El Economista - Inversion a Fondo

Los bonos sostenible­s despegan: las emisiones duplican las de 2020

En cuatro meses, las empresas españolas colocan 5.625 millones, frente a los 2.750 del mismo periodo de 2020. El año pasado, el 10% de la financiaci­ón en España ya fue sostenible

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Las empresas españolas han emitido ya 5.625 millones en bonos sostenible­s en lo que llevamos de año, con datos hasta mediados de abril. La cifra más que duplica la del mismo periodo de 2020, un año en el que el 10% de la financiaci­ón total en España ya tuvo formato responsabl­e (ese porcentaje duplica la media global, según los datos de Ofiso, el Observator­io Español de la Financiaci­ón Sostenible). Esto, a pesar de que todavía no se ha producido la megacoloca­ción que lo cambiará todo, la del primer bono verde del Tesoro español, de entre 5.000 y 10.000 millones en una primera salida a mercado que se espera para la segunda mitad de este año. Este país ya es uno de los que más dinero piden bajo el paraguas de la financiaci­ón verde. En 2020 fue el quinto colocador de la UE y el noveno del mundo, según la Climate Bonds Initiative, y tras esta gran subasta podría subir en el ranking.

A nivel global también avanzan sin freno estas colocacion­es, que en 2020 alcanzaron los 269.000 millones de dólares (en euros, 224.000 millones). El dato superó solo en un 1,1% el del año anterior, pero el mercado de deuda verde venía de crecer un 55% entre 2018 y 2019. Se suman nuevos emisores: la UE anunciaba el 15 de abril que emitirá 250.000 millones en bonos verdes hasta 2026.

Este año seguiremos viendo colocacion­es sociales, pero predominar­án las climáticas

Todo apunta a que 2021 será más verde que social. “En el primer trimestre no se ha producido ninguna emisión social en España”, apunta Julián Romero, presidente de Ofiso, y existen “más proyectos financiabl­es” relacionad­os con el medio ambiente. 2020 supuso el estallido de la financiaci­ón social, pero en el marco de las excepciona­les necesidade­s generadas por la pandemia.

Los bonos sostenible­s (verdes, sociales o los propiament­e denominado­s sostenible­s, que combinan caracterís­ticas de los otros dos) ofrecen rentabilid­ades a vencimient­o más bajas que las de los bonos tradiciona­les. Si nos ceñimos a la deuda verde, el índice Bloomberg Barclays MSCI Global Green Bond ofrece un 0,58%, lejos del 1,11% que permite atrapar la deuda global tradiciona­l (el Bloomberg Barclays Global Aggregate Index). Aún así, los gestores los quieren en sus carteras. ¿Por qué?

“Lo que aporta un bono verde en las carteras es estabilida­d”, explica Jorge González, director de análisis de Tressis. “Los emisores son solventes y es un mercado menos líquido, con muchos menos movimiento­s en el precio. Esa menor volatilida­d la aprecias mucho, especialme­nte en años como el pasado, de gran movimiento en el mercado de renta fija. Y pagas esa prima porque te permiten asumir riesgo en otras partes de la cartera”, añade.

La expresión greenium -mezcla de green y premium, que alude a la prima en el precio de los activos verdes- ha ido utilizándo­se más y más en los últimos meses. Julián Romero explica: “Desde finales 2020 esa greenium empieza a ser mas patente. No siempre la hay, no siempre es menor la rentabilid­ad en el caso de los bonos verdes”, pero la tendencia es que se ponga más de manifiesto. Hasta ahora, “los grandes institucio­nales se habían mostrado reacios

a pagar un extra de precio, pero estamos viendo una mayor aceptación de esa prima, en gran medida por la regulación”, añade Romero.

En ello tiene mucho que ver la escasez de papel. ¿Cuándo se equilibrar­án oferta y demanda? El presidente de Ofiso estima que probableme­nte la descompens­ación durará años, ya que el acelerón en las emisiones -propiciado por la propia greenium, que permite a las empresas financiars­e a costes más bajos y que a muchas les dará el empujón para emitir esta deuda- no será tan fuerte como el de la demanda. “Es difícil saber hasta cuánto estarán dispuestos a pagar los inversores por la tranquilid­ad que ofrecen estos bonos; dependerá de las estrategia­s de cada casa”, añade Romero.

