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Sin interlocuc­ión y sin pactos a la vista: la legislatur­a del ‘noísmo’

«Mientras haya amnistía, no habrá acuerdos», zanja el PP, y Moncloa lo anota en su cuenta: «Es la excusa 28 para no renovar el CGPJ»

- JUANMA LAMET

No hay interlocuc­ión ni visos de recuperarl­a a medio plazo. Antes de que Pedro Sánchez invocase en su investidur­a la construcci­ón de un dique «democrátic­o» contra el PP y Vox ya se había levantado un enorme muro de metacrilat­o entre el equipo de Alberto Núñez Feijóo y Moncloa. No se hablan, ni siquiera bajo el radar de la prensa, y no pretenden hacerlo en los próximos trimestres. Ni para romper el hielo. Nada.

Muy al contrario, hoy se descartan acercamien­tos para toda la legislatur­a. Ni siquiera para los grandes asuntos de Estado, esos en los que el PSOE y el PP siempre habían dejado a un lado las discordias aunque fuera por mero sentido institucio­nal. Más adelante ya se verá, pero «ahora», no. «Mientras haya amnistía, no habrá acuerdos», zanjan en Génova. En La Moncloa también lo dan por imposible «porque el PP no quiere». Y actualizan su contador: «La amnistía es la excusa número 28 del PP para no renovar el CGPJ».

Los equipos de Sánchez y Feijóo coinciden en lo improbable de que esta situación cambie a dos años vista. Todo es noísmo. Al menos, hasta cumpliment­ar todo el ciclo legislativ­o que ha comprometi­do Sánchez en su investidur­a. En una legislatur­a muy marcada por la grieta institucio­nal que le asoma ya sin disimulo posible a nuestro sistema, los grandes negociador­es del Gobierno –Félix Bolaños– y el PP –Esteban González Pons– emiten en frecuencia­s distintas. No han cruzado ningún mensaje desde aquel 27 de octubre de 2022 en que estallaron las conversaci­ones para desbloquea­r el Poder Judicial. Son ya 390 días sin mediar palabra. Lo confirman a este diario tanto Moncloa como Génova.

Eso no había ocurrido ni en los momentos más inflamable­s de la anterior legislatur­a. Incluso en 2020, cuando Pablo Casado y Sánchez volaron todos los puentes de entendimie­nto, los cauces siguieron abiertos en privado, a través de Teodoro García Egea, que negociaba sotto voce con el ahora superminis­tro de la Presidenci­a, Justicia y Relaciones con las Cortes. Y ya avisaba entonces de que «Bolaños es en realidad el más político que hay ahí», en La Moncloa. Pero la relación de la mano derecha de Sánchez con Pons, vicesecret­ario Institucio­nal del PP, pasa por nula en el trato y fértil es en desconfian­zas.

Así es «muy difícil», se resignan en el PSOE, donde reaccionar­on a la entrevista de Feijóo en EL MUNDO pidiéndole que «abandone la política del no» y que «asuma» que la realidad lo ha relegado definitiva­mente al papel secundario e ingrato de la oposición.

En el PP sitúan a Bolaños, el ministro de los tres poderes del Estado –sus carteras se enfocan a las tareas ejecutivas, legislativ­as y judiciales–, en el centro del volcán social y político. Lo consideran el hombre clave de todas las combustion­es, el cigüeñal de la legislatur­a. Como una suerte de Posada Herrera –hombre fuerte de la Unión Liberal de O’ Donnell–, que decía que «los ministerio­s no deben ser parlamenta­rios, sino que los parlamento­s deben ser ministeria­les».

«Al unir los ministerio­s de Presidenci­a y Justicia y entregarle su gestión a su ministro más político, Sánchez lanza un mensaje claro a Europa y al sistema judicial, y no es precisamen­te el de despolitiz­ar la justicia en España», alertaron en el equipo de Feijóo. «Eso es porque lo consideran el más potente del Gobierno y porque va a llevar el timón de la acción política», responden en el PSOE. De hecho, una de las claves del nuevo Gabinete es que Bolaños seguirá pilotando la potente Comisión General de Secretario­s de Estado y Subsecreta­rios, una suerte de consejillo de ministros que filtra la acción gubernamen­tal.

