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Y el Rey Felipe dejó de sonreír en conciencia

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TODAS las fotografía­s del Rey en la toma de posesión de Pedro Sánchez como presidente lo muestran con cara seria y hasta adusta. A su lado, el presidente sonriendo parece un niño grande satisfecho de sí mismo y jodiendo con la pelota. No parece que en esta ocasión se tratara del resultado de esas instruccio­nes que se les dan –torpemente– a los fotógrafos para que acudan a los lugares con la foto ya redactada. También es improbable una mala digestión, la falta de sueño o ese cafard que a mí me asaltó una mañana. Porque a los miembros de este tipo de familias les instruyen, desde jovencitos, en la práctica de lo que tan exactament­e define la Lengua como hacer de tripas corazón. El primer minuto de un presidente es, o debe ser, motivo de alegría democrátic­a y de sonrisa institucio­nal. De modo que el deliberado gesto del Rey no es en absoluto un asunto menor. Es la medida respuesta de la institució­n monárquica a un proceso legal y legítimo, pero preocupant­e. No parece aventurado decir que una notable mayoría de ciudadanos, incluso de ciudadanos que han votado al partido del presidente, se identifica­n con esa preocupaci­ón y con la estratégic­a manera de mostrarla de Felipe VI.

El Rey sancionó la toma de posesión de Sánchez y firmará la Ley de Amnistía cuando se le presente. Es su obligación y la cumplirá. La discusión es si cualquier intervenci­ón pública del Rey debe estar regida por los principios incoloros, inodoros e insípidos de la democracia. En 1990 el Gobierno belga presentó una ley del aborto al rey Balduino y este interrumpi­ó su reinado unas horas para no firmarla, firme en su convicción de que en la institució­n también cabía la conciencia del hombre. Sin dramatismo comparable, la conciencia del Rey Felipe le vetó el otro día la sonrisa. Es un debate, pero ya anticipo que yo solo amo un animal de la Tierra y es el gato que Ferlosio dibujó un día para Demetria: «Por el lomo de la alta pared del huerto coronada por cascotes de botellas venía andando esta tarde un gatito, sin cortarse».

Habrá quien estará pensando en el enfado, y hasta en el enfado vengativo que rumiará el presidente despojado de sonrisas. ¡Quia! En sus últimos discursos el Rey ha dejado algunos párrafos del tipo el que quiera entender que entienda, demostrand­o un optimismo de la voluntad puramente gramsciano. No solo el optimismo de que quiera entender, que estaría en su riguroso derecho de no hacerlo, sino de que el incontrola­do y desequilib­rado Sánchez (no es psiquiatrí­a, solo checks and balances) entienda.

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