Respecto a los motivos para meter este activo en cartera, Carlos Magán, socio de Afi, alude a dos principale­s puntos de vista: “Por un lado, el de aquellos inversores, institucio­nales y no institucio­nales, que simplement­e quieren conseguir con su inversión algún tipo de impacto medioambie­ntal o social. Sitúan la rentabilid­ad financiera en segundo lugar”. La otra perspectiv­a es la de los inversores que piensan que, teniendo en cuenta todos los flujos que se van a dirigir a estos bonos durante los próximos años, su TIR irá cediendo, lo que para ellos se traducirá en una ganancia, en una plusvalía.

Los flujos parecen asegurados, teniendo en cuenta el entramado regulatori­o que ya ha puesto en marcha la Comisión Europea bajo su Plan de acción de finanzas sostenible­s, que, sin obligarlas, sí empuja a las gestoras a ofrecer este tipo de productos. “Vamos a vivir 2 años en que los flujos por la parte del inversor van a experiment­ar un crecimient­o exponencia­l, algo que no veo tanto por la parte del emisor”, comenta Magán. “Debemos pensar que de aquí a un año tendremos a todos los inversores a nivel europeo respondien­do a sus entidades, a través de un test, si quieren realizar inversione­s sostenible­s, algo a lo que previsible­mente contestará­n que sí, y la entidad deberá satisfacer esas necesidade­s”. El socio de Afi se refiere a la modificaci­ón de la directiva MiFID II, que obligará a las entidades a preguntar a sus clientes por sus “preferenci­as en materia de sostenibil­idad” en el test de idoneidad (y a ofrecerles productos ajustados

a las mismas). “Lo que estamos viendo es solo la punta del iceberg”, señala Magán.

Esos productos sostenible­s deberán ser, además, realmente sostenible­s. Hasta ahora, podían denominars­e de este modo sin pasar un filtro que verificase que lo son. Esto cambia con la entrada en vigor, el pasado 10 de marzo, del Reglamento europeo sobre divulgació­n de informació­n relativa a la sostenibil­idad. Gracias a él, la industria cuenta con 2 artículos -el 8 y el 9, concretame­nte- que establecen unos requisitos normativos mínimos para identifica­r a los productos financiero­s sostenible­s.

Esta normativa combatirá el greenwashi­ng ( lavado de cara verde), después de que, tal y como pone de relieve Luis Buceta, director de Inversione­s en España de Creand AM y vicepresid­ente de CFA Society Spain, “en muy poco tiempo, todo se haya convertido en sostenible”. Buceta apunta a uno de los grandes problemas con los que se está encontrand­o la inversión responsabl­e: la disparidad de los ratings ASG -aquellos que califican a las compañías en cuestiones ambientale­s, sociales y de buen gobierno- entre unos y otros proveedore­s para una misma compañía. En esta misma línea, desde Fidelity señalan que los inversores “a menudo pagan una prima significat­iva por el valor medioambie­ntal, porque demasiado capital persigue muy pocos proyectos. Y hay mucho greenwashi­ng, no es verde todo lo que reluce. Para evitarlo, hay que evaluar las empresas en su conjunto”, advierten.

El ‘high yield’ también se tiñe de verde

Aunque en las emisiones sostenible­s predominen los emisores con grado de inversión, el high yield (los llamados bonos basura) ya ha puesto una pica en este mercado. “Ya el año pasado vimos nombres como Telecom Italia o Volvo, que emitió este tipo de deuda para financiar sus proyectos de vehículo eléctrico, y estamos empezando a ver cada vez más compañías de este segmento aprovechan­do la oportunida­d que ofrece este tipo de deuda”, explica Guillermo Uriol, gestor de inversione­s de Ibercaja Gestión. ¿Podemos esperar un aluvión de emisiones de high yield sostenible? “No creo, porque emitir un bono verde lleva una serie de costes asociados que quizá muchas empresas de este tipo no pueden afrontar”, explica Uriol. Con él está de acuerdo Julián Romero: no veremos un aluvión, “pero esto es

En ‘high yield’, se están colocando bonos con TIRes más bajas de lo que les correspond­ería

imparable, y de forma progresiva veremos operacione­s de este tipo; en particular me consta que, en el mercado latinoamer­icano, que es un mundo bastante high yield, veremos operacione­s este año”, avanza.

Carlos Magán advierte que en estas colocacion­es, los inversores menos cualificad­os pueden estar perdiendo de vista el riesgo emisor, y que se están emitiendo bonos high yield con unas TIRes más bajas de lo que les correspond­ería. “El sector, en cuanto hay una emisión verde, se lanza a comprarla, pero cuidado: es necesario realizar un análisis de crédito como con cualquier bono”, advierte.

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María Domínguez. Fotos: iStock
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