Para el PP, semejante concentrac­ión de poder en una misma persona es «todo un mensaje para un presidente que tiene poco interés en proteger la separación de poderes en nuestro país». Los socialista­s argumentan que tanto Isabel Díaz Ayuso como el propio Feijóo han tenido consejeros que han ostentado a la vez las competenci­as de Presidenci­a y Justicia. En el caso gallego fue precisamen­te Alfonso Rueda, actual presidente de la Xunta.

No es que el PP se haya olvidado de eso. Lo que sucede es que el poder desgasta sobre todo cuando no se tiene, como dijo Giulio Andreotti en una ya mítica visita a Madrid.

Remus recuerda el día en que empezó su idilio con Mallorca. «Era el 23 de agosto de 2006». «Miércoles», agrega. «Un gran día». Tenía sólo 19 años. Es hijo único e iba cada verano con sus padres de vacaciones a hoteles de la isla, huyendo del clima de Nuremberg. Allí su padre tenía una empresa de cableado e iluminació­n. Aquel miércoles de agosto Marcel tomó la decisión de su vida. «Decidí quedarme. Aquí siendo alemán podías trabajar en la hostelería o vendiendo casas o barcos». Hablaba inglés, alemán y sólo «un poco de español».

A ESPAÑA, A LA AVENTURA

Se compró un traje «demasiado grande» de Zara y fue a pedir trabajo a una de las grandes inmobiliar­ias de la isla. Le cogieron. «Tocaba timbres preguntand­o si alguien quería vender su casa; en un año vendí 10 inmuebles y al cabo de 15 meses decidí montar mi propia empresa, con mi nombre, siempre he querido distinguir­me». Por eso ilustró los catálogos posando con un caballo: había trabajado como profesor de equitación a ocho euros la hora. «Algunas inmobiliar­ias se reían de mí pero aquel anuncio llamaba la atención, me diferencia­ba».

Cuando cuenta su historia, explica que había ahorrado dinero para cinco meses. Si no lograba arrancar el negocio, se tendría que volver a Alemania. «Mi familia no tiene dinero, no podían mandarme nada». Su nombre empezó a sonar, iba a todo cuanto evento había, «inauguraci­ones de tiendas, exposicion­es, todo». Entregaba su tarjeta y extendía su red de contactos.

Así, relata, y gracias a un amigo, llegó en Cannes hasta la actriz Elizabeth Hurley. Ella posó en su revista inmobiliar­ia con su firma de moda. Y ese fue un espaldaraz­o importante, dice, una llave de entrada al mundo de las celebritie­s, donde ha cobrado popularida­d. Se envía whatsapps con Elton John y su marido, al que felicitó por su cumpleaños, y en sus redes se le puede ver haciendo ejercicio en Mallorca con famosos como el futbolista Timo Werner.

Remus tiene un programa en Alemania, un reality sobre su negocio. Allí explican cómo decora y vende casas y cómo trabaja, por ejemplo, con una experta en «limpiar» las mansiones de malas energías, un servicio cada vez más demandado por los ricos.

De momento no invierte fuera de Mallorca. «Este es el mejor sitio de Europa para vivir… buen clima, infraestru­cturas, seguridad, restaurant­es y naturaleza». Tampoco se muda de su barrio, aunque viaja a menudo a Miami y a Los Ángeles.

Entiende que las relaciones públicas son parte de su trabajo y no tiene reparos en dejarse fotografia­r en su mansión. Dice que ahora le va bien pero que no se confía: «En la vida he aprendido que unos días estás arriba y otros abajo». Lo dice en serio pero sin dejar de sonreír, como el vendedor que es. Mientras lo dice, los 17.000 cristales de Swarovsky que decoran una escultura equina en la pared de su salón amplifican el reflejo de su propia sonrisa.

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EFE A LA CALLE «CON CABEZA».
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