­ta­ción de po­ner fo­tos de mi pre­cio­so ga­to.

–¿Có­mo se mue­ve en el

po­ma­deo li­te­ra­rio de Ma­drid y Bar­ce­lo­na?

–Me mue­vo po­co y más bien tor­pe­men­te. Y cuan­do he es­ta­do en al­gu­na fies­ta li­te­ra­ria siem­pre he sen­ti­do tras de mí la alar­ga­da som­bra de Pe­ter Se­llers en El gua­te­que.

Fan­ta­seo con una ca­lle con mi nom­bre; en mis peo­res pe­sa­di­llas se lla­ma Pla­zo­le­ta Poe­ti­sa Sa­ra Me­sa”

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