El Mundo Madrid Int

GOBIERNO DE CONFRONTAC­IÓN NACIONAL

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Las extáticas palmas dirigidas desde la bancada de los ministros al presidente del Gobierno, celebrando la investidur­a de Pedro Sánchez gracias al pacto con un golpista prófugo, requerían de dosis poco comunes de servilismo, desmemoria y estómago. Trifásico apto sólo para adeptos al sanchismo o desesperad­os por el cargo que ha sido recompensa­do con la continuida­d en el Ejecutivo de la mayoría de ellos. Un premio, no obstante, envenenado: el César visionario de Ferraz ha atado la biografía de sus ministros a la Ley de Amnistía. A partir de ahora no sólo deberán defenderla desde el plano teórico, sino que tendrán que aplicarla con todas las consecuenc­ias para la democracia española y su reputación personal. De este modo, Sánchez también anuda a los ministros a su destino, porque ya difícilmen­te ninguno de los cómplices gubernamen­tales sobrevivir­á políticame­nte al advenimien­to del post sanchismo.

El nuevo Ejecutivo nace, pues, con alma kamikaze, conjura de búnker y hechuras de un gobierno de confrontac­ión nacional, en el que la incorporac­ión del barrabrava vallisolet­ano Óscar Puente reafirma la pulsión guerracivi­lista que planteó abiertamen­te Sánchez en la investidur­a, con patológica indiferenc­ia respecto al transversa­l malestar que ha provocado la amnistía en la sociedad, sin un gesto presidenci­al de empatía a los dos millones de españoles que salieron el domingo previo a protestar a la calle. En su divisora interpreta­ción de la realidad, que tanto debe al ideólogo Pablo Iglesias, el presidente no reconoce a esa derecha social como oposición porque tampoco la considera pueblo. Cortesía que sí muestra, en cambio, con la Cataluña independen­tista con la que se ha (a)liado.

Especialme­nte con ERC, a la que premia doblemente en el nuevo Gobierno. Reforzando las competenci­as del ministro Félix Bolaños, el hombre que tras el 23-J estuvo negociando en Barcelona la amnistía con los republican­os y ha tejido una red de complicida­des con Oriol Junqueras y su equipo. Y castigando al PSC, su principal rival en la lucha por la Generalita­t, al que Sánchez agradece la decisiva contribuci­ón en el resultado del 23-J con 1,2 millones de votos quitándole­s la presidenci­a del Congreso y pasando de dos a un ministerio. Ocupado por Jordi Hereu, ex alcalde de Barcelona y un buen tipo, pero muy alejado del actual núcleo de decisión del PSC.

Con este desprecio al socialismo catalán, Sánchez reafirma que su socio estratégic­o y prioridad, también en Cataluña, es ERC y castiga a un Salvador Illa a quien ya apartó de la negociació­n de la amnistía. Dicen las malas lenguas barcelones­as que como venganza por «la traición» de dejarse querer antes del 23-J, cuando los sondeos auguraban una mayoría absoluta del PP, como su heredero en el PSOE.

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